miércoles, 20 de diciembre de 2017

FRÍO CASTELLANO


FRÍO CASTELLANO

Gélida la jara y la genista
Gélido este paisaje mudéjar
Gélidos los pajares y trojes
Gélidos rastrojos sin ovejas
Gélido el gemido en la jauría
Gélidas las gentes que no cejan
Gélidos parajes que son viejos
Gélido este quejido sin queja.

En Arévalo, a 20 de diciembre de 2017.
Luis José Martín García-Sancho.

ENLACES RELACIONADOS:
PAISAJE CASTELLANO
DECIDME


sábado, 9 de diciembre de 2017

EL PUENTE ROMANO


EL PUENTE ROMANO (*)

“Impune et vindice nullo”
(Impunemente y sin que nadie se oponga ni reclame)

Puente de Valladolid sobre el río Adaja en la localidad de Arévalo.

El profesor Emilio Rodríguez Almeida no vio publicado su último trabajo de investigación arqueológicaPUENTES HISTÓRICOS DE LA PROVINCIA DE ÁVILA”, pues murió unos meses antes de su publicación. Nacido en 1930 en Madrigal de las Altas Torres, licenciado en Arqueología en el Instituto Pontificio de Arqueología Cristiana de Roma, doctorado en epigrafía, dedicó una buena parte de su vida al estudio e investigación de la antigüedad clásica y la arqueología romana.
Fue profesor o impartió clases en multitud de prestigiosas universidades: Roma, Bari, Viterbo, Perugia, Madrid, Barcelona, Santander, Sevilla, Aix-en-Provence, Marsella, Berna, Basilea, Lausana, UCLA, UC Irvine, Stanford, Berkeley, Pennsylvania…
Es autor de multitud de publicaciones relacionadas con sus trabajos de investigación. Fue miembro de número del Instituto Arqueológico Alemán, entre otras instituciones. Doctor honoris causa por la Universidad de Sevilla en 2001 y Premio de Castilla y León de Ciencias Sociales y Humanidades en 2011. Falleció el año 2016 en Valladolid.

Emilio Rodríguez Almeida en el año 2011. (foto El norte de Castilla)

En su libro sobre los puentes de Ávila, aparte de una descripción detallada de más de 200 puentes, nos habla de su estado actual y, también, de cómo la administración actúa en ocasiones en contra de la conservación del propio monumento, poniendo, además, el clarísimo ejemplo del Puente de Valladolid o de “San Pedro“ en Arévalo, haciendo un llamamiento urgente de esta manera:

“Es más, a ellos (los puentes) en general y singularmente, habría que dotar por parte de las administraciones regionales o, al menos, provinciales de un particular título BIC que obligue a todos a su preservación a ultranza. Todo lo que esté por debajo de esta medida conducirá seguramente en el futuro a otras lamentables pérdidas monumentales que no podemos permitirnos.”

La obra del profesor Rodríguez Almeida merece estudio, respeto y reflexión por parte de todos, especialmente de aquellos que por su cargo o estudios pueden hacer algo para preservar un determinado monumento y no lo hacen.
Como el capítulo dedicado a los puentes de Arévalo tiene múltiples fallos de edición (con graves erratas y el texto se hace casi ilegible e incomprensible debido a los saltos que da entre diversos puentes, mezclando párrafos de unos donde se debería hablar de los otros), a continuación reproduzco de forma íntegra el texto relacionado con el Puente de Valladolid de Arévalo de esta magistral, aunque mal editada, obra del Profesor Rodríguez Almeida:


“Una última palabra para las plazoletas de acceso y espera. Los puentes antiguos gozan de anchos de vía (ya lo hemos dicho anteriormente) relativamente reducidos incluso para el tráfico rodado del tiempo en que fueron concebidos; son anchos que van de los 12-14 pies romanos (3.6-4.20 m) a los 18 (5.4 m). El tráfico simultáneo de dos vehículos en direcciones contrarias resultaba poco menos que imposible en la generalidad de los casos. Por esta razón era necesario regular el tráfico alternando y ceder la preferencia: una necesidad que obligaba a dotarlos, como mínimo, de ensanches entrombados a los extremos y, en los mejores casos (puentes largos), de verdaderas plazoletas sobre uno o sobre ambos lados de la vía, cuando esta era perfectamente visible de extremo a extremo. Un caso abulense bien observable es el puente de Valladolid o de San Pedro, puente plano (sin lomo) con ensanches y plazoletas dobles (una desaparecida por agresión de la carretera moderna al extremo norte) a ambos extremos.”


Dibujo del profesor Rodriguez Almeida del puente de Valladolid, fachada contracorriente y vista superior con las plazoletas de acceso.

(…)
“No hablemos de la amencia de intervenciones agresivas, violentísimas, que no pueden contar con una mínima justificación sino en rarísimas, prácticamente inexistentes eventualidades. Hablo de las nuevas obras, privadas y, sobre todo, públicas (como las grandes carreteras), que en vez de evitar males semejantes con soluciones las más de las veces de modesto empeño económico, agreden descaradamente, destruyen más o menos parcialmente, afean gravísimamente monumentos de gran belleza y valor histórico. Tres casos que representan otros muchos.
En Arévalo, el magnífico puente de Valladolid o “de San Pedro”, una obra de origen (testimoniado arqueológicamente) romano, de grandísima monumentalidad, dignificado por una inscripción de Carlos III conmemorativa de una restauración importante, gravemente lesionado por enormes desprendimientos de la fachada contracorriente (en total, más de 60 de los 110 metros de su longitud), debilitado gravemente por la exposición a la intemperie de su “alma” o relleno interno de adobe, para colmo de las desgracias, aparece atacado  gravemente a uno de sus extremos por el “choque” violento de una nueva carretera que hubiera podido evitarlo sin mayores problemas. Fomento, en este caso, ha obrado impune, la administración comunal y provincial han asistido al desastre sin mover un dedo, vindice nullo, Una situación demencial, Una, entre tantas.”
(…)
“1.2.2 Puente de Valladolid (o de San Pedro) y pontón mudéjar frente al cementerio.
Cada uno de estos puentes tiene nombres de diverso significado. A veces el de su destino o dirección; otros, de una iglesia o ermita cercana; otras de sus características físicas; en el caso que nos ocupa, el de “San Pedro”, se refiere a una iglesia desde la que se descendía (cercanías del castillo; hoy la iglesia no existe, pero en el pasado, tal vez por la presencia de una inscripción romana, se interpretó que se encontrase sobre los restos de un templo de Minerva); el tercer nombre “del cementerio”.
El puente de Valladolid es el de “San Pedro”, el más espectacular puente por sus dimensiones, forma y características constructivas constatables, así como por su origen que podemos calificar sin la menor duda como romano (veremos luego por qué). Es largo, 138 m, ancho 5.5 entre parapetos, con los parapetos 6.
Desde el punto de vista constructivo, aparentemente hay muy pocas diferencias respecto al anterior: Estructura de fachadas en rajuela con recursos de ladrillo, en fajas de 0.8 m y “tiras” de doble ladrillo intermedias. Como en el caso anterior, los dos ojos mayores en el eje de corriente están contenidos lateralmente por altos rodrigones dentados de ladrillo al centro y a los extremos. Los parapetos aparecen “cosidos” a la cima de pared y a los parapetos con pilas de ladrillo altas 2 m, no llevando línea ladrillada “de recurso” en la cima, porque el embrague latericio de la fachada no supera los 10 m sobre el pelo del agua y faltando al coronamiento casi cinco.
Dos (en diverso estado de conservación) son los restos de las plazoletas de espera a los extremos (los parapetos se abren afuera a “forceps”). En la del S, cubierta de hierbas que la han salvado, se conserva la inscripción dedicatoria de restauraciones de Carlos III, que debería ser fijada nuevamente al muro (se encuentra en tierra y llevársela es tan fácil como “goloso” para los cazadores de souvenir). Dice así:
REINADO/ CARLOS III/ Y SIENDO SU COR(RE)G(IDO)R DE/ ESTA VILLA D(O)N JUAN/ ANT(ONI)O DE UEINZA Y ABAD/ SE REDIFICARON/ ESTAS OBRAS A LAS/ Q(U)E CONTRIB(UYERO)N LOS PUE/ BLOS DE 30 LEGUAS/ EN CONTORNO AÑO/ DE 1781.
Véase el dibujo 29. Y nótese, de paso, que la inscripción, dado el valor jurídico-administrativo, nos enseña hasta qué punto los territorios afectados favorablemente por la presencia del puente estaban gravados económicamente en su manutención.

Dibujo del profesor Rodríguez Almeida sobre la placa abandonada en el Puente de Valladolid.

He tenido ocasión, en diversas circunstancias y sedes, de ocuparme del lamentable estado en que este puente, tal vez el más bello y más interesante, se encuentra. Pero veámoslo primero en sus características constructivas, para darnos luego cuenta de sus fallos estructurales y su penoso estado. El puente es largo, unos 107 m; incluidas las plazoletas, unos 138 m; ancho unos 5 m, con la calzada cubierta y en mal estado.
La estructura consta de dos fachadas altas sobre el pelo del agua en magra cerca de 17 m (aunque hoy, debido a la falta de limpieza y a la abundante e inculta vegetación el cauce encenagado haya ganado en altura hasta más de 4 m) y su longitud, como hemos notado más arriba, llega a los 138 m. Los fondos de sus pilares son de cantería de buena calidad, al menos en 5 de sus siete arcos; de ellos se alzan los pilares de ladrillo a diversas alturas, lo que demuestra que la estructura actual se eleva sobre soportes no suyos, esto es, anteriores; lo cual, visto que el resto de la obra es gótico-mudéjar de los siglos XIII-XIV, no puede más que ser romana. Una característica que otros detalles menores confirman, por ejemplo, el hecho de que en los arcos mayores vemos que el ladrillo que parte de los pilares se apoya sobre dovelas notablemente movidas, no a plomo con el resto del dovelaje inferior. Otra: los dos últimos arcos al E tienen en sus apoyos inferiores una sillería del todo particular no usada en la Edad Media. Son bloques, aparte de perfectos, almohadillados, a la manera clásica, de nulo uso hasta el Renacimiento (y es impensable que las partes mudéjares hayan sido superpuestas después de la época renacentista). Por tanto, es evidente que estos pilares almohadillados demuestran un origen romano de la estructura pontual.

Sillares de granito almohadillados en el séptimo arco del puente de Valladolid.

Aparte de lo dicho para su antigüedad, el resto de las características de las fachadas es sustancialmente el mismo que el del Puente de Medina ya visto: arcos apuntados de mandada de ladrillo ligeramente reentrante en la baja y más pequeña, cada uno de ellos envuelto en un alfiz (los dos centrales los han perdido en sucesivas restauraciones, pero quedan acá y allá sus restos visibles). Entre ellos, los consabidos recursos de doble línea de ladrillo dividiendo el haz de la fachada en fajas de casi 1 m de altura (no sabemos cuánto y qué signifiquen, a efectos de cronología, las diferencias de anchura de las cajas de rajuela entre recursos planos de ladrillo, pero valdría la pena investigarlo). En el coronamiento, entre el cuerpo de la fachada y los parapetos, encontramos a intervalos distanciados de 2.5 metros de media, pilarcillos de ladrillo de “costura” con los parapetos y, a intervalos irregulares, por debajo del pavimento de la calzada, gárgolas de desagüe en piedra, características, sobre todo, de los puentes planos y sin “lomo de asno”. Quedan leves testimonios de los viejos tajamares, pero tan reducidos que son casi inobservables con el necesario detenimiento.

Pilarcillos de ladrillo que cosen el parapeto al muro.

Los arcos de alivio (3) se encuentran al lado O y están situados, parece ser, sobre dintel continuo de ladrillo (hoy no visible). La pendiente del margen O, menos rígida que la contraria, ha provocado un progresivo enterramiento, ya notado como un peligro al momento de las restauraciones del siglo XV.
La fachada a monte presenta una característica (seguramente idéntica en los grandes puentes) particularmente peligrosa para la estabilidad: el “alma” entre “hojas de fachada” es un tapial de adobe. No existiendo (al parecer) elementos tirantes entre las fachadas, el adobe, hinchado por la lluvia ha ido empujando progresivamente la fachada contra corriente abriendo dos grandes brechas; a sudoeste, una (peligrosísima) de hasta 38 m de longitud por siete de profundidad (hasta las cervices de los arcos). Al lado nordeste hay otra de 26 m de longitud por una profundidad aún mayor (12 m) que la de la precedente, debido, probablemente, a la mayor rapidez y empuje de las crecidas sobre una vertiente más vertical que la opuesta (dibujo 30).
Teniendo en cuenta esta situación y la cegazón total de los arcos de alivio, es de notar que, en caso de grandes crecidas, se crea contra el puente una presión poco menos que insoportable para la estructura, de modo que el peligro de ruina total de este espléndido monumento es, no solo real, sino a todas luces, no lejano en el tiempo, si bien las presas reguladoras especialmente de “Las Cogotas”, en Cardeñosa, han limitado mucho este peligro.
También para este puente constan reparaciones en 1547 y 1549.”
(FIN DE LA TRANSCRIPCIÓN)


La década de los años setenta del pasado siglo se puede considerar como el decenio negro para el patrimonio cultural, histórico y artístico de Arévalo: demolición y desaparición del Palacio Real donde Isabel I de Castilla vivió su infancia y parte de su adolescencia. Desaparición de las casas palaciegas del fondo noreste de la plaza del Real y construcción de viviendas subvencionadas irrespetuosas en forma y altura con el conjunto del interior de la muralla. O el ejemplo del puente que nos ocupa que se destruyó una buena parte de su estructura al empotrar contra él el nuevo puente del cementerio, sumiendo en el abandono y en la ruina a uno de los monumentos más importantes y antiguos con que cuenta la ciudad. 
Cronistas e historiadores han hablado siempre de la presencia romana en Arévalo sin encontrar en el casco urbano los restos arqueológicos que así lo atestiguaran: un posible templo a Minerva, después reconvertido en iglesia de San Pedro ya desaparecida, piedras romanas reutilizadas en muros y esquinas de iglesias... y en las cercanías: el pontón romano de la Vega cerca de la estación, restos de asentamientos romanos por las inmediaciones de Arévalo, la presa romana del Arevalillo a ocho kilómetros de la ciudad... cuando en realidad los restos romanos siempre han estado ahí, en el puente de San Pedro o de Valladolid. El profesor Rodríguez Almeida así lo vio y así lo expuso en su trabajo sobre los puentes históricos de Ávila: la estructura gótico mudéjar de los siglos XIII-XIV del puente de Valladolid se levanta sobre las ruinas de un puente romano, perfectamente visibles en el tercio inferior del monumento.

(*) Que las palabras y reflexiones del profesor Rodríguez Almeida nos hagan pensar y llevar al Puente de Valladolid a su definitiva restauración y a su merecidísima declaración como Bien de Interés Cultural, por ser un puente medieval de factura gótico mudéjar, pero de origen, testimoniado arqueológicamente, romano. Todo lo demás es hacerle de menos.

En Arévalo, a ocho de diciembre de 2017.
Luis José Martín García-Sancho.

ENLACES RELACIONADOS:

Puente de Valladolid y puente nuevo del cementerio "comiéndose" los últimos metros del monumento. (Foto: David Pascual Carpizo)