lunes, 30 de marzo de 2015

ZORREANDO


Cuando el zorro camina, ¿zorrea o pasea?
Cuando se acaba la linde, ¿el zorro sigue?

Un zorro meando, ¿cómo se llama la película?
La marca del zorro

Si el zorro te mira, ¿te contagia su astucia?
El zorro camina, zorrea o pasea, marca su territorio, mira a su alrededor...
El zorro ha salido de caza

El corredor del Adaja sigue desprotegido y vulnerable.
Arévalo, a 28 de marzo de 2015.
Texto y fotos Luis J. Martín.


miércoles, 25 de marzo de 2015

23 PROPUESTAS PARA ARÉVALO


Vista de Arévalo desde el Pinar de Orán. Foto Luis J. Martín.
1- Reforestación de cuestas y mantenimiento en el tiempo. Utilización de mano de obra desempleada.
2- Limpieza periódica de cuestas, parques, jardines y montes de utilidad pública. Mano de obra desempleada.

3- Red de bocas contra incendios en la parte alta de las cuestas del Adaja y Arevalillo. Simulacro periódico de incendios para mantenimiento de bocas y mangueras.

4- Habilitar un espacio como "bosque de la infancia" donde todos los escolares acudan una o dos veces al año a plantar un árbol. Identificar cada árbol con la especie, fecha de plantación y el nombre del niño.

5- Habilitar y señalizar una senda peatonal por las riberas del Adaja y Arevalillo que vaya del puente de la estación hasta la junta por el Adaja y desde la junta hasta Párraces por el Arevalillo.
6- Recuperar la balsa que hubo en el molino de Valencia en el lecho del río Arevalillo.
7- Dotar al río Arevalillo de un caudal ecológico regulado desde la balsa de Nava de Arévalo.

8- Crear dos parques urbanos, uno en el casco antiguo y otro al sur. Podrían situarse, uno en el espacio comprendido entre el Arco del puente de Medina y San Miguel y el otro entre el pinar de Amaya y el camino de Lavaderos.
9- Crear una zona húmeda en el arroyo de la Mora en la zona de la Loma. Y recuperar su antiguo cauce hasta su desembocadura.
10- Recuperación de las vías pecuarias como el espacio público que son.
11- Solicitar la protección como ZEPA y LIC de la zona forestal conocida como Corredor del Adaja.

12- Apertura de la cafetería de la plaza de la villa y de la casa de Hernández Luquero como espacio de formación y ocio.
Plaza del Arrabal de Arévalo. Foto Luis J. Martín.
13- Organizar con los colegios visitas guiadas a los centros museísticos de Arévalo una o dos veces al año. Organizar también estas visitas como actividad en las escuelas de verano.
14- Mejoras en turismo: Apertura de todas las iglesias (incluida La Lugareja), aumentar el horario del castillo, habilitar la subida a las torres de las iglesias y permitir la subida a la torre del homenaje del castillo y la visita a la marrana Cárdena. Apertura de centros culturales, reapertura del centro cultural San Martín. Utilizar para ello mano de obra desempleada.

15- Nuevo Colegio Público: En el antiguo colegio de Santiago. Para dinamizar la vida del entorno, aumentar la oferta educativa y evitar el despoblamiento y envejecimiento del casco histórico de Arévalo.
16- Consolidar la ruina de la iglesia de San Nicolás para convertirla en un centro de ocio y cultural al aire libre válido para conciertos, actuaciones, recitales, exposiciones... Utilizando mano de obra desempleada.

17- Actividad cultural: Creación de un órgano gestor municipal que aglutine a todas las asociaciones para programar y coordinar actos culturales: Alhóndiga, AMPAS, la Queda, Amas de Casa, Ayúdanos a Ayudar, Club de Senderismo los Pinares, Círculo Cultural, OCU, Alzheimer...

18- Animación sociocultural para revitalización del casco antiguo con una programación de actividades culturales, espectáculos, conciertos, exposiciones en las plazas de Ángela Muñoz, Salvador, Arrabal, Real, Villa, San Pedro y castillo.

19- Consolidar y adecuar la ruina del palacio de Sedeño como centro cultural, de ocio o expositivo en interior o al aire libre. Restaurar el palacio de Gutiérrez Altamirano como centro cultural, de ocio o expositivo. Y Restaurar el puente de Valladolid. Utilizando mano de obra desempleada.
20- Evitar el recrecimiento de Arévalo hacia el sur con la destrucción de áreas forestales creando una zona de viviendas sociales de primera residencia en el casco antiguo, entre el puente de Valladolid, Matadero y antigua huerta de los Jesuitas. Potenciar una segunda fase de ARI.

21- Dinamizar y potenciar el uso de la biblioteca entre los escolares, organizando actividades para el uso de sus instalaciones.
22- Casa de la juventud: Adecuación de un espacio para ocio juvenil tanto al aire libre como en interior.
23- Arévalo necesita una Casa de la Cultura: Adecuar un espacio en el casco antiguo para la realización de actividades culturales tanto al aire libre como en interior. El espacio ideal sería la plaza de la Villa.
Arévalo, a 25 de marzo de 2015.
Por Luis J. Martín.

sábado, 21 de marzo de 2015

ECLIPSE

Eclipse parcial de sol, Arévalo 20/03/2015: 10:15h. Foto: Luis J. Martín

Y viendo el pánico de la gente cuando se hizo de noche en pleno día, ordenó atar a la picota del castillo a tres herejes y un blasfemo, apilaron gran cantidad de sarmientos y broza de pino bajo sus pies, los untaron con resina y les prendieron fuego. Los gritos de los ajusticiados eran tales que el inquisidor tubo que alzar tremendamente la voz para rogar a dios que aplacara su ira y no les sumiera en la noche eterna. Al cabo de un rato el fuego debió hacer su efecto purificador porque la luz volvió e hízose nuevamente el día.
escena de un documental de TVE.
Escrito en Arévalo, durante el eclipse parcial de sol de 20 de marzo de 2015.
por Luis José Martín García-Sancho

miércoles, 18 de marzo de 2015

AMARILLO


26.- En el que se habla de mi amor por el amarillo entre otros temas de menor interés.

 
Quiero contarte algo, entrañable cuaderno azul, o cuaderno azul de mis entrañas. Quiero que me escuches cuando haga crujir mi boli contra esta página, ¿me estás escuchando?, al menos tú no eres sordo cuando hablo en mi idioma, el mudo.

Quería, además de agradecerte tu atención, decirte que tu no existirías si no fuera por ella. Cada uno de estos cuadritos que te llena son suyos. Cada una de estas letras que te ensucian son suyas. Estoy pirado por ella nene y me encanta su calor. Y creo, te lo digo a ti en confianza, que se pueden hacer muchas cosas todavía y que me encanta vivir. Que por fin amanece en las tinieblas, luce el sol, que he ordenado mi cabeza, tú ya sabes, que no he abierto una puerta equivocada, que debo estar llegando al final del túnel porque se ve claridad. Que la yaga ya ni sangre, ni pus, ni escuece, casi. Que no me importa que las ratas que correteen por mi casa sean negras, pardas o azules. Pero, sobre todo, quiero decirte que la quiero.

También quiero decirte, entrañable cuaderno azul, que he pasado buenos ratos contigo y que seguiré pasándolos mejores, que eres grande en lo diminuto.

Quiero decirte muchas cosas en mi idioma que quizás solo tú entiendas, ¿sabes?, es otoño. Me gusta el otoño, tal vez porque mi color favorito desde niño haya sido el amarillo. Desde que hice un dibujo que colgaron en el tablero de la clase, un campo de trigo todo amarillo y grandes haces de paja amarilla. Amarillos están ahora los árboles y el suelo alfombrado de hojas que han acabado su vida anual. Amarillas se pondrán tus hojas con el paso de los años. Amarillos nos pondremos nosotros pero, antes de que eso ocurra, quiero decirte que aún tengo muchas cosas que contarte, más o menos idiotas, más o menos con sentido, pero siempre en nuestro idioma en el que tú y yo entendemos. Pero, sobre todo, quiero decirte que la quiero.
Gracias por escucharme.
También amarillo es el polen y la flor del pino en primavera.
 
Escrito en Arévalo en octubre de 1983.
Fragmento de "El Cuaderno Azul".
Por Luis José Martín García-Sancho

sábado, 14 de marzo de 2015

BIODIVERSIDAD

Nota del Autor:
Hace cinco años, el 10 de marzo de 2010, escribí el artículo "biodiversidad" para La Llanura de Arévalo, revista editada por la asociación de cultura y patrimonio La Alhóndiga de Arévalo y fue pubicado en el número 10, correspondiente al mes de marzo.
Desde entonces debo decir que nada ha cambiado. La biodiversidad del corredor del Adaja sigue amenazada y la administración sigue eludiendo su oblogación de proteger adecuadamente este valioso espacio natural de la Tierra de Arévalo, lo cual es una lástima.
Ante la pasividad de los que deben hacer algo y no lo hacen, reproduzco en este blog el mismo artículo con excelentes fotos de David Pascual:

Vista de satélite de la Tierra de Arévalo. En verde se aprecian los pinares que acompañan al Adaja y al Arevalillo
 
         Muchos conocidos me dicen que tengo el gusto estropeado al elogiar a mi tierra. De hecho, muy pocos asociarían La Moraña y Tierra de Arévalo con biodiversidad. Es más, mucha gente opina sobre la vaciedad de estos terruños, calificándolos como espacios desérticos, feos, inhóspitos, sin atractivo. Suele decirse que para gustos están los colores y aunque respeto esta opinión, no la comparto. Una visión fugaz de La Moraña, puede dar esa sensación casi desértica. Cierto es que, a primera vista, estas tierras parecen vacías y monótonas, pero hay que mirar para ver y andar para recorrer.

         Una observación más detallada nos muestra variedad de hábitats con sus distintos moradores. Por ejemplo, entre los extensos cultivos de cereales sobrevive una de las comunidades faunísticas más amenazadas de Europa, las aves esteparias. Su presencia ha propiciado que una buena parte de la comarca haya sido incluida en una Zona de Especial Protección para las Aves: ZEPA Tierra de Campiñas. Este valioso espacio, si les parece, lo dejamos para otra ocasión pues, dada la importancia del grupo de aves esteparias, merece un comentario más extenso.
Macho de avutarda en plumaje de celo. Foto David Pascual Carpizo.
       
Pero no todo son llanuras o tierras de cultivo, entre ellas hay pequeños bosques isla de pino o encina, serpenteantes hileras de chopos asociadas a algún arroyo. En determinados parajes, la planicie se deprime favoreciendo la formación de pequeños humedales. En otras zonas, el cauce de algún río o arroyo, generalmente seco, rompe la llanura. Estas fracturas de lo horizontal son especialmente marcadas en el río Adaja y en el último tercio de su afluente, el Arevalillo. Y además estos ríos van acompañados de importantes masas de pinares, las últimas de cierta entidad en la comarca, formando lo que en ecología llamamos el corredor del río Adaja.

         En el artículo “El bosque de los gamusinos”, publicado en estas mismas páginas en el mes de octubre, ya refería la gran importancia hidrogeológica de estas zonas boscosas asentadas sobre arenas, y la necesidad de conservar y proteger estos pinares y suelos arenosos para asegurar la recarga del maltrecho acuífero de los arenales con aguas de calidad y en cantidad. Pero dejé para otra ocasión su importancia ecológica.

         Como les decía, este corredor natural posee un destacado valor biológico, al ser utilizado por la flora y fauna como un camino verde para sus desplazamientos entre el centro y el sur de la Cuenca del Duero, lo que le confiere una importancia única y excepcional, especialmente en una zona tan deforestada como la que nos ocupa.  De hecho, de las 231 especies de aves que se han observado en la comarca, 167 se han anotado alguna vez en esta estrecha franja de terreno. A esto hay que añadir las especies de flora, que se multiplican de forma acusada en este pequeño espacio.

         Muchas de estas aves son singulares, por su belleza, costumbres, o escasez a nivel mundial. Esto debe hacernos reflexionar sobre la necesidad de conservar los últimos espacios arbolados para asegurar esta cantidad de vida en todas sus formas y variedades: su biodiversidad. Pero hasta la fecha ninguna figura de protección ha recaído sobre el corredor del Adaja, ¿acaso no la merece? Veamos:

         En el corredor del Adaja se pueden observar de forma habitual varias especies de aves amenazadas. Si nos referimos al Catálogo Nacional de Especies Amenazadas el número de especies supera las cien. Si nos referimos al mayor grado de protección de la Directiva de aves, el número es de 27 especies. Para resumir esta lista, voy a citar sólo las doce especies amenazadas más representativas. Estas son: totovía, cogujada montesina, carraca, curruca rabilarga, martín pescador, búho real, halcón peregrino, águila calzada, milano negro, águila culebrera, milano real y águila imperial ibérica, estas dos últimas catalogadas en peligro de extinción.
Águila Imperial Ibérica en plumaje juvenil (damero). Foto: David Pascual Carpizo.
 
         Para no hacer demasiado pesada la exposición, sólo referir que varias Leyes, Decretos y Directivas obligan a que el corredor del Adaja sea protegido como ZEPA o Lugar de Importancia Comunitaria (LIC). A pesar de ello vemos como graveras, urbanizaciones, campos de golf, obras públicas…, amenazan con reducir sensiblemente ente valioso corredor natural, y única superficie arbolada de una comarca deforestada. Todo pretendido proyecto de desarrollo tiene que ubicarse necesariamente en estas últimas 5.000 hectáreas arboladas ¿Qué clase de progreso acaba con encalves beneficiosos, necesarios para la vida? El propio Plan General de Ordenación Urbana de Arévalo, ha condenado a desaparecer a grandes extensiones de pinares, ubicados al sur de la ciudad, deglutidos por un recrecimiento urbano innecesario, al no haber agotado previamente terrenos urbanizables útiles, cercanos al centro histórico.

         Por ello debemos exigir a la Junta de Castilla y León a que proteja adecuadamente el corredor del río Adaja solicitando la declaración de ZEPA y LIC para este valioso rincón abulense.

         Como decía Machado, he andado muchos caminos, he abierto muchas veredas…, pero les aseguro que muchos de los mejores ratos, los he pasado admirando la naturaleza de mi tierra. Nunca es tarde para conservar, lamentarse de lo que ya se ha perdido, de poco o de nada sirve.
 
En Arévalo, a dieciocho de febrero de 2010. 

Autor: Luis José Martín García-Sancho.


jueves, 12 de marzo de 2015

MEMORIAS DE UNA PIEDRA


Narrador de la Historia: DOMINGO
 
Escuchante: CESÁREO
 
Domingo alzó su voz pétrea para que Cesáreo, que se encontraba una columna más allá, pudiera oírle.

- Escucha Cesáreo te voy a contar algo que es más viejo aún que las columnas de piedra en las que nos alzamos sobre esta gran plaza que por aquel entonces era arrabal de una vieja villa sarracena.

Cesáreo mantuvo la mirada hacia la plaza pero los oídos atentos a lo que Domingo quería contarle.

- No muy lejos de aquí –comenzó Domingo su historia-, hay un arroyo que discurre apacible sobre la loma del Adaja. Escucha atentamente, porque estos hechos que ahora te cuento son los que dieron nombre a tal arroyo para recuerdo de sus protagonistas y ensalzamiento de sus acciones:

Dicen las crónicas que durante los últimos años del primer milenio de nuestra era, el lugar en el que se juntan el Adaja y el Arevalillo estaba dominado por una pequeña alcazaba fuertemente defendida por un ejército gobernado por un caíd, o señor del castillo, llamado Muley. La fama de la belleza de su esposa Farida había atravesado fronteras pero aún más la de su segunda hija llamada Zulema o Zoraida, que en esto hay confusiones.

- ¿Cómo puede haber dudas en el nombre de una persona histórica? –repuso Cesáreo en este punto- No veo cómo se puede dudar en un nombre que se escribe para que no caiga fruto del olvido.

- Tienes razón compañero Cesáreo –continuó Domingo-, pero en las historias que no se escriben y que pasan de boca en boca, generación tras generación, puede haber algún olvido pero que, en todo caso, en nada cambian la esencia de lo que cuentan.

- Entonces, amigo Domingo –repuso nuevamente Cesáreo-, lo que me cuentas no es historia sino leyenda. Y, si has de elegir un nombre, elije Zoraida que es nombre más armonioso y hermoso.

- Llámalo como mejor te parezca pero ten en cuenta que una buena parte de los hechos narrados por nuestros antepasados se basan en acciones que realmente pasaron aunque nunca fuesen escritas para preservarlas del olvido, aunque al pasar de boca en boca se han mantenido vivas y siguen enalteciendo a los que las realizaron.

El caso es, amigo Cesáreo, que pronto fue conocida la hermosura de Zoraida por todos los rincones tanto del reino sarraceno como del cristiano. Lo curioso del caso es que casi nadie había visto jamás el rostro de la hija de Farida y Muley por llevarlo siempre tapado con la hiyab que, como sabes, es el velo con que las mujeres musulmanas esconden su rostro por motivos religiosos. Lo que, si acaso, la hacía más buscada y deseada porque, como bien sabes, aquello prohibido o inalcanzable se hace más deseable y apetecible para el común de los mortales.

Dicen las crónicas que la hermosa Zoraida solía frecuentar el huerto que había bajo los muros del castillo, justo donde el Arevalillo rinde el tributo de sus aguas al Adaja. Allí había todo tipo de árboles, hortalizas, frutales y flores. Era un lugar agradable, fresco en verano y protegido de los vientos invernales. Solía ir acompañada de sus dos hermanas de las que las crónicas no mencionan sus nombres. Allí pasaban buenos ratos entre las risas de sus conversaciones y los gritos de  sus juegos. El huerto o jardín estaba rodeado por una tapia ni muy alta ni muy baja y vigilado por las damas que siempre acompañaban a las tres hermanas y por los soldados que, desde la fortaleza, tenían la misión de velar por su seguridad.


Una agradable tarde de finales de verano las tres hermanas y dos de las damas jugaban al escondite entre los canteros y setos del huerto. Mientras una de sus damas contaba en alto, Zoraida corrió a esconderse en el rincón más recóndito del huerto bajo un pequeño manzano. Desde allí no se veía la garita de los vigilantes. Su respiración agitada por la carrera, hacía subir y bajar su pecho. Pronto empezó a sosegarse y pudo escuchar todo lo que la rodeaba, el cato de los jilgueros, los pasos de sus hermanas y damas amigas, el roce de sus vestidos con la vegetación al esconderse. Todo parecía muy tranquilo hasta que, justo encima de su cabeza, escuchó el crujir de una fruta al ser mordida.

Zoraida se giró hacia donde procedía aquel sonido tan familiar y descubrió a un joven que, encaramado a la tapia, comía a dos carrillos una de las manzanas. Sus miradas coincidieron. Era un joven muy hermoso, el zagal más bello al que sus ojos habían mirado. Y eran muchos. A la bella Zoraida la gustaba esconderse tras una puerta entornada que daba al pasillo por el que los soldados solían pasar a hacer la guardia de la fortaleza. En su mente elegía a aquel que mejor se ajustara a sus sueños de marido, compañero o amante. Tenía echado el ojo a dos o tres que no la desagradaban, pero este joven de la tapia les daba cien vueltas a todos ellos. Sus ojos marrones, su cabello ensortijado, su sonrisa burlona le hacían tener algo especial. Sus entrañas la dieron un vuelco. Se quedó un buen rato mirándole, sin articular palabra, aunque tampoco hubiera sabido qué decir.

Los pasos cercanos de la dama que velaba en el juego hicieron que el zagal se descolgara de la tapia hacia afuera mientras susurraba “mañana”. Zoraida no escuchó la carrera de aquella dama ni sus palabras “por Zoraida”. Estuvo toda la noche pensando en el joven y en qué habría querido decir con mañana. Pero estaba dispuesta a averiguarlo aunque lloviese, granizase, tronase o se levantara el vendaval más violento. Si ese “mañana” era lo que pensaba, le sobraban horas a la noche para que el alba disipara la oscuridad.

Se escondió en un bolsillo la pulsera con la que su madre la había obsequiado en su décimo quinto cumpleaños y, con la excusa de ir a buscarla al huerto, convenció a una de sus damas para que la acompañara. Pidió a ésta que buscara en dirección contraria mientras ella lo hacía por las tapias traseras.

Allí estaba la bella Zoraida, en el huerto de la junta de los dos ríos y según se acercaba al pequeño manzano notaba como el corazón comenzaba a palpitarla con fuerza, como si se fuera a salir del pecho en cualquier momento. Miraba debajo del manzano, sobre la tapia. Nada no había ni rastro del zagal. De pronto escuchó de  nuevo el crujir de una manzana al ser mordida, levantó los ojos. El joven desconocido estaba encaramado a las ramas del manzano. Se descolgó junto a ella y, con sumo cuidado, le apartó la hiyab que cubría su rostro por debajo de los ojos. El muchacho se quedó tan perplejo ante tal hermosura que dejó caer la manzana que llevaba entre sus dedos. No decía nada, ni siquiera se movía, parecía haberse convertido en una estatua.

Se oyeron las voces de la dama de compañía que buscaba a Zoraida. El zagal no reaccionaba, no se movía, no intentaba huir. Así que la joven mora decidió ir al encuentro de la dama para que no descubriera a su inmóvil amigo. No llevaba ni diez pasos dados cuando se dio la vuelta y, tras una breve carrera, se acercó de nuevo al muchacho y, tras besarle en los labios, le dijo susurrándole al oído, "mañana". Cogió la manzana mordida del suelo, la mordió también y se la puso en la mano a su bello y mudo desconocido. "Ya he encontrado la pulsera". Gritó mientras salía al encuentro de su dama de compañía.

Y así, todas las mañanas Zoraida y Martín, que al parecer así se llamaba el zagal, se reunieron bajo el manzano entregándose el uno al otro con una pasión sin freno. Pronto Martín la confesó que era un militar cristiano que estaba en el pueblo en misión de reconocimiento porque tenían pensado conquistar aquella plaza gobernada por el caíd Muley, el padre de Zoraida. Pero que no tenía nada que temer que sus capitanes siempre habían respetado a los habitantes de los pueblos conquistados y que dentro de poco, cuando todo acabara, podrían vivir tranquilos, felices y en paz para toda la vida rodeados de todos sus hijos.

Con el tiempo, Zoraida contó con la complicidad de sus hermanas y sus dos damas amigas. Pero, desgraciadamente, un mal día de principios de otoño, uno de los militares encargados de vigilar la fortaleza los descubrió en el huerto desde su garita. Él amaba secretamente a Zoraida y se puso tan celoso que corrió a decírselo al caíd Muley. El padre, furioso, se sintió engañado y humillado por su hija. Tenía mejores planes para ella que casarla con un vulgar zagal de la villa, así que encerró a su hija en la alcazaba y ordenó buscar al muchacho, ofreciendo una sabrosa recompensa para el que se lo entregara vivo.

Cuando se enteró Martín pensó que se iba a volver loco sin ver a su amada. Así que cabalgó todo el día y toda la noche hasta llegar de madrugada al campamento que dirigía su padre, capitán del ejército del rey cristiano. El muchacho contó a su padre lo que le había sucedido con la bella Zoraida y todo lo que había averiguado sobre la plaza sarracena. Sus puntos fuertes, sus puntos flojos, sus debilidades. El padre se apiadó de los sinceros sentimientos de su hijo hacia la joven mora y en tres días se presentaron delante de la fortaleza para intentar negociar con el caíd Muley, quien dijo que antes de rendir la plaza a los infieles preferiría morir con toda su familia dentro del castillo.

Entonces el joven Martín descendió de su caballo y se arrodilló delante de aquel hombre pidiéndole, suplicándole que al menos dejara libre a su hija Zoraida que él se encargaría de ofrecerla la mejor vida que un padre pudiera desear para una hija. El caíd se enojó tanto que hizo encabritar a su caballo y casi arrolló al joven Martín. El ejército cristiano situó su campamento junto a un arrollo en una pequeña loma desde la que se divisaba la fortaleza, sitiaron la plaza y exigieron al caíd que dejara en libertad a la bella Zoraida.

Al día siguiente el padre de la joven se acercó a caballo hasta el arroyo donde los cristianos habían levantado su campamento y, dejando caer a las aguas el cuerpo sin vida de Zoraida, advirtió a los soldados que cualquiera que osara enfrentarse a su autoridad correría la misma suerte que la de su joven y querida hija.

Tres días más tarde los soldados tomaron la ciudad. Para recordar a la mora Zoraida, levantaron un puente en el lugar donde el padre arrojó el cadáver de su hija. La ciudad conquistada fue Arévalo y al arroyo desde entonces se le conoció como Arroyo de la Mora.


Castillo de Arévalo desde el puente de la Mora. Foto Luis J. Martín

- ¿Tú crees que esto pasó de verdad? -preguntó Cesáreo interesado.

Pero no obtuvo respuesta pues su compañero Domingo había vuelto a quedarse petrificado y sus palabras resonaron como un eco entre las columnas de la plaza del Arrabal.

 
Arévalo, a once de marzo de 2015.

Basado en una leyenda real... o ficticia, ¿quién lo sabe?



Puente sobre el arroyo de la Mora. Foto: Luis J. Martín

Por Luis José Martín García- Sancho