martes, 26 de noviembre de 2013

LOS CORTADOS ROJOS


POR LA SENDA DE TUMUT:
ETAPA 3ª: LOS CORTADOS ROJOS
De Tiñosillos a Villanueva de Gómez (10,8 Km.)

Portada de la novela "Por la senda de Tumut". Imagen tomada en los cortados rojos del Adaja.
Foto: Luis Martín/David Pascual

El próximo domingo 1/12/2013 os propongo caminar la tercera etapa de “la senda de Tumut“, emulando a los personajes de mi novela. En esta ocasión remontaremos el río Adaja entre Tiñosillos y Villanueva de Gómez por los pinares que acompañan su margen izquierda. Pasaremos por los términos municipales de Tiñosillos, El Bohodón, San Pascual y Villanueva de Gómez, Mientras que en la orilla contraria veremos los paisajes pertenecientes a Gutierre-Muñoz, Pajares de Adaja y Blascosancho.

Cortados Rojos: Luis Martín
 
Este tramo es uno de los de  mayor belleza del río Adaja, especialmente cuando se encajona formando los espectaculares taludes verticales conocidos como “Cortados Rojos” o “Vado de Pajares”. Las margas arcillosas forman cárcavas de tono rojizo que se acentúa con la luz del atardecer.
          Bajaremos al cauce  del Adaja para conocer un lugar conocido por los lugareños como puente viejo por las ruinas de un puente que descansan en el lecho del río, enclave tan antiguo y desconocido que no aparece en los mapas. Visitaremos también el molino del Chorrillo y la fuente del mismo nombre, otra muestra de la vocación molinera del río Adaja desde épocas remotas hasta hace poco tiempo, pues el molino estuvo en pleno funcionamiento hasta la década de los setenta del pasado siglo. Este es ya el sexto molino que vemos en la senda de Tumut, los otros cinco son: Molino de Rumel, molino Matienzo, molino de Valencia, molino de Don Álvaro de Luna y molino de Aldehuela de las Fuentes, todos en el cauce del Adaja, a excepción del de Valencia que está en el Arevalillo. Pero veremos muchos más en futuras etapas.

Molino del Chorrillo. Foto: Luis Martín
En una buena parte del recorrido caminaremos entre el río y las avenidas fantasmas de lo que pretendía ser una gran urbanización y tres campos de golf cuyas calles y greens estarían ubicados entre el pinar, las laderas y el propio valle del Adaja. Obras que amenazaban con destruir uno de los parajes de mayor valor de Ávila y que debería haber sido declarado ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) junto a todo el corredor del Adaja del que ya hemos recorrido una buena parte en anteriores etapas. Afortunadamente la Justicia ha ordenado la paralización de las obras y la devolución del medio natural al estado previo al inicio de las mismas. Medida que, por oficio, no tomaron las autoridades competentes de la Junta de Castilla y León. 
Cortados Rojos del Adaja. Foto: Luis Martín

              Para conocer esto valiosos y espectaculares parajes os propongo la siguiente cita:

-       Día: Domingo 1/12/2013

-       Hora 8:00 de la mañana

-       Lugar de encuentro: Plaza del Arrabal de Arévalo.
(o a las 8:45 en el área de descanso que hay entre Blascosancho y Hernansancho) 
Cortados Rojos. Luis Martín
 
Recordar, una vez más, que estos paseos están abiertos a todas aquellas personas que quieran acompañarnos para disfrutar de nuestra naturaleza más cercana y más valiosa. Se recomienda llevar agua y almuerzo.

(La hora aproximada de regreso a Arévalo será entre las 14:30 y las 16:00h.)

Arévalo, 24/11/2013

Luis J. Martín.
Recorrido de la tercera etapa en amarillo
Enlaces relacionados:
- Vídeos de la novela:
         -  http://www.youtube.com/watch?v=uTw_FklISwI
         - http://www.youtube.com/watch?v=BRjXC8ro8Uk
-Villanueva de Gómez, tala, aberración: http://www.youtube.com/watch?v=4rgb2Y0QZR0
- Carta al presidente de la Junta de C y L: http://arevaceos.blogspot.com.es/2012/06/carta-al-presidente-de-castilla-y-leon.html
- En el bosque herido: http://arevaceos.blogspot.com.es/2013/11/en-el-bosque-herido.html
- Juicio Villanueva de Gómez: http://arevaceos.blogspot.com.es/2013/03/juicio-villanueva-de-gomez.html
Vista invernal de los Cortados Rojos del Adaja. Foto: Luis Martín
INFORMACIÓN SOBRE LAS DOS PRIMERAS ETAPAS:
- 1ª: Puente Rumel - Arévalo: http://arevaceos.blogspot.com.es/2013/10/de-paseo-por-la-senda-de-tumut.html
- 2ª: Arévalo - Tiñosillos: http://la-llanura.blogspot.com.es/2013/10/por-la-senda-de-tumut-segunda-etapa.html
- Crónica de Fabio López: http://la-llanura.blogspot.com.es/2013/10/la-piedra-roja-de-excalibur.html
 

jueves, 7 de noviembre de 2013

EN EL BOSQUE HERIDO


EN EL BOSQUE HERIDO

 
Los tres amigos se acercaron al bosque herido.
        Aunque sus ojos miraban lo mismo, en cambio, cada uno veía algo diferente.
- Las leyes humanas -dijo Onamu-, permiten que este bosque sea urbanizado para el necesario desarrollo rural de nuestros pueblos. La ley de suelo de 1998, en su artículo 10 dice claramente: “todo suelo que no tenga la condición de no urbanizable, tendrá la consideración de suelo urbanizable”. Nada podemos hacer para salvar este valioso bosque pues cumple con la normativa vigente.
- Las leyes divinas -añadió Sesoid-, erigieron al hombre como centro de la creación: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”. Por tanto puede imponerse al bosque para su disfrute. He aquí un claro ejemplo de como el hombre puede dominar a la naturaleza y someterla a su antojo.
- Amigos -repuso Arutan-, estaréis de acuerdo conmigo en que el hecho de que este bosque desaparezca es una necedad. Pensad en lo mucho que lo disfrutamos y en todo lo que nos aporta. Recordad que las leyes humanas son efímeras, que las leyes divinas son invención humana y que sólo las leyes naturales perduran.
         Comenzó a llover con fuerza. Los tres amigos hubieran preferido no mojarse. Pero llegaron a casa empapados.

En Arévalo, a siete de noviembre de 2013.
Luis J. Martín
Enlace relacionado:
- DIJO BRAULIO: http://arevaceos.blogspot.com.es/2014/08/dijo-braulio.html
Enlace a vídeo relacionado:
http://www.youtube.com/watch?v=4rgb2Y0QZR0

lunes, 4 de noviembre de 2013

ASÍ EMPEZÓ TODO


ASÍ EMPEZÓ TODO

(Publicado en La Llanura de Arévalo. Números: 49 - 50 - 51 y 52)

Por: Luis José Martín García-Sancho 

I
LOS PRISMÁTICOS. 
 


Rabilargo. Foto David Pascual Carpizo
      
        Aquella mañana de domingo madrugó más de lo normal. Era un agradable día del incipiente otoño. Quizás ya fuera ecologista aunque imagino que ni él mismo lo sabía. Cogió cuatro o cinco sacos, los metió en el maletero de su viejo R7 y se encaminó hacia el pinar de Arévalo por la carretera de Tiñosillos.
         Al llegar a la altura de Párraces, la carretera comenzó a estar escoltada por pinares de forma casi continua, sólo interrumpidos en su lado derecho, por varias naves agrícolas, los márgenes del Arevalillo o algunas tierras de labor aisladas.
         Después de rebasar el cartel de monte 25 de la villa de Arévalo, se desvió por el primer camino que salía a su izquierda, dejando la Pradera de los Huevos a la derecha. El camino serpenteaba entre los pinos hasta llegar a un cortafuegos que se dirigía hacia el este de manera lineal, hasta alcanzar el borde mismo del profundo tajo del Adaja.
         Al llegar a la caseta de los resineros, giró a la derecha y dejó el coche a unos 200 metros. Cogió uno de los sacos y comenzó a llenarlo de piñas, que le servirían para encender la caldera de leña. Algunos de los pinos aún tenían colgados los potes con la última cosecha de miera. Muchos de ellos habían sido resinados ese mismo año con azuela por lo que sus troncos estaban rodeados de blancas y llorosas serojas impregnadas de resina, sin duda alguna, lo mejor para encender la caldera y cualquier lumbre.
         Cuando estaba llenando el segundo saco de serojas, observó como debajo de uno de los pinos había gran cantidad de piñas roídas. Sólo quedaba el corazón. Las brácteas aparecían desperdigadas por los alrededores formando, incluso, pequeños montones. Se preguntó que animal podría haber hecho eso. Primero supuso que había sido un ratón pero aquellos restos estaban siempre situados debajo de los pinos por lo que enseguida pensó en una ardilla. Se la imaginó en lo alto de la rama, mordiendo el pedúnculo de las piñas para dejarlas caer a la base del pino y, allí, roerlas hasta separar cada bráctea para sacar sus ricos y nutritivos piñones.
         Al domingo siguiente volvió con unas cuantas avellanas, cacahuetes y nueces. Los fue depositando en puntos concretos del pinar, perfectamente localizados en un cuaderno de campo. Así volvió cada domingo a revisar sus comederos, anotando donde habían comido y donde no, con la esperanza de poder localizar algún nido de ardilla.
         Aunque nunca encontró ninguno, pronto levantó la vista del suelo para descubrir que cientos de pajarillos diferentes se movían de acá para allá emitiendo distintos reclamos. Entonces se compró una guía de aves para intentar identificarlos. Logró diferenciar varias formas, tamaños y colores pero, a simple vista, era casi imposible saber la especie a la que pertenecían. No obstante, el primer pájaro que identificó fue el rabilargo, un córvido gregario y forestal de mediano tamaño, fácil de distinguir por el diseño y colorido de su plumaje.
         Pero sólo con la ayuda de sus propios ojos como único instrumento de identificación, el avance en el conocimiento de especies era muy lento y el cuaderno de campo no crecía. Le desesperaba tener a escasos metros pajarillos a los que era incapaz de identificar. Decidió ahorrar hasta que pudo comprarse unos prismáticos Zenith de 8x40 que le costaron casi 9.000 pesetas. Bastante, teniendo en cuenta que ganaba al mes unas 35.000 pesetas.
         A partir de entonces, las cosas cambiaron de forma radical. Ahora las aves tenían formas y matices de colores muy distintos. El primer pájaro que identificó con aquellos prismáticos fue el carbonero garrapinos, uno de los más pequeños del bosque, picoteando cabeza abajo en el extremo de una de las ramas bajas de un pino. En domingos sucesivos, al garrapinos le siguieron otras cinco o seis especies, después decenas. Pronto el cuaderno de campo fue creciendo hasta alcanzar centenares de especies, todas ellas con sus detalles de identificación, comportamientos, descripción del hábitat o fenología. A algunas aprendió, incluso, a distinguirlas por el canto.
 Carbonero garrapinos. Foto: David Pascual Carpizo
 
         Muchas veces, durante los meses y años siguientes se preguntó por qué hacía eso, por qué salía todas las mañanas de todos los domingos al campo, por qué robaba el único día que tenía libre a su familia para dedicarlo al estudio de las aves, si no le suponía ningún beneficio económico, al contrario sólo gastos. Nunca supo la respuesta a estas preguntas, simplemente sabía que experimentaba una gran alegría al descubrir una nueva especie o al comprobar el retorno de las aves migratorias. Aquellas sensaciones, podría decirse, que se aproximaban a la felicidad.
         Pronto se dio cuenta de que ese sentimiento era aún más agradable si hacía partícipes a otros de sus hallazgos. Empezó a compartirlo primero con su familia y después con sus amigos. Había comenzado un camino del que es muy difícil apartarse y en el que resulta muy fácil aprender de lo que la naturaleza intenta enseñarnos a todos.
         Sólo hay que observar.
 
 

II
LOS MAPAS Y EL TELESCOPIO.


Hacía poco que había leído diario de un cazador, donde el genial Delibes relata de forma magistral sus conocimientos sobre la caza y los animales cinegéticos. Pensó en la suerte que tenía de no ser cazador. No había periodos de veda que le impidieran salir cada domingo al campo a identificar a todo tipo de especies, ya fueran cinegéticas, protegidas o amenazadas, daba igual, cualquier ser vivo que se pusiera a su alcance podía ser observado, catalogado, clasificado. No tenía que limitar su afición a unos pocos días al año, al contrario, durante todo el año el campo estaba abierto y esperándole para su disfrute y aprendizaje.
Su hermano Caco había comenzado a estudiar biología. Habían intentado localizar zonas húmedas de La Moraña. Alguien les había dicho que estaban tocadas de muerte, que estaban desapareciendo y las pocas que aún quedaban se encontraban en unas condiciones pésimas. Sin cartografía, la localización de lagunas y lavajos era prácticamente imposible. Aún así, poco a poco fueron encontrando algunas. Pero, una vez allí, los prismáticos eran insuficientes para la identificación de aves acuáticas. Después de todo el trabajo y el tiempo empleado en la localización del humedal, su gozo en un pozo. Al tenerse que aproximar tanto, las aves huían sin dejarse identificar. Llegaron a la conclusión de que en campo abierto la observación requería de un buen telescopio. Buscó en Arévalo, sólo encontró uno astronómico, ninguno terrestre.
Hacía poco que su hermano Julio y su cuñada Toyi vivían en Murcia. Julio había aprobado una oposición como psicólogo clínico. Toyi, que había estado como profesora de educación especial en un colegio de la Manga del Mar Menor, les encontró un apartamento y para allá se fue la primera quincena de septiembre con Ana y David que por entonces tenía 10 meses. Allí empezó a andar.
Uno de los días lo pasaron con sus hermanos en Murcia. Paseando por sus calles, en un escaparate entre varios telescopios celestes de grandes dimensiones, vio dos o tres terrestres. Entraron. Uno de ellos se acoplaba perfectamente a sus necesidades: Dimensiones no muy grandes para poder ser transportado en su bolsa de campo y un zoom de 20 a 60 aumentos. Lo que le convencía menos era el color del tubo, naranja, con el objetivo negro. Consultó con Ana antes de comprarlo y, aunque era bastante dinero, accedió. Julio le dijo que si no tenía bastante podía prestarle algo. Lo probaron en la azotea de la casa de sus hermanos, situada en el bloque sexto de la calle poeta Andrés Bolarín. Enfocaron hacia la catedral. Se veía bastante bien.
Ya tenía telescopio, el siguiente paso para localizar lagunas y no perderse por los caminos era contar con la cartografía adecuada. Encontró lo que buscaba en el Servicio Geográfico del Ejército. Pidió el catálogo y compró los cuatro mapas que cubrían La Moraña y la Tierra de Arévalo a escala 1:50.000 y uno general de toda la comarca a escala 1:200.000. Con estos mapas se le abrieron definitivamente todas las puertas del campo. Aunque, en realidad, nunca habían estado cerradas.
Ya sólo había que buscar los caminos adecuados para llegar al objetivo. Con el telescopio y los nuevos mapas Caco y él comenzaron a censar aves acuáticas en invierno y cigüeñas en primavera. Ahora puede parecer una tontería hacer censos de cigüeñas pero, por aquel entonces, la población de toda La Moraña era de 24 parejas. La mayoría de los pueblos de la comarca no tenían nido y Arévalo, con sus siete torres y sus dos ríos, sólo contaba con uno situado en lo alto del chapitel de la iglesia del Salvador. La situación de esta bella y elegante vecina era preocupante por lo que estaba considerada especie amenazada. Afortunadamente, con el paso de los años las cigüeñas blancas se fueron recuperando hasta encontrarse, en la actualidad, fuera de peligro.
        En las lagunas, con esta nueva óptica el cambio fue radical. Observaban desde mucho más lejos, las aves no se espantaban y en lugar de ver sólo "patos", con paciencia y la luz adecuada, podían distinguir diferentes especies y sexos, incluso limícolas.
Se puso en contacto con la Asociación para la Defensa de los Ecosistemas Abulenses, ADECAB, un grupo de Ávila que estaba haciendo este tipo de censos. Allí conoció a gente que tenía sus mismas inquietudes y mayores conocimientos de la provincia, de su flora y de su fauna. Hizo grandes amistades que perduraron a pesar de las diferencias que fueron surgiendo con el tiempo.
Pero también gracias al telescopio y a la cartografía del ejército, descubrió a las aves esteparias. Un grupo de aves que con los prismáticos parecían invisibles: ganga, ortega, sisón y la especie que, desde entonces, se convirtió en una de sus principales pasiones, la avutarda pero esto lo dejamos para otra ocasión. 

 

III
AVUTARDAS
 
Macho adulto de avutarda en plumaje de celo. Foto: David Pascual Carpizo.


        Antes de tener mapas y telescopio ya le fascinaban las avutardas. Tan grandes y pesadas como huidizas.
El primer contacto que tuvo con las avutardas fue buscando la laguna de los Lavajares con su hermano Caco. Habían visto que era la única laguna de la comarca que aparecía en un mapa de carreteras del antiguo MOPU. No venían caminos, por lo tanto, sólo sabían que tenían que dejar el coche entre Rasueros y Rágama y caminar hacia el oeste hasta dar con ella.
Durante la semana había llovido bastante, pero esa madrugada había caído una buena pelona. Decidieron dejar el coche en el camino sin atravesar un gran charco que se había formado en el cauce seco del Regamón. Continuaron andando por ese camino que avanzaba en línea recta hacia el oeste. De pronto, a unos 500 metros, un ave de gran tamaño comenzó a correr hasta desaparecer tras coronar una loma.
Se pasaron los únicos prismáticos que tenían para contemplar la carrera del ave. Sin duda era una avutarda, la primera que veían. Aunque después vio otras carreras, con los años, se dio cuenta de que aquel comportamiento no era habitual en esta gran ave voladora, la más pesada del mundo capaz de volar. Al coronar la loma, no había ni rastro de la avutarda, se podría decir que había desaparecido en la inmensidad de la helada llanura castellana.
A esta primera, fugaz y fascinante observación siguieron otras que se multiplicaron gracias a la adquisición de los mapas y el telescopio. Desde el principio sintió una atracción especial por esta esquiva ave, tal vez por el reto que suponía su estudio. Empezó a recorrer todos los caminos de La Moraña y del este de Salamanca, algunas veces con su hermano, otras solo.
Buscó publicaciones sobre la avutarda en Ávila, sólo encontró un estudio que consideraba a la población abulense marginal en Castilla y León y no reproductora. Delimitaba su área de distribución y estimaba la población entre 149 aves en 1981 y 167 en 1987. Les pareció poco, ya que en una sola mañana podían llegar a ver el centenar de individuos. Así que en 1988, Caco y él decidieron censar la población de avutardas de Ávila. Para ello, Dividieron la zona a censar en tres sectores y los recorrieron por los caminos con su R11, un turismo convertido en todo terreno a la fuerza. Podría citar las peripecias que pasaron con aquel coche por los caminos de la Tierra de Arévalo pero eso, por sí solo, daría para otra historia.
Empezaron a censar por el sur-oeste que lo conocían menos. Después del primer día el número de aves censadas era de 152 y todavía quedaban dos sectores, en uno de ellos sabían que la población sería igual o mayor. Después del tercer y último día de censo, el resultado era de 364 aves. También habían visto multitud de ruedas, es decir, la exhibición que hace el macho en celo para atraer a las hembras. Con toda seguridad, la avutarda sería reproductora en Ávila.
Este último dato lo comprobó ese mismo verano, en julio. Buscando avutardas, mientras se paraba a otear en una gran hondonada de Horcajo de la Torres, salió volando una hembra de la cuneta donde había parado el coche. Al bajar vio como de esa misma cuneta salían corriendo tres pollos que aún no volaban. La madre los observaba desde lo alto de la vaguada y hacia allí se dirigían los pollos avanzando entre los rastrojos de cebada. La hembra dio un corto vuelo para reunirse con ellos y, caminando con el cuello completamente estirado, se perdieron por lo alto de la loma. Ya no había duda. La avutarda era reproductora en Ávila y duplicaba ampliamente la población estimada en el único censo conocido.
Quizás a ustedes, amigos lectores, esto les parezca una tontería pero a él le dio la impresión de que había hecho algo importante. A este primer censo siguieron muchos y otros estudios de población, selección de hábitat, alimentación... Se podría decir que su afición y admiración hacia las avutardas le convirtió en algo parecido a un experto. Por lo que muchos amigos y no tan amigos colaboraron con él. La mayoría por pura y simple amistad, unos pocos por mero interés. La vida misma.
Después de tantos ratos pasados entre avutardas, jamás ha podido olvidar una tarde de invierno. Esa mañana habían llamado Pepe, Chema y Julio, tres amigos de Ávila. Pasarían por Arévalo después de comer. Los llevó a ver avutardas con Ana, David y María. Vieron muchas. Las mayores bandadas concentradas en pequeñas parcelas de alfalfa. En una de estas alfalfas pararon a recoger plumas. Cogieron muchas. Su hija María, que había aprendido a andar en septiembre, llevaba un abrigo de peluche de color hueso y enseñaba a su padre cada pluma que recogía del suelo, bajo la impresionante luz de un atardecer magnífico.
Muchas veces, mientras buscaba avutardas por las llanuras de la Tierra de Arévalo se preguntó por qué hacía todo esto, qué ganaba con ello. Casi siempre, después de esta pregunta se le venía el recuerdo de una niña que apenas sabía andar embutida en un abrigo de peluche y enseñándole las plumas de avutarda que recogía de una alfalfa entre las risas de sus amigos.

Desde aquel día comprendió que los mejores recuerdos de sus salidas al campo estarían marcados por esos buenos ratos entre su gente. 

 

IV
LO QUE EMPIEZA ACABA.
 

Le invitaban a asistir a cursos y congresos. Le pedían colaboración en artículos relacionados con las aves. Incluso le encargaban algunos trabajos de campo.
Pensó que podría vivir de ello.
Se equivocó.
Después de un montón de censos de aves acuáticas, cigüeñas, avutardas, rapaces... y artículos publicados en diferentes revistas naturalistas, pesó que, quizás, tendría cabida en futuros trabajos relacionados con el mundo de las aves. Pero pronto le pusieron en su sitio.
La Comunidad Europea daría subvenciones a aquellos agricultores que respetasen el hábitat de la avutarda y demás aves esteparias. Sólo había que hacer una propuesta con las áreas que se pudieran beneficiar de esas ayudas. Utilizaron los datos de los trabajos de campo que había organizado. Pero le dejaron fuera. Pidió que, al menos, le permitieran revisar el borrador de aquella propuesta por si pudiera aportar algo pero, ni eso. Le dijeron: "déjanos a nosotros negociar con políticos y sindicatos agrarios y tú sigue trabajando en el campo de forma voluntaria, como hasta ahora. En estos casos, la labor altruista y desinteresada del voluntariado es imprescindible". Cierto, no voy a ser yo el que lo niegue, pero quien eso decía cobraba por ello.
Después de aquel desencuentro siguieron otros. Una entidad bancaria que hasta entonces había pagado la publicación de los cuatro números de la revista "El Cervunal" que recogía todos los trabajos de campo del grupo ecologista Adecab, se negó a costear el quinto número, un monográfico sobre la estepa cerealista abulense, en el que quedaban plasmados una buena parte de los trabajos de campo que había organizado o en los que había participado.
Entonces decidió dejar sus trabajos de campo. Si era incapaz de darlos a conocer, ¿para que servían?
En realidad, le resultaba difícil dejar aquello en lo que tanta ilusión y tiempo había depositado. En esas estaba, es decir, retirándose del mundo de las aves, cuando Asodema, una asociación encargada de gestionar y repartir fondos de la Unión Europea para destinarlos al desarrollo rural de la Tierra de Arévalo y La Moraña, le propuso escribir un libro sobre las aves de la comarca. Sería coordinado por un biólogo, y un fotógrafo naturalista aportaría las imágenes. Los de Asodema le caían bien, era gente competente que hacía una labor importante por la comaca, pero con alguno de los que formarían parte del equipo para la elaboración del libro había tenido encontronazos en el pasado. Se encontraba en un momento de su vida en que lo último que quería era buscar problemas o tensiones innecesarias. Estuvo a punto de rechazar la oferta pero antes consultó con Ana. Le dijo que aceptara, que era lo que siempre había deseado.
Así lo hizo. Corría el año 1997.
Durante la elaboración del libro tuvo algunos roces. Por los que llegó a llamar al coordinador por teléfono para criticar su labor. Tal vez no debería haberlo hecho pues aquel biólogo le puso en su sitio: Le dijo que por qué pretendía hacer la labor de un arquitecto cuando no era más que un peón que se creía el ombligo del mundo. Que le dejara a él dirigir la obra y que se dedicara únicamente a poner los ladrillos. El coordinador acabó diciendo que no le volviera a llamar nunca más.
Así lo hizo. También terminó su parte del libro que, finalmente, fue publicado en 1999.
Entonces se dio cuenta de la realidad. Bajó de la nube. Sólo era un naturalista mediocre, con algunos conocimientos ornitológicos pero muy limitados. Y lo peor de todo es que era autodidacta. La única Universidad a la que había asistido para adquirir esos conocimientos era la de la naturaleza, la única realmente pública y gratuita. Durante todos esos años había aprendido del árbol y del pájaro, del agua y de la rana, de la arena y de la culebra, del aire y del insecto. Esa Facultad estaba siempre abierta, todos los días del año.
Así que, después de aquella serie de patinazos relacionados con la especie humana, decidió que ya era hora de acabar sus estudios. Dejó de anotar cada especie que veía, su conducta, localización, número, medio en el que se encontraba, fecha, hora, clima y hasta temperatura... A partir de entonces comenzó a salir al campo sin método, sin cuaderno de campo. Salir por salir. Sólo para disfrutar.
Bastantes años después de aquella decisión, una mañana cualquiera del verano de 2009 le fue a visitar a la tienda Fabio, uno de los redactores de una revista local. Le dijo que en la última reunión de la asociación la Alhóndiga, habían pensado en alguien que escribiera sobre medio ambiente en "La Llanura de Arévalo" y que había salido su nombre. Enseguida le dijo a Fabio que admiraba y aplaudía la labor que hacían con la revista pero que él era como un dinosaurio, que no estaba en activo, que hacía varios años que se había desvinculado de los temas ambientales, que no creía que pudiera aportar nada fresco. Fabio insistió que, precisamente, ellos pensaban todo lo contrario y que sus pensamientos o vivencias como dinosaurio ambiental podrían tener cabida en la revista mensual. Que se lo pensara, que no era ningún compromiso y que si le gustaba podría, incluso, contar con una página mensual dedicada al medio ambiente o cualquier tema relacionado con la naturaleza.
Quedó en pensárselo.
Como cuando compró los prismáticos o el telescopio o, incluso, cuando co-escribió la guía de las aves de La Moraña y Tierra de Arévalo, lo consultó con Ana. A ella, como casi siempre, le pareció bien y entonces pensó:
- Coño, ¿y por qué no?
Después... Llovió.

 
En Arévalo, primavera a verano de 2013

Nota: Cualquier parecido con la realidad es posible e intencionado.