Es tiempo de pollos.
En el centro de la imagen, hembra de ánade azulón con 16 pollos en la charca de la Lagunilla, Espinosa de los Caballeros.Durante el mes de
junio empiezan a verse los pollos de las aves, algo más confiados que sus
progenitores.
Aunque las aves
esteparias encadenan durante las últimas décadas, índices reproductores muy
escasos y muy preocupantes, que están llevando a varias especies al límite de la desaparición o,
incluso, a su extinción local, en otros hábitats se sigue presenciando el
espectáculo de las pequeñas criaturas que comienzan su andadura por el mundo,
unos aprendiendo a volar entre los árboles y arbustos de sotos y bosques, otros
a nadar o a bucear en ríos o humedales, todos ellos bajo la atenta mirada de
sus progenitores, llegando a “regañarles” si dejan que nos acerquemos demasiado
a ellos.
A continuación,
amigo lector, le muestro algunas especies de aves en su etapa de pollo.
Imágenes tomadas a caballo entre mi querida Tierra de Arévalo y el Levante peninsular.
Hembra de porrón europeo (Aythya ferina) con cinco pollos que ya aprenden a bucear. Clot de Galvany, Alicante.
Arriba: Pollo de gaviota picofina en las salinas del Pinet, Alicante.
Arriba: colonia de cría de Cigüeña blanca, con varios nidos con pollos, Aldeaseca.
Confiado pollo de petirrojo, ribera del Adaja, Arévalo.
Arriba: pollo de alcaudón común en Aldeaseca.
Ahora esta imagen de sisón o de pollos de la especie, por mi Tierra de Arévalo y la Moraña es casi imposible, desaparece. Su danza, con saltos y chasqueos de pico, ha pasado a la memoria de otros tiempos. Pero no es el sisón el único que se extingue o rarifica, también lo hacen de forma rápida y silenciosa decenas de especies esteparias, esas que viven en las llanuras cerealistas.
En primavera, las
sinfonías matinales, casi al amanecer, de calandrias, cogujadas, alondras, terreras
o bisbitas, han desaparecido casi por completo, cuando hace veinte o treinta
años, solo hacía falta madrugar un poco y perderse por cualquier rincón de esta
tierra llana, para deleitarse con un fabuloso y fastuoso concierto alado, pues
muchas de estas especies emiten sus melodiosos trinos desde el aire.
El apasionado ajeo
de la perdiz que reclama su territorio y a su amada frente a otros machos, cada
año se hace más difícil de escuchar. Como el aflautado silbido del alcaraván,
ya no invita a dormir al resto de las aves en los crepúsculos primaverales o
estivales.
Cada vez son menos
los aguiluchos que danzan con las mieses cuando pasan del verde al dorado en
pocas semanas, los campos cerealistas ya casi no acogen sus nidos a ras del suelo. También desaparecen las gangas ortegas o ibéricas que acuden a beber a los humedales proyectando sus sonidos guturales o gangosos mientras vuelan.
Y los majestuosos machos
de avutarda, los pocos que aun van quedando, se exhiben cada año entre marzo y mayo, haciendo la rueda, sin hembras que les observen, pues cada vez son menos
las que quedan para acudir a los territorios de exhibición, dándose el caso de
que varios machos se muestran y rivalizan entre ellos inútilmente, pues no hay
por los alrededores ninguna hembra que haya acudido a elegir al más guapo y
fuerte. Todo un derroche de belleza, grandeza y fuerza en vano. Triste.
Algo pasa en el
campo, entre los cultivos, las aves lo dicen de forma silenciosa mientras
desaparecen con rapidez, porque veinte o treinta, años hablando de natura, es
una nimiedad temporal.
Quizás seguiremos
viendo pollos en bosques, ríos o humedales, pero lo que está ocurriendo en las
llanuras cerealistas castellanas, con especies que no se reproducen, se
rarifican o desaparecen, nos dice que algo pasa entre los cultivos.
Quizás hoy todavía
se pueda revertir, quizás mañana ya sea tarde.
© Textos y
fotografías: Luis José Martín García-Sancho.







