Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de mayo de 2022

EL COLLAR DE LAS CIGÜEÑAS


 



COLLARES PARA CANDELAS

 

Los llaman nazarenos, también, jacintos, pero mi madre siempre decía que eran ajos de cigüeña. Y así prefiero llamarlos.

Como ella los llamaba.

Ya nos los llama de ninguna manera.

―¡Mirad! ―solía decirnos—, ya han salido los ajos de cigüeña.

Todos los años, entre abril y mayo, salían en el patio "de’alante", que era así como mis hermanos y yo nos referíamos al jardín delantero.

Flor de Muscari comosum.

Luego arrancaba una de sus hojas alargadas y nos hacía un collar. Partía la parte carnosa sin llegar a romper sus nervios lineales, elásticos y gelatinosos, de tal manera que la hoja quedaba dividida en segmentos verdes unidos por sus nervios casi transparentes, como un collar de cuentas.

—¿Por qué se llama ajo de cigüeña? ―preguntábamos alguno de nosotros.

Nuestra madre nos explicaba, que esa planta era un bulbo como las cebollas y los ajos, que si excavábamos a lo largo de su tallo subterráneo llegaríamos hasta un pequeño ajo rojizo. Y que ese largo tallo recordaba a las patas de las cigüeñas. Aunque, luego añadía que también podía ser porque las cigüeñas, cuando están en su nido, hacen un sonido con su pico parecido al de machar ajo en un mortero de madera.

Hojas de Muscari comosum.

El caso es que a este bulbo que la gente conoce como nazareno, hierba del querer o jacinto comoso, nosotros siempre lo hemos llamado ajo de cigüeña, porque así es como mi madre lo llamaba cuando nos hacía collares con sus hojas carnosas.

Su verdadero nombre, por el que es conocido a nivel mundial por la comunidad científica, es Leopoldia comosa o Muscari comosum. Su etimología, en el caso del género deriva de Leopoldo, en honor Leopoldo II, gran duque de la Toscana, o Muscari por el olor a musgo o, también, del griego donde moschàri es jacinto. En el caso de la especie, comosa o comosum, del latín, significa cabellera o melena, haciendo referencia a la disposición en racimo de sus flores.

Flor de Muscari comosum.

En una ocasión, hace muchos años, mis padres y mis tíos decidieron plantar césped en ese trozo de jardín, orientado al sur y custodiado por cuatro grandes plátanos de sombra. Aunque, en principio, no me hizo mucha gracia, me encargué de remover la tierra, abonarla con el estiércol de las vacas de Agustín Mínguez, y plantar las semillas: un cóctel, que todavía recuerdo, a base de Poa pratensis, Festuca rubra y Trifolium repens. Pero también tuve el cuidado de volver a enterrar todos los bulbos de ajo de cigüeña que quedaban al descubierto.

La hierba del césped duró pocos años, pero los bulbos de los ajos de cigüeña sobrevivieron, ahí siguen, en el patio "de’alante" en su orientación sur. Cada año, entre abril y mayo, nos regalan con sus flores moradas. Son humildes, son sencillas, son hermosas.

Son muy hermosas.

Pero para mí, lo más entrañable de esta planta silvestre y rastrera es el recuerdo que me evoca y que revivo cada año: a mi madre haciéndonos un collar con sus hojas.

Su sonrisa, al colocarlo en nuestro cuello.

Su sonrisa.

Ella ha perdido los recuerdos.

Pero no la sonrisa.

Hoy he cogido una hoja.

Una hoja de ajo de cigüeña.

Y la he hecho un collar.


En Arévalo, a ocho de mayo de 2022.

L. J. Martín.

 

Candelas García-Sancho con una flor de ajo de cigüeña.

-Referencias:

JACINTO COMOSO

MUSCARI COMOSUM

HISTORIAS ENTRE PATIOS

 

 

 

 


lunes, 24 de mayo de 2021

UNA GRUESA

 




UNA GRUESA.

Es martes por la mañana, día de mercado. Justo el martes anterior a las ferias. Un día de mucho jaleo. Media comarca estará hoy comprando en Arévalo para prepararse para las fiestas. Como estoy de vacaciones, mi padre me ha traído a la tienda para que ayude. Tengo unos once o doce años, y no es la primera vez que me toca arrimar el hombro.

Según se lee en la factura que mi padre está preparado meticulosamente, sobre el viejo mostrador de nogal se extiende el pedido de Crescencio Martín, Chencho el “siete almuerzos”, un tendero de Santa María de Nieva, que toca la dulzaina, y que aprovecha uno de estos viajes del incipiente verano para sulfatar las parras de casa.

         El tablero del viejo mostrador de la primera trastienda es de una sola pieza, así que me imagino el grosor que debería haber tenido el tronco del nogal del que salió, por lo que no deja de darme cierta lástima que un árbol de semejantes dimensiones fuera talado para fabricar este mostrador u otros muebles similares. Y me imagino subido a lo más alto de su enorme copa con alguno de mis hermanos, dominando el paisaje como si de una atalaya mudéjar se tratara.

         Chencho es de tanta confianza que él mismo se ha preparado el pedido, metiéndose en las trastiendas como Pedro por su casa y cogiendo el género que trae apuntado en un trozo de papel de las estanterías o cajones. Si hay algo que no encuentra, no lo tacha para que seamos nosotros quienes lo busquemos. Luego lo deja todo sobre el viejo mostrador de la primera trastienda y grita desde la puerta:

- Domingo, ténmelo preparado para después de comer.

- ¡Chencho! –le grita mi padre desde dentro-, no se te olvide sulfatar las parras.

- No, César, descuida que no se me olvida.

         Una vez preparado y ordenado el pedido, comienza el repaso. Mientras César lee las cantidades que él mismo ha escrito en la factura, yo voy contando los diversos artículos, meticulosamente ordenados en el viejo mostrador de nogal.

- Siete docenas de bobinas Cometa –lee mi padre deprisa-, de treinta metros.

- Siete – confirmo en voz alta.

- Tres docenas, bobinas Herradura –continúa César-, de 400 metros, del número 40, blancas.

- Tres -vuelvo a confirmar.

- Dos igual en negro.

- Dos.

- Veinticuatro cremalleras nailon de 12 centímetros.

- Veinticuatro –confirmo, después de contar deprisa.

- Treinta de 14 centímetros.

- Treinta -vuelvo a confirmar tras contar.

- Cuarenta y ocho de 16 centímetros.

- Solo hay cuarenta y siete – contesto contrariado.

- Vuelve a contar –ordena mi padre.

- Sí, son cuarenta y ocho –contesto, tras contar un poco más despacio.

- Sesenta de 18 centímetros.

- Sí, sesenta.

- Una gruesa de imperdibles del 2/02

         Me quedo parado con los imperdibles en la mano. No sé qué es lo que tengo que contar. Mi padre se da cuenta y me lo explica.

- Una gruesa son doce docenas, 144 unidades, en este caso de imperdibles.

- ¿Y tengo que contar uno por uno los 144 imperdibles?

- No, mira, cada hato de imperdibles es una docena –me explica mi padre con paciencia-. Solo tienes que contar si hay doce hatos, es decir, doce docenas, una gruesa.

- ¡Una gruesa!

         Grito tras contar las doce docenas de imperdibles, contento por haber aprendido algo nuevo. Mi padre me lo nota y me dice:

- ¿Ves?, nunca te acostarás sin saber una cosa más.

         Tras de repasar todo el pedido, mi padre se sienta a terminar la factura, es decir, poner los precios de venta al público, los precios de venta al por mayor y multiplicar estos por las cantidades que acabamos de repasar, luego sumar todas para obtener el total.

         Después, mi abuelo Domingo coloca con calma, como si de un puzle se tratara, todos los artículos dentro de una caja. Todo encaja a la perfección, se nota que lo ha hecho cientos o miles de veces.

- Mira, -me explica-, primero se colocan los bultos más grandes, así cabe todo mejor, ¿ves?

         Luego me enseña cómo se mide la cuerda para liar la caja y a hacer un nudo corredizo para atarla con fuerza y fácilmente. El último nudo es una lazada doble para desatar la cuerda sin necesidad de cortarla y, así, poder reutilizarla, como casi todo. En los mostradores de la primera trastienda ya hay otros tres pedidos empaquetados que esperan a que venga a recogerlos el tendero correspondiente: Iluminado Hernández de El Oso, Hilario Sanz de Codorniz y Tomás Martín de Mamblas.

Chencho ha quedado en venir por la tarde, así que mi padre se va a comer. Yo me quedo con mi abuelo, hasta que vuelvan Paco y Mari Carmen, los dos dependientes, porque los martes no se cierra la tienda para comer, se van turnado. Mi abuela Dolores se acaba de subir para ir preparando la comida. Hoy viene tío Emilio de Ávila, como todos los martes, a por género para la tienda que tiene en Isaac Peral. Como es muy pequeña, prácticamente un pasillo, no tiene casi sitio para almacenar género, por eso, las compras se hacen en Arévalo, se reciben y almacenan en las trastiendas, y tío Emilio viene los martes y los sábados para reponer.

         Nada más llegar Mari Carmen, mi abuelo me dice que me quede a comer con ellos. Descuelgo el teléfono y acto seguido escucho por el auricular “¿número?”, pido el “213, por favor”, a la telefonista, para decir a mi madre que no voy a comer y me subo con él. Cuando llegamos tío Emilio está terminando su comida. Le doy dos besos, me lavo las manos y me siento delante de mi plato. Tío Emilio se baja a la tienda. Abuelo come muy deprisa, mientras alaba las artes culinarias de mi abuela. A lo que ella responde que con el buen apetito que tiene si le pusiera cantos, cantos comería y diría lo mismo, que qué ricos están. Mi abuelo se ríe y me guiña un ojo: “Hay que tener contenta a la cocinera”. Intenta darla un beso, a lo que dice apartándose: “Quita Domingo, qué cosas tienes”.

Cuando acabamos de comer mi abuelo me da un duro y antes de irme me dice que me vaya por la calle Avanciques porque se tarda menos. Él llama así a la calle de los muertos, donde el señor Marcelo Tobar tiene su taller de ataúdes, de ahí el sobrenombre.

Al pasar por delante de la tienda, veo que Chencho está cargando en la moto el paquete que hicimos mi abuelo y yo. Tiene otros bultos en el trasportín y al intentar subir la caja casi la vuelca. Corro a ayudarle, y mientras él ata todos los bultos yo los sujeto como puedo.

- Hay que atarlo bien para que no se me pierda ninguno por el camino.

- ¿Por qué te llaman “siete almuerzos”? -pregunto con curiosidad.

- Porque cuando voy vendiendo por los pueblos –responde Chencho riendo con ganas-, nunca digo que no a un almuerzo, ni a dos, ni a siete si fuera el caso.

- ¿Y tú sabes lo que es una gruesa?

- Cómo no lo voy a saber. Anda que no habré comprado yo gruesas y gruesas de hilos o de botones o de alfileres o agujas a tu padre y a tu abuelo. Pero nunca te confundas, no es lo mismo doce docenas que catorce catorcenas.

         Cuando todo queda colocado y bien amarrado al transportín de la vieja derbi, me despido de Chencho y me voy para casa contento por la calle Avanciques, también conocida como de los muertos, oficialmente, Eulogio Florentino Sanz.

 

En Arévalo, a 15 de mayo de 2021.

Luis José Martín García-Sancho.

Relato publicado parcialmente en el número 144 de “La Llanura” correspondiente al mes de mayo de 2021.

Quiero dedicar este entrañable relato, a todos los que han formado parte de “La Llanura de Arévalo” a lo largo de estos doce años, 144 números que han salido puntualmente el día quince de cada mes. Muchos colaboráis de forma habitual. Algunos, por desgracia, ya no están entre nosotros. Otros ya no participan o lo han hecho de forma puntual. No voy a citar a nadie porque siempre podría olvidarme de alguno. Pero quiero agradeceros a cada uno de vosotros el que hayáis formado parte de esta gran familia que hace La Llanura, a los que habéis colaborado, con escritos, con poemas, imágenes, aportando ideas o correcciones, porque todos habéis hecho posible esta tercera temporada de La Llanura.

En verdad, tengo que reconocer que estos 144 números, estos doce años a doce números por año, es decir, estas doce docenas de nuestra Llanura, realmente, han sido una gruesa muy satisfactoria.

Y, en especial, gracias a todos y cada uno de los lectores que nos habéis seguido, apoyado o criticado, porque sin vosotros este proyecto no tendría ningún sentido. 



martes, 11 de mayo de 2021

HAGO LO QUE ME DA LA GANA

 



Braulio y libertad.


Tras el fin del estado de alarma unos cuántos fueron a altas horas de la madrugada hasta el olmo dónde se encontraba Braulio y le llamaron a voces.

Querían que se uniera a ellos. Querían invitarle a beber, a bailar, a cantar, a pasárselo bien, a gritar ¡Libertad!

Braulio se limitó a hablarles con calma, sin acabar de descender del olmo.

- Ha ganado un mensaje muy simplón -gritó Braulio- “hago lo que me da la gana y por eso soy libre”.

"Compro donde quiero, consumo donde me da la gana y si voy a misa, a los toros o a la discoteca lo hago porque me da la gana. Vivo en Madrid y por eso soy libre".

La candidata que repitió hasta la saciedad este mensaje tan simple en las pasadas elecciones madrileñas ha resultado ganadora de forma clara.

Lo cierto es que, tras el fin del estado de alarma, se han repetido muchos comportamientos y comentarios como estos, no solo en Madrid, sino en toda la geografía española.

Os acabo oír gritar: “Me junto con mis amigos haciendo botellón y sin mascarilla hasta las tantas porque me da la gana”, o: “¡Libertad! Ahora ya puedo hacer lo que me dé la gana”.

Me pregunto si ese concepto de libertad es real y si es aconsejable pronunciar este tipo de discursos con la que aún está cayendo. Siempre es peligroso juntar la palabra libertad con el concepto “hago lo que me da la gana” porque ahí entra en juego la responsabilidad de la que muchos adolecen y más con una pandemia activa que ha causado y sigue causando muchos muertos, demasiados, cada uno de ellos con un nombre y una historia, no lo olvidemos.

Esa libertad engañosa puede propiciar comportamientos peligrosos que pueden dar al traste en muy poco tiempo lo que, entre todos y de forma solidaria, hemos conseguido con mucho sacrificio.

¿Ha sido entonces una decisión acertada, por parte del gobierno, terminar con el estado de alarma y dejar en manos de las comunidades autónomas la responsabilidad de gestionar la pandemia?

Parece que el fin del estado de alarma no ha empezado demasiado bien. Pues, al parecer, las CC.AA. no tienen demasiado claro dónde empieza la libertad y dónde la responsabilidad. Vosotros mismos sois prueba de ello.

Lo cierto es que tras el fin del estado de alarma, inmediatamente después de unas elecciones tan mediáticas, se ha impuesto el "hago lo que me da la gana". Así, mientras unos hacen exactamente eso, "lo que les da la gana" como símbolo de una mal entendida libertad, la muerte, que se alejaba lentamente y con desgana, vuelve a sonreír, agradeciendo al político y al joven, y no tan joven, su irresponsabilidad teñida de libertad. Y todos los que han visto la sonrisa a la muerte y lo han contado o nos han salvado de ella, se estarán preguntando si es sensato ganar unas elecciones con este tipo de mensajes y si su lucha contra la muerte ha merecido la pena. Y se revuelven por dentro porque saben de sobra que en política no debería valer todo.

Si no sabemos ser libres de qué nos sirve la libertad.

Alberto, levantando una botella de ron hacia Braulio, gritó: “Os lo había dicho, este tío es un estúpido y un aguafiestas, venga, ¡Libertad!

 

En Arévalo, a once de mayo de 2021.

Luis J. Martín.


En la foto: Vladimir Mayakovsky (Autor: Alexander Rodchenko).

Imágenes relacionadas: 

Imágenes de Barcelona y Madrid tras el fin del estado de alarma.
Imágenes de internet.

 

ENTRADAS RELACIONADAS:

EL TONTO DE LAS DOS CARAS

GENTE POCO IMPORTANTE

DIJO BRAULIO

EN EL BOSQUE HERIDO

BRAULIO Y DIOS

BRAULIO Y LA INEXISTENCIA

BRAULIO EN LA FRONTERA

BRAULIO Y PATRIOTISMO

ESTÚPIDO

ENTRE CERDOS

PRIMA NATURA

SOBRE EUTANASIA

DEJAD DE TOCARME LOS COJONES

ESCRITO EN EL AIRE

CUATRO GATOS Y UN MILLÓN DE CERDOS

BRAULIO Y NAVIDAD

BRAULIO Y AMISTAD

HAGO LO QUE ME DA LA GANA

HECHOS

BRAULIO Y MATERNIDAD







domingo, 14 de febrero de 2021

BRAULIO Y AMISTAD

 


 

Se acercó hasta el olmo con un libro de Bukowski bajo el brazo y le llamó a voces.

- ¡Baja mariconazo que te he traído un regalo!

Braulio se asomó desde las ramas altas a ver quién le llamaba, aunque por el tono de voz sabía que se trataba de su amigo Artemio. Bajó como una exhalación, casi como si se deslizara por una cuerda, descolgándose de rama en rama sin ninguna dificultad.

Los dos amigos se fundieron riendo en un largo y fuerte abrazo, terminado por sonoros manotazos en la espalda.

- Toma –dijo Artemio-, para que luego digas que no te traigo nada. No lo he encontrado en castellano, así que te lo he traído en versión original.

         Mientras Braulio ojeaba el libro “Ham on Rye”, que en la versión española se había titulado “La senda del perdedor”, Artemio buscaba algo en su móvil.

- Mira –dijo Artemio enseñando su móvil a Braulio-, te han salido muy bien estas fotos de corzo. Estarías muy cerca, ¿no?

- Qué va –respondió Braulio-, estaban lejos, lo que pasa es que el zum de mi nueva cámara es bastante potente.

         Siguieron mirando un rato las fotos que Braulio había publicado en Internet, y comentando si este o aquel era corzo o corza, corcino o corcina.

- Cada vez que disparo a un corzo –dijo Braulio agarrando a Artemio por el hombro-, entiendo menos a los cazadores.

- Por eso no eres cazador, mariconazo.

- Oye Artemio, cuando disparas sobre algún animal, como estos corzos –preguntó Braulio acercando su cara a la de su amigo-, ¿nunca te has sentido como un asesino?

- ¿Y tú no te sientes ahora mismo como un gilipollas haciéndome esa pregunta? –dijo Artemio agarrando a Braulio por la nuca.

        Los dos amigos rieron a carcajadas durante un buen rato.

- No me jodas Braulio –dijo Artemio-, he venido al pueblo solo a tomarme unas cañas contigo, ¿acaso quieres que pasemos la tarde discutiendo?

        Braulio y Artemio se tomaron un par de cañas, luego dieron un largo paseo por el campo hablando un poco de literatura, algo de política y bastante de natura. Después quedaron en que otro día tenían que repetir.

        Pero no volvieron a tomar cañas juntos, la maldita pandemia se lo impidió.

 

En Arévalo, a catorce de febrero de 2021.

Luis J. Martín. 

 ENTRADAS RELACIONADAS:

EL TONTO DE LAS DOS CARAS

GENTE POCO IMPORTANTE

DIJO BRAULIO

EN EL BOSQUE HERIDO

BRAULIO Y DIOS

BRAULIO Y LA INEXISTENCIA

BRAULIO EN LA FRONTERA

BRAULIO Y PATRIOTISMO

ESTÚPIDO

ENTRE CERDOS

PRIMA NATURA

SOBRE EUTANASIA

DEJAD DE TOCARME LOS COJONES

ESCRITO EN EL AIRE

CUATRO GATOS Y UN MILLÓN DE CERDOS

BRAULIO Y NAVIDAD

BRAULIO Y AMISTAD

HAGO LO QUE ME DA LA GANA

HECHOS

BRAULIO Y MATERNIDAD



 

 


martes, 26 de enero de 2021

HABITANTES DE LA NOCHE (2)

 





DE NOCHE POR TIERRA DE  ARÉVALO.

 

El verano del 98 no ha hecho más que empezar. Continúo con los trabajos de campo para realizar la guía de las aves de La Moraña y Tierra de Arévalo que gestiona ASODEMA. Pero hay algunas especies que se resisten a ser observadas por los cauces habituales, es decir, paseos o escuchas. Así que hay que provocarlas para hacerlas salir de su invisibilidad, para que se muestren de forma corporal o auditiva.

Quieren los resultados de presencia de especies por términos municipales, para reflejar en un mapa de la comarca aquellos en los que cada especie ha sido observada. Así que suelo elegir áreas en las que coincidan varios términos municipales y que sean aptas para la presencia de determinados grupos de aves.

La hora crepuscular es un espectáculo visual, siempre diferente. El sol aún está sobre el horizonte reflejando una paleta de colores de encendido fuego entre las nubes bajas. Empezamos por los Lobos. Me acompaña Ana. Escucho atentamente sobre la entrada del puente. A este no ha hecho falta provocarle, un autillo emite su chillido corto y lastimero mientras decrece la luz del fondo del valle del Arevalillo. Le contesto cuando calla y vuelve a emitir su reclamo que nos recuerda al pitido del sonar que se escucha en todas las películas de submarinos: "ii-iip", dos sílabas muy seguidas y muy agudas. El autillo es la rapaz nocturna más pequeña de Europa, apenas un puño, con unos graciosos penachos de plumas en la cabeza a modo de orejas. Al alimentarse de insectos viene a reproducirse en el periodo de primavera-verano y se marcha en octubre cuando sus presas comienzan a escasear, aunque en algunos años de tiempo benigno he escuchado autillos en pleno mes de diciembre, caprichos del clima. Oírle es relativamente fácil, verle casi misión imposible pues, tanto su tamaño, como su plumaje mimético y sus costumbres nocturnas dificultan su observación visual. Escuchamos al menos a dos individuos, uno río arriba y otro en la alameda a la altura del puente.

Nos encaminamos hacia la Lugareja con la intención de poner el reclamo de lechuza pero los ladridos de unos perros me hacen desistir. En uno de los caminos entre este fabuloso monumento mudéjar y Vinaderos, junto a un campo de girasol y un pastizal, pongo el reclamo del alcaraván, como la grabación es muy corta, también imito con la boca su lastimero canto. Es como si estuviera mandando a dormir al resto de las aves, un agudo y repetitivo "dormiiir, dormiiiir..." por eso algunos lugareños también le conocen como dormilero. Aunque ya casi es de noche, al cabo de unos minutos contesta un alcaraván que se posa en el prado, lo bastante cerca del coche como para distinguir a simple vista sus enormes ojos, tan amarillos como el sol que se despide. Al rato se pierde correteando hacia la oscuridad y no vuelve a contestar. Pongo ahora el reclamo del búho campestre, pero después de cinco minutos sin resultados desisto. Realmente esta rapaz nocturna es escasa como nidificante en la Tierra de Arévalo, sólo tengo anotados dos o tres citas a lo largo del trabajo de campo.

Una luna llena anaranjada comienza a elevarse por encima de la línea de pinares situada entre Arévalo y la Nava. En apariencia es enorme pero dicen los expertos que no es más grande que cuando está sobre nuestras cabezas, que solo se trata de un efecto óptico al tener en el horizonte algo con lo que comparar su tamaño, pero que a ambas lunas, a esta que parece gigante y a la que estará en lo alto horas después, no se las llega tapar con un pulgar extendido mientras guiñamos un ojo. Lo comprobamos Ana y yo, y sí es cierto.

Hacia esos pinares nos encaminamos. Durante el recorrido se cruzan algunos topillos, un par de conejos, varias liebres y una comadreja no más grande que uno de los perritos calientes que ahora mismo estarán sirviendo en las ferias de Arévalo. Apagamos las luces del coche dejándonos guiar solo por la luz del crepúsculo. Nada más entrar en el pinar pongo el reclamo del chotacabras gris, una de las aves nocturnas más desconocidas de la comarca, gran devorador de insectos voladores nocturnos. Los caza en vuelo abriendo considerablemente la boca y ayudado por unos pelos rígidos que tiene en la base del pico llamados vibrisas. Contesta uno y nos sobrevuelan dos. Ana se pone contenta, es la primera vez que los ve. Se distinguen perfectamente los cuatro puntos blancos que posee en su plumaje gris, dos en la cola y uno en cada ala. Aunque Ana me dice  que los puntos los veré yo porque ella no distingue más que su contorno mientras vuelan y escucha su vibrante reclamo. Uno de ellos se posa en un pino cercano en el que descubrimos siete siluetas iguales alineadas en la misma rama, son pollos volanderos.

Para terminar he quedado en el Adaja con el gran duque. Espero que no falte a la cita. No hace falta llamarle ni provocarle. Nada más llegar, a la hora convenida, su grave y profundo saludo se escucha por todo el valle "buubu, buubu".

Ana y yo reímos y respondemos a su saludo bajo las ramas del gran pino de dos copas, iluminados solamente por la luz azulada de la primera luna llena del verano. El brillo alegre de sus ojos refleja su luz... recuerdo entonces unos versos que escribí hace muchos años...

"Ojos negros los míos,

iris blancos de luna."


En Arévalo, a tres de julio de 2016.

Luis José Martín García-Sancho.

(Artículo publicado en La llanura nº 86 de julio de 2016)


ENLACE RELACIONADO:

HABITANTES DE LA NOCHE 1


Habitantes por orden de aparición:

Ana y Luis (Foto Pepe Rodríguez)

Autillo (Otus scops) (SEO Birdlife)

Perro mastín español (Canis lupus familiaris)

(Imagen de Antonio Ojea Gallegos)

Topillo campesino (Microtus arvalis) (foto Luis J. Martín)

Conejo (Oryctolagus cuniculus) (Foto David Pascual Carpizo)

Liebre ibérica (Lepus granatensis)

Comadreja (Mustela nivalis) (Foto de Internet)

Chotacabras gris (Caprimulgus europaeus) (Foto de Internet)

Búho real (Bubo bubo) (foto de Internet)

"Ana y yo reímos y respondemos a su saludo bajo las ramas del gran pino de dos copas, iluminados solamente por la luz azulada de la primera luna llena del verano."