martes, 25 de agosto de 2015

EL CANTO DEL CHOTACABRAS

por: Luis José Martín García-Sancho

Esta tarde hemos quedado con Magdalena y José María. Son abulenses pero viven en Cádiz. Vamos a ver los restos de un puente en el lecho del Adaja entre Villanueva de Gómez, Blascosancho y Pajares de Adaja. Cuando llegamos ya nos están esperando. Atravesamos el pinar herido por las anchas avenidas de lo que pretendía ser una enorme urbanización que resultó ser ilegal. Hay que dar un rodeo porque estas “calles” fantasmas y transgresoras han destruido los antiguos caminos. Chopos y sauces, lentamente se apoderan del asfalto. Parece que la naturaleza reclama lo que, por justicia, le pertenece. Bajamos por el camino del molino. Nos dicen que algunos de esos viejos caminos tenían nombre propio como el de “María Siquieres” que venía desde el pueblo a morir a la bajada del molino. Tanto a Ana como a mí nos parece muy curioso el nombre y nos preguntamos quién sería esa María y a quién o a qué dijo sí en aquel pinar. Cada cual que piense lo que quiera, imaginar es gratis.
Viales ilegales en el pinar de Villanueva de Gómez.
Vamos primero río arriba. Nos quieren enseñar una zona donde el lecho del río en lugar de arena es de roca. Al llegar, el arrullo del agua es diferente, como si el viejo Adaja se hubiera convertido en un juvenil arroyo de montaña. Me meto en el agua detrás de José María. Al otro lado, bajo un talud, me enseña la causa del alegre clamor. Efectivamente, el cauce es de piedra, y está curiosamente estriado en el sentido de la corriente. Pasada la peña se desploma en una pequeña cascada que crea una poza en la que suelen bañarse todos los veranos. La roca parece marga arcillosa, como las paredes de las cárcavas que un poco más abajo forman el impresionante paraje de los “Cortados Rojos”. Para que lo confirme un experto, cojo una muestra que enseñaré a un amigo geólogo.
Cortados Rojos sobre el molino del Chorrillo. Foto Luis J. Martín
Tras calzarnos, seguimos río abajo por la ribera. Una plantación rectilínea de chopos transgénicos sustituye la rica y variada vegetación autóctona. La biodiversidad pierde. Desde la intrincada vegetación del borde del río, tumbados en la corriente, se ven los sillares de piedra de lo que fue un puente. Hasta se reconoce una de las pilas con su tajamar en ángulo para romper la corriente. Nos dice José María que siempre lo ha conocido así, que lo llaman puente viejo. Les digo que habíamos pasado varias veces por allí sin reparar en su existencia. El puente unió hace muchos años los pueblos de la margen derecha con Villanueva de Gómez, seguramente para que pudieran utilizar los molinos existentes en este municipio.

Avanzamos nuevamente río abajo, pero en esta ocasión pegados al caz del molino. Al parecer, han destruido alguno de los puentes de ladrillo existentes en esta canalización. Seguramente para poder meter maquinaria pesada utilizada en las plantaciones de chopos. Uno de los aliviaderos del caz aún conserva, un arco de ladrillo con los carriles por los que se deslizaba la compuerta que permitía el desagüe hacia el río o hacia La Morisca, que era la gran huerta frente al molino y que explotaba el señor José Aldea, conocido por Tío Pepe el Molinero. Se encontraba cercada para evitar que los abundantes conejos, jabalíes, zorros o tejones se comieran las hortalizas. En el caz se veían serpientes de agua y nutrias que acudían desde el río, seguramente, a comer barbos y cangrejos, el autóctono, recalca José María. Aunque las aguas del caz cerca del molino eran profundas, oscuras y frías, el que supiera nadar y se atreviera podía bañarse.
Caz del molino del Chorrillo. Foto: luis J. Martín
Llegamos a las ruinas del molino. En una de las paredes aún se puede leer “Molino del Chorrillo”. Ana y yo ya lo conocíamos pero ha cambiado mucho, lógicamente a peor. Los años, la desidia y el abandono no perdonan. El caz termina en una balsa que aún mantiene algo de agua debido al manantial de agua limpia y clara que proviene de las arenas del pinar. Es curioso cómo en pleno verano la fuente se mantiene, llena la balsa y, tras pasar por los arcos donde estuvieron situadas dos muelas, se encamina hacia el Adaja por el caz de desagüe, abarrotado de vegetación espontánea. El tejado del edificio se ha hundido, parece ser que unos cazadores aceleraron su ruina al provocar un incendio en su interior. Aún quedan los pesebres donde dejaban a las caballerías. Nos comenta que hacia 1953 ó 54, vio a Tío Pepe el molinero atravesar el pinar por el camino del Molino o por el confluente de María Siquieres, con una recua de 10 ó 12 burros cargados con costales. Y concluye: “No sé qué era más blanco, el pelo de los burros, la tela de los costales o la harina... Exagero”.

Nos dice que ha conocido moler con agua hasta los años sesenta del pasado siglo cuando se instaló un motor de gasolina. Y que unos diez años después, dejó de funcionar como molino. También recuerda gallinas pululando por allí y las palomas que criaban en cestos colgados del techo de la entrada. Había gran afluencia de labradores, su abuelo y su tío Segismundo entre ellos, con carros de mulas, caballos o burros, que llevaban trigo para moler. Ignora cómo sería la transacción, tal vez el molinero se quedara con una parte proporcional de la maquila. Recuerda con especial emoción sus ratos en el molino, La Morisca, la camaradería entre campesinos, sus baños veraniegos en las oscuras aguas de la balsa.
José María, Magdalena y Ana junto al molino del Chorrillo. foto Luis J. Martín
La tarde cae. Mientras ascendemos por el camino del molino hacia el pinar, le viene a la cabeza otro recuerdo. Cuando era niño, algunas tardes de verano se solía escuchar al chotacabras, ave crepuscular devoradora de insectos voladores. Algunas veces, incluso, podían observar su silueta en vuelo. Entonces comienzo a imitar su reclamo vibrante y agudo. Recuerdo que cuando preparaba el libro de las aves, solía responder bastante bien al reclamo en bordes de pinares. No había pasado ni un minuto cuando empiezan a cantar dos chotacabras, uno en el pinar y otro en el río. Nos paramos. Escuchamos con atención. Ante nuestros ojos se ve la silueta de un chotacabras en vuelo silencioso. Cuando vuelan parecen mayores de lo que en realidad son. Al descubrirnos empieza a emitir los sonidos habituales de alarma y nos obsequia con el palmoteo de alas, es decir, las entrechoca para intentar asustar a un enemigo potencial, o sea, nosotros. Se posa en uno de los pinos, muy cerca.

Mientras José María señala tan singular ave, en su cara descubro una sonrisa que denota alegría, al haber podido revivir uno de los recuerdos de su niñez y comprobar que, al menos este, no se ha perdido para siempre como los otros. Ya no hay puente sobre el río, la corriente lo tumbó. Ya no corre el agua por el caz. El molino se ha hundido. La Morisca no existe. Ya no se muele en los ríos. Ni siquiera a los molinos se los llama molinos sino harineras.

Al menos, en este hermoso paraje, nos queda el canto vibrante del chotacabras.
Chotacabras gris, Foto: José Luis Rodríguez
 En Arévalo, a 22 de septiembre de 2013
Luis J. Martín García-Sancho
Publicado en La Llanura nº 53 en octubre de 2013

domingo, 23 de agosto de 2015

TORRES ENCENDIDAS

fotos Luis J. Martín
    Vista de Arévalo al atardecer con torres de Santa María, San Miguel y San Juan.


La tarde cae por las cuestas,

las altas torres encienden

lentas sus ladrillos rojos

diciéndole a la llanura

que aunque ya llega la noche

ellas esperan al día,

y nos guardan en los sueños

de la noche negra y densa

para servirnos de guía.

Las torres, siempre las torres

encendidas en la tarde

y en la aurora tenue y fría,

del caserío se alzan

majestuosas, soberbias,

señalando al cielo altivas.

Las torres, siempre las torres

de crepúsculo encendidas.
Arévalo a 23 de agosto de 2015
Luis José Martín García-Sancho
Arriba: torres de San Juan, el Salvador y de Valdeláguila
Arriba: torres de Santa María y San Miguel. Abajo: vista general del casco antiguo de Arévalo.

viernes, 21 de agosto de 2015

LO QUE NUNCA FUI


 El cuaderno azul, dibujo: Luis J. Martín (1984)
Cuando pasaron los años
miré hacia atrás y vi
lo que dejé en el camino
y se quedó tras de mí,
ideales, deseos, sueños
difíciles de describir,
habría sido distinto
si hubiera podido cumplir.
Los ladrones de sonrisas
no me dejaron reír,
me dices de qué me río
y yo me río de ti
pues ya baja seco el río,
el río se ríe de mí,
las negras ratas de antes
ya comenzaron a huir.
He fallado en muchas cosas
que me alejaron del fin
al que un día quise llegar
pero que no conseguí.
Dónde quedan las promesas
que hice a la gente afín,
dónde los anhelos fueron
que siempre me unieron a ti,
me queda el remordimiento
por no poderlos vivir
por haber sido inconstante,
un poco dejado y ruin.
Los ladrones de sonrisas
ya no me dejan reír,
me dices de qué me río
y yo me río de ti
pues ya baja seco el río,
el río se ríe de mí,
las negras ratas de antes
ya no pretenden huir.
Al final soy lo que soy,
para que os voy a mentir
si de nada sirve engañar,
lo que veis ahora de mí
es lo que pude ser
y nunca fui.
En Arévalo, primavera de 2015
Luis José Martín García-Sancho.
El Cuaderno azul, dibujo: Luis J. Martín (1984)


jueves, 16 de julio de 2015

¡QUÉ CALOR!

 foto: el periodico.com.
 

Por: José Luis Díaz Segovia
Las prolongadas y elevadas temperaturas de este verano son un tema recurrente en la calle, en las tertulias, en los medios de comunicación...
Sin embargo poco o nada se habla de las causas de este calor extremo, y las consecuencias que implica este fenómeno. Hace poco leía con detenimiento una noticia en un periódico. Un comunicado de la NASA, y de la propia ONU, advertía que si no se toman medidas drásticas y urgentes para combatir el cambio climático, la Civilización sufriría un colapso global en apenas 40 ó 50 años. Y digo civilización, porque al hablar de destrucción del Planeta cometemos un error fruto de la ignorancia. Si la especie humana desapareciese, a la Tierra eso francamente le daría igual. Las plantas y otras criaturas renovarían la vida, y esta seguiría existiendo sin nuestra presencia. Por supuesto, el artículo se encontraba escondido en un rincón perdido de un periódico, y en letra pequeña, evidenciando el desinterés por este tema.
A fin de cuentas, quien va a perder el tiempo leyendo la opinión de unos científicos chiflados, y sus locas ocurrencias. En la agenda de los dirigentes mundiales este asunto ni siquiera merece la más mínima atención. Algo lógico, si tenemos en cuenta que ellos sólo son meros rehenes, sometidos a la tiranía de quienes dirigen el Mundo desde la sombra. Las multinacionales, las grandes corporaciones, y las empresas energéticas, que no están dispuestas a perder el jugoso pastel de miles de millones de dólares que se reparten cada día. Por su parte, los ciudadanos tampoco desean renunciar a un modo de vida, basado en el derroche, el despilfarro y el consumismo compulsivo. Así pues, parece que la gran mayoría desea mantener este modelo irracional e insostenible, que nos lleva directamente el precipicio.
De aquí a tres o cuatro décadas, los pronósticos para la Península Ibérica no son nada halagüeños. Se preveen  temperaturas de 50 ó 55 grados en Andalucía, Madrid, Extremadura, Aragón… ¿Que ocurrirá si se cumple semejante vaticinio?. Sencillamente no podremos sobrevivir. Se calcula que el nivel de los mares subirá más de cinco metros. Las ciudades costeras, donde vive la gran parte de la población mundial, quedarán anegadas, lo que provocará migraciones de proporciones inimaginables. Surgirán graves conflictos por el dominio del agua. Los cultivos no prosperaran, los incendios forestales se intensificarán y los desiertos avanzarán implacables. Y este excelente caldo de cultivo facilitará el desarrollo de enfermedades e insalubridad.
Hay un principio básico que el ser humano  acostumbra a despreciar con demasiada facilidad. El principio de la prevención. Este principio rige el equilibrio en la naturaleza, y las criaturas que no lo respetan están abocadas al desastre. Pero como nosotros somos más listos, nos permitimos el lujo de hacer caso omiso a las señales y los síntomas que nos están avisando del peligro, de que algo no va bien.
Deberíamos actuar de inmediato, y sin embargo nos quedamos con los brazos cruzados, con la venda en los ojos. Existen alternativas y tecnología para prescindir del petróleo, pero las grandes empresas petroleras compran las patentes, para bloquear su utilización, de modo que tengamos que seguir dependiendo de los combustibles fósiles, que elevan los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Y por tanto agravando el problema del efecto invernadero. Los bosques podrían mitigar y aliviar el problema, pues son sumideros gigantescos de CO2.  En España hay millones de hectáreas desarboladas, y montañas peladas. Terrenos baldíos que deberían ser ocupados por bosques inmensos. Esa debería ser una prioridad estatal, pero sólo se plantan árboles en áreas testimoniales del territorio, mientras cada verano vemos arder nuestros montes, como un espectáculo mediático de pirotecnia.
En la televisión, la radio, la prensa o internet priman otras noticias: la economía, las finanzas, el deporte, el ocio y como no, excesivas frivolidades y estupideces. Pero el cambio climático, un asunto de supervivencia global, es algo irrelevante, una noticia que no vende.
Nos hemos propuesto caminar hacia un escenario hostil y terrible, en el que sobrevivir será lo prioritario. Es entonces cuando querremos reaccionar, pero quizá será ya demasiado tarde.


jueves, 9 de julio de 2015

TRAS EL ATAQUE




 
Estuve leyendo un rato,

nubla penumbra en ático,

vinieron a mi memoria

impertinencias falaces

de otros tiempos y lugares,

inesperado trance que

ahora ya pasa.
 

Arévalo, a uno de julio de 2015
Luis José Martín García-Sancho.

sábado, 4 de julio de 2015

ESPECIES ACUÁTICAS

Salinas de Santa Pola
 
Texto y Fotos: Luis J. Martín

En el litoral alicantino podemos encontrar especies acuáticas tanto marinas como de agua dulce o salobre:
Las salinas de Santa Pola acogen a iportantes colonias de especies nidificantes como estas gaviotas picopinas
Gaviotas picofinas  (Larus genei)
Gaviota picofina adulto y pollo pidiendo comida
 
También hay importantes colonias de las llamadas golondrinas de mar:
Charrán común (Sterna hirundo). Adulto en el centro y tres inmaduros.
 
Dos charranes comunes y, abajo, un  charrancito (Sternula albifrons)
 
Charranes patinegros  (Sterna sandvicensis)


La cigüeñuela común o el flamenco también son habituales 
 
 
El Embalse de El Hondo (o el Fondo) es otra de las zonas húmedas alicantinas de importancia internacional en este caso de aguas salobres. Las aguas son bombeadas desde la desembocadura del río Segura:
 
Donde se encuentran varias especies escasas y muy amenazadas entre las que destacan:
Garcilla cangrejera (Ardeola ralloides)
 
focha cornuda (fulica cristata)
 
o la escasísima cerceta pardilla (Marmaronetta angustirostris)
Entre otras muchas especies:
Elche y Santa Pola, entre el 23 y 27 de junio de 2015.




viernes, 19 de junio de 2015

TARDE DE PESCA

Aquella tarde de final de verano decidimos ir a dar un paseo al río.
El sol está sobre la ladera de poniente. Dejamos el coche en la ermita. Abro el portón para que baje Blanquita. Enseguida se dirige hacia el río. El camino de bajada se divide en dos. Toma el de la izquierda, nosotros el de la derecha. Enseguida oímos el trote de la perra, nos alcanza, nos adelanta. Baja hacia el río olisqueando cada dos por tres, caminando a paso rápido con el rabo alto pero ligeramente inclinado a la izquierda. El camino transcurre entre espinosos piornos blancos, enebros y algún que otro pino joven.
La temperatura baja gradualmente a medida que descendemos y nos aproxímanos al cauce del río. Hay más de cinco grados de diferencia entre la llanura cerealista y el valle estrecho y profundo del Adaja. Nos asomamos al pozo abandonado, que antaño regara una huerta. Alguien ha arrojado troncos y ramas, tiene bastante agua. Oímos el reclamo estridente del torcecuellos procedente de un grupo cercano de sauces sargatillos y chopos jóvenes, enmarañados por zarzamoras, majuelos y saúcos. Le buscamos pero es invisible, no le vemos. Ana se agacha un instante. Coge una hoja aterciopelada, se la frota entre las manos. Me las pone en la nariz. Uhmm… Qué bien huele. Es menta.
Los pinos de la ladera del poniente comienzan a proyectar su sombra alargada sobre el valle a medida que el sol desciende. La pradera de ribera acaba en la ladera, sólo se puede pasar siguiendo la estrecha e inclinada vereda abierta, seguramente, por jabalíes y zorros, discurre paralela al río, al pie de las cuestas. Blanquita va delante, abriendo camino. Nos entretenemos en una zarzamora que ofrece sus frutos maduros y casi negros a todo aquel que quiera comerlos, ya sea persona, pájaro, roedor, garduña, tejón o zorro. Están en su punto jugosas y dulces. Ana decide llevar unas cuantas a David y María que se han quedado en casa. Para que las coman solas o con zumo de naranja y azúcar.
 Río adaja. Foto: Luis J. Martín
Abajo, el río se divide en dos dejando una isla en el centro. El brazo principal tiene corriente, el secundario es casi una charca. Debido a una crecida del río por las pasadas tormentas se ha llenado de agua pero ha quedado casi aislado del brazo principal. Un buen número de barbos de gran tamaño han quedado prisioneros en este cauce secundario a la espera del indulto que supondría una nueva crecida.  Nos quedamos un buen rato, estáticos, contemplando sus idas y venidas, algunas veces pasan en un banco de más de diez peces.
De pronto, una forma mucho mayor pasa rauda persiguiendo a los barbos, luego otra. Se impulsan con las patas traseras y contonean el cuerpo y la cola para dirigir sus rápidos movimientos tras los peces.
- Son nutrias –le digo a Ana al oído en un tono casi imperceptible-. Están pescando.
Miro hacia la perra. Silbo imitando al carbonero para no alterar la pesca de las nutrias. Pero no me hace caso está olisqueando un terrón de arena unos metros más adelante. En raras ocasiones las nutrias, especialmente si tienen cachorros, han atacado a perros pequeños en las aguas donde han establecido su territorio de cría. Pero no parece que blanquita se quiera acercar a la orilla. Pasa de las nutrias, entretenida con los efluvios campestres que tanto le gustan.
Ana y yo nos sentamos un buen rato en la vereda que transcurre por encima del cauce. La perra va y viene. Nos mira. No nos comprende ¿Por qué interrumpimos el paseo?
Las vemos pasar varias veces por aquel brazo de río sin corriente. Hasta que dejan de verse peces y nutrias. Permanecemos atentos. Se escucha un chapoteo sordo y el sonido de la fronda al ser agitada. Parece que han salido del agua. Miramos hacia la isla puestos en pie. La densa e intrincada vegetación de ribera nos impide ver lo que está pasando en la isla. Sólo los sonidos nos indican lo que sucede. Unos alegres gritos entre guturales y gruñidos nos revelan que pueden tener cachorros. Luego el inequívoco ruido que produce la carne cruda al ser masticada nos cuenta que el éxito en la pesca está siendo compartido con la familia, formada, seguramente, por la hembra adulta, alguna de sus hijas jóvenes y la camada de cachorros que serán ya casi tan grandes como los adultos. Los ruidos del banquete cesan. Esperamos un rato a ver qué pasa. No vuelven a pescar, deben haber tenido bastante. De todas formas los barbos han desaparecido.
Decidimos dar la vuelta. Silbo a blanquita para que nos adelante. Regresamos a la pradera del pozo. La ribera se abre y nos deja ver más cielo. Cerca del camino de subida reconocemos la silueta de un halcón. Vuela al acecho intentando detectar alguna presa. Cuando pasamos por un grupo de majuelos y escaramujos levantamos a un pito real, seguramente no haya visto a la rapaz porque, en lugar de refugiarse en la ribera, vuela ladera arriba. El halcón le detecta. Encoge las alas y hace un picado espectacular, en línea recta hacia donde se dirige el pito. Justo en el último instante el pájaro carpintero da un quiebro y logra escapar de las garras del halcón refugiándose en un cerrado grupo de enebros.
Llegamos al coche aparcado en la llanura cerealista junto a la ermita, contentos. Apenas dos horas de relajado paseo pero que han dado mucho de sí. Con los cinco sentidos, una vez más, hemos observado algo cotidiano en la naturaleza pero que pasa desapercibido para la mayoría de la gente. Ya he contado en otras ocasiones que son muchos los que me dicen que no les gusta nuestra tierra tan monótona y aburrida. Bueno, hay gustos para todo. Ellos se lo pierden.
Arévalo, a 24 de julio de 2014.

Luis José Martín García-Sancho

Publicado en número 63 de La Llanura de Arévalo, en agosto de 2014.


lunes, 15 de junio de 2015

A LA CUMBRE DE LA SERROTA.

El 14 de junio de 2014 subimos a La cumbre del montañón de La Serrota (2292m.) desde el barrio alto de Pradosegar, por la garganta de los Tejos.

- Carlos Tomás Rodriguez, como insuperable Guía.
- Julia, desde Ávila
- Y una perra que se unió a la marcha (respondía a Linda)
- Juan Carlos López Pascual, desde Arévalo.
- Chele desde Ávila.
- Chele y Carlos Saínz desde Arévalo.
- Y el que les cuenta la historia.
Comenzamos la subida a las 8:30 por la garganta de los Tejos. En el cielo claros y nubes.
Carlos Tomás nos dijo que había un 85% de posibilidades de que lloviera pero que sería a partir de las 2:00 pm. Bien, sin problema, ya estaríamos casi abajo a esa hora. La temperatura era agradable, algo fresca para el mes de junio pero se agradecía al ascender.
La vegetación aqui abajo, robles, temblones, escobas... 1290m

El paseo por esta primera pista agradable y sin apenas pendiente.
En la Foto Chele, Carlos Tomás y Julia.

Algunas ruinas de molinos hidraúlicos en la parte baja de la garganta de los Tejos.
Comienza la ascensión en serio. Todavía con sol.

Pero pronto el sol comienza a cubrirse.

Aunque abajo, en el valle de Amblés el día seguía soleado.

Hacia arriba las nubes acarician las cumbres.

Pequeño chozo en un abrigo rocoso.

Cruzamos el arroyo de los Tejos.
En uno de los trampales: Planta carnívora del género Drosera. La gotitas que tienen en los filamentos no son de lluvia es una especie de almíbar que atrae a los insectos, que se quedan pegados y las planta los digiere lentamente.

Las imponentes vacas de raza avileña negra ibérica nos miran extrañadas.

Otro rebaño continúa su ascenso a la cima.

Ya hemos dejado muy abajo el chozo sobre la garganta de los Tejos

 Acometemos el útimo tramo hasta la cima, atrás van  quedando los piornos, la garganta, el valle de Amblés.

Según nuestro guía, ya estamos a cinco hitos de cumbre.
Las nubes se encajonan y comienza a granizar. Son las doce menos cinco, parece que las previsiones de lluvia se adelantan. Aunque ya se sabe que en la alta montaña el tiempo cambia cuando quiere y no cuando a nosotros nos gustaría.

Con mal tiempo y sin visibilidad hacemos cumbre.
En la cumbre de La Serrota: Carlos, Chele, Julia, Carlos Tomás, Luis José, Juan Carlos y, posando en primer plano Linda.

El mal tiempo no deja disfrutar de la cumbre ni de sus vistas. Nos hemos perdido, entre otros espectáculos de la naturaleza, las cumbres de Gredos.
En el Chozo sobre el arroyo de los tejos la lluvia nos da una pausa.

Pero enseguida vuelve a llover.
 A pesar del mal tiempo el paisaje es espectacular, un rincón privilegiado de nuestra geografía.
Donde la flora, como estas orquídeas, y la fauna, entre la que vimos al pechiazul, son un disfrute para la vista el oído y el olfato, un regalo de la naturaleza.
A pesar del mal tiempo conseguimos alcanzar la cumbre, aunque lo cierto es que en sitios como este es donde realmente te das cuenta de lo insignificante que es el ser humano en la naturaleza en general y en la montaña en particular. 
Desde la Alhóndiga de Arévalo, Asociación de Cultura y Patrimonio, agradecemos a todos los asistentes su presencia y, de manera especial, a Carlos Tomás Rodríguez.
Una experiencia digna de recordar y difícil de olvidar.

Arévalo a 14 de junio de 2015
Texto y fotos Luis J. Martín.

Ascenso a La Serrora. Fotos de  Carlos Tomás rodríguez
De izquierda a derecha: Chele, Julia, Carlos, Carlos Tomás, Juan Carlos y Luis José.