jueves, 26 de abril de 2018

ROMANCE DEL PUENTE OLVIDADO.



Puente de Valladolid (Foto Luis J. Martín)


Camino del cementerio,
saliendo de la ciudad,
el puente se va cayendo,
el puente olvidado está.
Junto al Adaja pasea
un elefante triunfal,
camina, camina lento
con su correa y trompal.
Se detiene junto al río
que trae bastante caudal,
y observa al monumento,
mira y lo vuelve a mirar.
-Por qué se está hundiendo el puente,
-le pregunta al concejal-,
por qué dejan que se hunda
esta obra colosal.
-No es para tanto majete,
-le responde al animal-,
esta construcción tan vieja,
no es necesario arreglar
y gastarse los dineros
del arca municipal,
habiendo otro puente nuevo
que lleva al mismo lugar.
El elefante ahora grita,
grita alto y grita más,
coge agua con la trompa
y la lanza para atrás.
-Según Rodríguez Almeida
es mudéjar medieval
pero de origen romano
por su estructura basal.
No puede ser olvidado,
debe haber prioridad
sobre otras obras llevadas
a cabo por la ciudad.
Pero el edil no responde,
como el que oye barritar,
da la espalda al paquidermo
y retorna a caminar.
El puente de Valladolid,
de porte monumental,
está muy deteriorado,
su estado es de preocupar.
Se han caído muchos metros
de su muro principal,
tiene un aspecto ruinoso,
aunque es patrimonial,
un trozo de nuestra historia
que no se debe olvidar.
Urge que empiecen las obras
de restauración total
y que sea declarado
Bien de Interés Cultural.

En Arévalo, a veintiséis de abril de 2018.
Luis José Martín García-Sancho.

 Puente de Valladolid. Fotos Lus J. Martín



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domingo, 22 de abril de 2018

EL MORADO COMUNERO



Veintitrés de abril,
Los campos de Castilla se vuelven morados.


Veintitrés de abril,
Castilla entera se siente comunera.


Veintitrés de abril,
Castilla se levanta contra el rey.

CASTILLA, CANTO DE ESPERANZA:

Mil quinientos veintiuno,
y en Abril para más señas,
en Villalar ajustician
a quienes justicia pidieran,
en Villalar ajustician
a quienes justicia pidieran.

Malditos sean aquellos
que firmaron la sentencia,
malditos todos aquellos
los que ajusticiar quisieran
al que luchó por el pueblo
y perdió tan justa guerra.

Desde entonces ya Castilla
no se ha vuelto a levantar (bis),
en manos de rey bastardo
o de regente falaz (bis),
siempre añorando una Junta
o esperando un capitán (bis).

Quién sabe si las cigüeñas
han de volver por San Blas,
si las heladas de Marzo
los brotes se han de llevar,
si las llamas comuneras
otra vez crepitarán.

Cuanto más vieja la yesca
más fácil se prenderá.
Cuanto más vieja la yesca
y más duro el pedernal,
si los pinares ardieron
aún nos queda el encinar.

(Nuevo Mester de Juglaría)




jueves, 19 de abril de 2018

ESCRITO EN SUS OJOS




Bajo la escalera deprisa, abro la puerta del portal y la cierro tras de mí.
El olor a humedad y las grandes gotas cayendo oblicuamente a la luz de la farola, son un signo inequívoco de que llueve intensamente y con viento. Difícil evitar empaparse así. Por un instante pienso en volver a por un paraguas, pero me subo la cremallera de la parka, me ajusto la capucha y comienzo a andar deprisa por el soportal. Al final de la plaza tomo la calle de la derecha y me pego a la pared en la que parece que llueve menos.
No sé por qué lo llaman noche de perros. No se ve a nadie.  Quizás el perro sea yo.
A la altura del parque de San Francisco la silueta familiar de una lechuza recorre las copas de algunos árboles en busca de algún gorrión que, hecho una bola, duerma a la intemperie y le sirva de cena. Por un instante aminoro la marcha para contemplar la escena, hasta que la blanca rapaz desaparece.
Ni la lluvia ni el viento amainan. Quizás aquí, fuera de la protección de las estrechas callejuelas, se note más la intensidad de ambos elementos.
“Me tenía que haber puesto los zapatos de agua”, pienso mirando hacia el suelo por donde corren los regueros de los canalones. Al cruzar la calle de los Lobos el aire aumenta, casi parece vendaval que me empuja por la espalda hacia el Paseo.
Un poco más adelante, en el paseo de la Alameda, un gran sapo detiene su marcha en medio de la acera al escuchar mis pasos, pienso en hacerle una foto, pero llueve demasiado, sus verrugas anaranjadas brillan a la luz de la farola en su piel mojada.
Cuando llego, el volumen de la tele está excesivamente alto, mi padre es duro de oído. Me quito la parka y la dejo en un sillón de la entrada que arrimo al radiador. Abro la puerta del comedor. Ella duerme en la silla con la cabeza ladeada, mientras, en la cocina se oye trajinar a mi padre colocando los platos en el lavavajillas.
“Hola madre” digo sin gritar. Se despierta y gira la cabeza hacia mí. Adivino una sonrisa en su mirada antes que en sus labios.
Intenta hablar, pero no logra decir nada coherente. Mientras extiende su mano para coger la mía.

En Arévalo, a catorce de abril de 2018.
Luis José Martín García-Sancho.







lunes, 9 de abril de 2018

BRAULIO EN LA FRONTERA.




Desde su olmo les oía discutir sobre nacionalidades, banderas y fronteras. Lo hacían acaloradamente, imponiendo, incluso, hipotéticas condenas a muerte o a una vida entre rejas.
En lo más acalorado de la discusión le llamaron para que diera su opinión al respecto, querían que descendiese del olmo para hablar con ellos. Pero Braulio no lo hizo, ya se lo habían pedido en otras ocasiones y la cosa no había acabado del todo bien para él.
- Dinos Braulio, ¿qué piensas? –gritó uno de ellos desde el suelo-, ¿deben existir países, naciones y fronteras?
- Había dos países peleados –contestó Braulio sin descender del todo-, casi en guerra, por causas nada claras sobre territorios que ambos reclamaban. Finalmente llegaron a un acuerdo.
Trazaron la frontera, una línea que contorneaba la ladera. Arrancaron la vegetación y pusieron mojones cada cien metros y carteles y señales y banderas. Cantaron himnos y agitaron astas y telas.
Al año siguiente, comenzó a crecer un roble sobre la misma línea, extendiendo sus raíces y sus ramas a ambos lados de la frontera.
Aquel árbol no entendía de patriotismos, ni de nacionalidades, ni de banderas. Solo hablaba el lenguaje universal con que natura se expresa.
Todos se quedaron en silencio durante breves instantes. Finalmente, uno de ellos dijo:
- Este tío está tonto.
Y todos estallaron en una carcajada común.
En Arévalo, a nueve de abril de 2018.
Luis José Martín García-Sancho.
Foto de Alexander Rodchenko.

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martes, 3 de abril de 2018

DÍAS DE ABRIL




ABRIL EN LA LLANURA CASTELLANA
El campesino extiende la alfombra verde,
ya es abril en la llanura castellana,
después de llover huele a tierra húmeda
una oscura parcela recién arada.
Con mano abierta en la frente mira al cielo
y luego a una gran parcela de cebada,
pues una fuerte helada o muy poca agua
podrían arruinar toda la campaña.
Sobre una loma visible en la distancia,
hace, solemne, la rueda una avutarda
para atraer a varias hembras dispersas,
se convierte en una enorme bola blanca.
El aire ya huele a campo renacido,
la primavera se impone en La Moraña,
y el campesino mirando al horizonte,
ya es abril en la llanura castellana.
En Arévalo, a tres de abril de 2018.
Luis José Martín García-Sancho.


Macho de avutarda.

Hembras de avutarda.

Paisaje de la tierra de Arévalo.