martes, 1 de abril de 2025

SOY ROJO

 

Los leones del Congreso de los Diputados simbolizan la defensa del principal órgano de representación del pueblo español.

SOY ROJO

En una ocasión, un admirado y querido maestro me presentó como: “una persona de izquierdas, de las que hacen mucha falta en los tiempos que corren”. Yo me sentí halagado y le doy las gracias por ello. Aunque no cite su nombre, él sabe a quien me refiero y con eso nos basta a ambos.

Si usted es facha, amigo lector, seguramente no pase de aquí, pero este artículo no está destinado a los extremadamente reaccionarios, sino a los indecisos, a los que no saben muy bien qué son: ¿izquierdas, derechas, centro…?

Es muy cierto que soy de izquierdas, progresista, rojo. Pero, ¿qué es ser de izquierdas?

Está claro que no es ser zurdo, porque yo soy diestro, es decir, utilizo la mano derecha para cualquier actividad que requiera algo de destreza, palabra que, por cierto, proviene del vocablo “diestro”. Se podría decir, entonces, que soy diestro de mano y zurdo de ideas o ideales.

Algunos me han criticado por este motivo, siempre desde el cariño o al menos eso quiero pensar, pues mis padres eran de derechas y defendían o creían de forma diferente. Pero, permítanme decirles, que eso queda entre mis padres y yo. Aunque, llegados a este punto, está bien apuntar que soy ateo y rojo y ellos eran creyentes y de derechas. Pero esta manera diferente de pensar o de creer, nunca fue un inconveniente en nuestra relación diaria, siempre cálida, muy cercana y cariñosa.

Recuerdo que, en una ocasión, cuando estaba a punto de aprobarse la ley del matrimonio homosexual, mi padre, perteneciente al Movimiento Familiar Cristiano, me pidió que firmara en contra de la ley. Yo me negué, diciendo que estaba a favor, que era una ley necesaria, liberadora para una parte de nuestra sociedad, porque los homosexuales, fueran hombres o mujeres, tenían derecho a regularizar su situación de convivencia como cualquier pareja heterosexual. Le comenté que me parecía injusto que una pareja homosexual que llevaba años de convivencia, por ejemplo, no pudiera disponer de días libres en el trabajo para cuidar el uno del otro en caso de enfermedad o que, después de toda una vida en común, no pudieran heredar. Recuerdo que mi padre no se enfadó, seguramente, ya sabría que no firmaría, simplemente dijo que, yo que era escritor, debería saber que matrimonio sólo es la unión entre un hombre y una mujer. A lo que le contesté que él sabía perfectamente que la recogida de firmas no era por una cuestión léxica sino política y religiosa. Él sí firmó, yo no firmé. Nuestra relación no se alteró ni un milímetro.

Pero entonces, ¿en qué consiste ser rojo? Para mí, sin ser erudito o estudioso de los grandes pensadores, humildemente, afirmo que ser de izquierdas consiste en defender los siguientes conceptos:

- La Democracia, como método de gobierno representativo del pueblo y para el pueblo. Aunque, como veremos más adelante, hay gobiernos que, aunque se declaren socialistas, son férreas dictaduras.


- Reparto equitativo de la riqueza, a través de un sistema justo de impuestos, en el que los más ricos nunca paguen menos por serlo, sino que lo hagan según sus beneficios.

- Siempre debe primar lo público sobre lo privado, en especial en:

Educación, a través de centros públicos, laicos y gratuitos sin exclusión de clases o creencias. 

Sanidad, pública, gratuita y universal, a través de ambulatorios, hospitales o centros de investigación que traten y atiendan por igual a cualquier persona enferma, sea rica o pobre.

Vivienda, todos debemos tener acceso a una vivienda digna, a un precio acorde con el salario de cada cual, y que no esté sujeta a la especulación del mercado inmobiliario. Es decir, una vivienda accesible a todos, con la intervención del Estado, ofreciendo vivienda pública o social, en caso de que fuera necesario, y hoy en día lo es.

Transporte, con un sistema de redes de transporte públicas, sostenidas por el Estado a través de los impuestos.

- Trabajo, como pilar fundamental de la economía, con un salario digno y que concilie con la vida familiar y el derecho a disfrutar de ocio.

- Medio ambiente: con normas respetuosas con nuestro entorno, que favorezcan la biodiversidad, y que cuiden de la calidad del aire, el agua y el suelo. Con espacios públicos que sirvan para el disfrute de todos. 

- Laicismo: El estado no debe profesar confesión religiosa alguna, ni favorecer a ninguna doctrina, aunque, eso sí, garantice la libertad de conciencia y la práctica de cualquier creencia, siempre con el debido respeto a la moralidad o convivencia.

Estos son los pilares de un Estado progresista: Democracia, reparto equitativo de la riqueza a través de impuestos, servicio público regulado por el estado en educación, sanidad, transporte y vivienda, trabajo digno, medio ambiente diverso y saludable e independencia respecto a cualquier organización o confesión religiosa.

¿Es lo mismo ser socialista que ser rojo?, debería serlo, pero hay muchos políticos o gobernantes socialistas que están muy lejos de ser rojos, es decir, progresistas, demócratas…

También hay muchos socialistas que anularían la propiedad privada. Yo me considero rojo, pero sí creo en la propiedad privada, siempre que no sea privativa de derechos sociales. Por ejemplo, una propiedad privada no puede prevalecer nunca sobre las garantías democráticas de representación ciudadana, sobre la sanidad, la educación o la vivienda públicas, ni puede perjudicar a los derechos fundamentales de los trabajadores.

¿El capitalismo es un modelo social contrario al socialismo?, el capitalismo salvaje sí lo es, eso que últimamente se ha dado en llamar con el eufemismo de “neoliberalismo económico” y que ha encumbrado o empoderado a figuras nada recomendables para los derechos sociales conseguidos a lo largo de muchas décadas de historia y de lucha obrera. Me refiero a políticos de la talla de Trump, Milei, Meloni, que se han convertido en presidentes de sus respectivos países y que son responsables de la reducción, o incluso la desaparición, de algunos derechos humanos básicos. Destructores de lo público, llevando a cabo recortes en libertades y derechos adquiridos, aunque curiosamente, jamás recortan sobre los beneficios de sus amigos o sobre los propios. Una fiebre de privatizar todo, porque consideran lo público un cáncer para el estado, que acaba con los intereses del “capitalismo neoliberal”: enriquecerse por encima de cualquier otra consideración. Cuando está claro que no puede existir un crecimiento económico ilimitado, ni se pueden esquilmar los recursos naturales de forma incontrolada, hay que poner límites, porque si no el pez grande siempre se comerá al chico, lo que supone la dominación, conquista o colonización de un país rico sobre uno pobre, emergente o condicionado por conflictos bélicos, a veces, inducidos por países poderosos.

Pero los “neoliberales”, ¿cómo consiguen hacer creer a sus votantes que lo público va en contra de sus intereses?, fácil para ellos, a base de bulos, de mentiras ideadas para derrotar a sus contrincantes socialistas (demonios comunistas), noticias falsas que los medios de comunicación y redes sociales no comprueban y repiten hasta la saciedad, de tal manera que una mentira repetida o compartida miles de veces se convierte en verdad.  Eso hace que figuras que pueden parecer enfermas o sociópatas, como Milei y su motosierra de recortes sociales, afirmando que quien quiera sanidad o educación que pague por ella, o como Trump, culpable de varios delitos, decidido a hacer negocios antes que política y a mejorar sus intereses particulares antes de velar por el bienestar de la gran mayoría de ciudadanos, sean encumbrados, legítimamente, a lo más alto de la política, nada menos que a presidentes del gobierno de sus respectivos países. Pero viendo cómo actúan estos personajes y oyendo las declaraciones que hacen, ¿alguien puede pensar que están bien de la cabeza? A pesar de ello la gente les vota masivamente. A base de bulos convierten el socialismo en comunismo de república bananera, y éste lo asocian al terrorismo. Pero, ¿quién es terrorista?

Países como Estados Unidos de América, han ido imponiendo su modo de vida, sus costumbres, su modelo de economía a base de publicidad, de introducirse en medios de comunicación a nivel mundial: comida rápida o comida basura frente a comida sana o dieta mediterránea, grandes superficies comerciales frente a comercio de barrio, Santa Claus frente a Papá Noel, Coca Cola, Black Friday, Halloween… son sólo algunos ejemplos de cómo la cultura y la economía de EE.UU. se introducen cada vez más en nuestros hogares, a costa de vender su modelo capitalista salvaje de consumo como el mejor, a base de publicidad, especulación, protección extrema a la propiedad privada y a los beneficios empresariales por encima de todo.

Ante esto, la mayoría de la gente podrá pensar que cada cual elige libremente lo que consume y cómo o por qué lo hace. Sin pensar en que la publicidad, en cierta forma, es una manera de manipular, de imponer una cultura, una forma de vida que no es, o no era, precisamente la nuestra y que aparece en todas partes sin descanso, hasta la saciedad: películas, series, programas y anuncios de televisión; plataformas digitales, revistas, periódicos, informativos y, últimamente, de forma especial, en redes sociales. Y esto lo hacen desde hace mucho tiempo, muy bien y sin ningún pudor.

Sólo un ejemplo de lo dicho anteriormente y que quizás muchos de ustedes ya conozcan: La marca de bebidas estadounidense “Coca Cola” convirtió a la figura de Papá Noel, con traje verde y de procedencia europea, en Santa Claus, vestido de rojo con ribetes blancos, al estilo de las etiquetas de las botellas de esta popular bebida. Esta campaña publicitaria, repetida hasta la saciedad, visualizada en miles de películas y medios de comunicación, ha convertido al Santa Claus, ideado por la marca Coca Cola, en la figura de Papa Noel y de la navidad más reconocido a nivel mundial.

Pero, muchas veces, al modelo capitalista norteamericano no le hace falta ser tan sutil. Para imponer su ideario o si ve amenazados sus intereses, siempre económicos, puede llegar incluso a ejercer o facilitar la violencia, a veces de forma directa: invadiendo un país, que lo ha hecho en varias ocasiones; otras de forma indirecta, a base de injerencias sobre determinados gobiernos progresistas o socialistas, a los que ellos siempre se encargarán de que el resto del mundo les vea como comunistas o terroristas. En estos casos no les da ningún reparo provocar una guerra civil, favorecer un golpe de estado o un alzamiento militar contra un gobierno democrática y legítimamente constituido: Nicaragua, Chile, Argentina, Bolivia, Uruguay, son algunos ejemplos de lo dicho. Y, además no les tiembla la voz al reconocer que la persona elegida para proteger sus intereses (económicos) es deleznable: “Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, lamentable frase pronunciada por el secretario de Estado Norteamericano Henry Kissinger para referirse al dictador nicaragüense Somoza, y que tampoco les tembló el pulso cuando auparon al poder al dictador Pinochet en Chile, derrocando al socialista Salvador Allende, que había sido elegido democráticamente por el pueblo chileno.

Pero, lo que son las cosas, el poder mediático y manipulador que ejerce muy bien Estados Unidos sobre la historia es tal que, luchadores por las libertades sociales como Ernesto Guevara, más conocido como el Che, han sido convertidos en asesinos y terroristas, cuando, en realidad, su muerte se produjo luchando por la libertad del pueblo boliviano en 1967, cuando organizaba y entrenaba guerrillas para derrocar al gobierno títere de René Barrientos, impuesto o facilitado por EE.UU. Ahora los que defienden al Che como una figura esencial para la recuperación de libertades latinoamericanas, son tildados de mentirosos o ciegos románticos, en el mejor de los casos, cuando no son tachados directamente de terroristas. Ese ha sido y sigue siendo el poder manipulador de EE.UU.: ya saben, encumbran a su dictador “hijo de puta” al poder y destituyen, eliminan o asesinan a quien ha sido elegido por su pueblo, pero que va en contra de sus oscuros intereses económicos o comerciales. Este es el capitalismo que siempre han defendido los grandes y el que siguen defendiendo los partidarios del “neoliberalismo económico”.

Entonces, ¿Lo contario al capitalismo salvaje es el socialismo o el comunismo?  Debería serlo, pero lo cierto es que hoy en día no lo es. Quizás el fallo de muchos regímenes comunistas sea ir en contra de la propiedad privada y, de manera especial, la falta de libertades o derechos básicos de sus ciudadanos de a pie. En muchos países comunistas o excomunistas se ha producido, de forma descarada, el ataque a la democracia hasta su completa destrucción, sustituyéndola por una oligarquía que ilegaliza a sus opositores políticos, convirtiendo los procesos electorales, cuando los hay, en un circo de autobombo. La Rusia de Putin, la Cuba de Castro o la Venezuela de Maduro son sólo algunos ejemplos de ello.

Por ejemplo, el caso de China es curioso. Tras su revolución se implantó un régimen que eliminó todas las libertades de sus ciudadanos, convirtiéndose en una férrea dictadura “comunista”. Pero ahora, con el paso de los años, se ha convertido en una férrea dictadura “comunista-capitalista”, puede parecer una contradicción, pero en la actualidad China es uno de los máximos representantes del capitalismo salvaje, ese que prima el beneficio por encima de todo: contaminación, explotación a países emergentes, o negación del cambio climático incluidos. Hasta el punto de que el señor Trump, envidia y teme el poderío capitalista chino: sus injerencias a países pobres, comprando, explotando y esquilmando sus recursos, sus materias primas en beneficio propio, contaminando, destruyendo, contribuyendo al calentamiento global. Piensan y actúan de la misma forma que la extrema derecha de los países desarrollados y ricos, lo que se ha dado en llamar occidente, que no cree en el cambio climático, China tampoco. Ideologías capitalistas y “comunistas” de la mano.

En la Unión Soviética de Stalin pasó lo mismo convirtiendo los sueños revolucionarios y de libertad de Lenin en una dictadura “socialista” terriblemente represora hacia su propio pueblo. “Rebelión en la granja” de George Orwell, es una fiel distopía de lo sucedido en la revolución rusa tras el ascenso al poder de Stalin. Al escritor británico ya le costó encontrar editorial que quisiera publicar su libro; pero es que todavía hoy tiene sus detractores, oposición que he sentido personalmente tras la publicación de una crónica literaria sobre esta controvertida obra, pues alguno me acusó de no entender la revolución rusa, el comunismo y su lucha desigual contra el capitalismo encabezado por Estados Unidos y respaldado por sus esbirros europeos que le ríen las gracias. A lo que yo contesté que jamás podré respaldar o blanquear un régimen político que elimine los derechos básicos de sus ciudadanos y reprima o elimine a sus detractores, por muy enfrentado que esté al capitalismo salvaje que tanto critico. Una cosa no quita a la otra, en absoluto, ciertamente ambas se convierten en lo mismo, prostituyendo la Democracia.

Llegados a este punto, el comunismo cubano de la familia Castro se ha convertido en una gran desilusión para muchos de los que creyeron en la libertad e independencia de un pueblo ante el capitalismo norteamericano. El cantante chileno, Víctor Jara, fue uno de los que mejor retrató la lucha contra las injerencias de EE.UU. en países socialistas, especialmente con esta canción: “Si quieres beber ron, pero sin coca cola, a Cuba, a Cuba a Cuba iré”. Quizás de no haber sido brutalmente torturado y asesinado por el dictador Augusto Pinochet en 1973, hubiera comprobado con dolor que la revolución cubana pasaba de una democracia popular a una oligarquía de la familia Castro, férrea dictadura, eso sí, muy castigada y asfixiada por el sólido bloqueo económico sostenido a lo largo de 60 años por los EE.UU.; que se jacta de que el comunismo está acabando con Cuba, cuando, en realidad, quien ahoga a este pequeño país es el gigante americano. En fin, ya saben: “entre los dos la mataron y ella sola se murió”.

Sobre esto de oligarquías disfrazadas de democracias, les voy a contar una curiosidad, pues, mientras escribía las líneas anteriores, no me acordaba del término “oligarquía” y, con esto de internet, puse en el buscador: “modo de gobierno en el que asume el poder una familia”, y hete ahí que el primer resultado que apareció fue “monarquía hereditaria”, buscaba oligarquía y me salió monarquía hereditaria, sí, como la nuestra, ¿cosas de la inteligencia artificial?, no sé, no sé.

Putin, un presidente elegido democráticamente, heredero del anterior régimen soviético, también ha convertido Rusia en una autocracia, eliminando a todos los rivales políticos que pudieran hacerle sombra, prostituyendo la democracia a su antojo para lograr sus propios intereses, de tal forma que su voluntad es ley suprema, por encima de cualquier otra consideración. Que un partido puede hacerle sombra, se ilegaliza o encarcela a sus principales representantes por alta traición; ala, a Siberia como en los mejores años del camarada Stalin. Que quiere dominar el mar negro, pero no tiene salida porque entre medias está Ucrania, pues se conquista y a tomar por culo. Da igual el número de muertos que se produzcan entre sus filas o en las del país invadido. Gente muy peligrosa, sin ningún tipo de escrúpulo ni ética para conseguir sus objetivos: el gigante ruso devorando a la humilde Ucrania.

Pero hace poco ha entrado en escena un tercer actor: Donald Trump, presidente electo del país capitalista por excelencia, otro gigante que compite con Rusia por la hegemonía mundial. Y ¿lo ha hecho para ayudar a la parte débil, para salvarla de las garras de la poderosa Rusia?, que va, se ha puesto de parte de Rusia y entre las dos superpotencias han negociado una tregua con la intención de humillar a Ucrania, de forma especial a su presidente Volodímir Zelensky. La reunión que mantuvieron Trump y Zelensky en la Casa Blanca, ha sido una enorme falta de respeto hacia el mandatario ucraniano, una humillación preparada y ejecutada sin ninguna diplomacia, en la que el presidente norteamericano en lugar de intentar negociar la paz, imponía a su invitado un negocio sólo beneficioso para EE.UU. y los amigos de Trump: tendría que pagarle las armas que le había dado el anterior presidente americano, cediendo la explotación de recursos naturales ucranianos a empresas norteamericanas. Vamos al más puro estilo de país colonizador decimonónico.

Pero ahí no acaban las andanzas del presidente estadounidense, fiel representante del capitalismo salvaje, mal llamado neoliberalismo, que como ya se ha visto en el párrafo anterior hace negocios en vez de negociar convirtiendo la diplomacia en un simple mercado, ya que su peregrina idea de paz para Gaza, después del holocausto al que Israel ha sometido al pueblo palestino, es reconstruir la Gaza destruida convirtiéndola en un resort turístico de lujo, para que puedan veranear en esa tierra castigada, ricos occidentales con posibles, o sea, gente adinerada y guapa. Pero, lo peor de todo es que no le ha temblado la voz al proponer esa paz para Gaza. A Trump le importan una mierda los 65.000 palestinos asesinados por el pueblo israelí con armamento comprado en EE.UU. Esa es la catadura moral, la humanidad y la sensibilidad de este indeseable personaje, votado mayoritariamente por los estadounidenses. Pero lo peor es que muchos españoles y europeos le dan la razón y aplauden sus peligrosas ideas.

Ser rojo, es oponerse a los ideales de este tipo de personas, llámense Trump, Putin, Milei, Castro, Meloni o Xi Jinping. Pero también es votar, a veces, en contra de tus intereses personales, pero a favor de tus principios. Como empresario, quizás me hubiese gustado pagar menos impuestos en épocas de crisis, pero jamás voté a quien planteaba la rebaja de impuestos, porque considero que el sistema tributario es uno de los medios con los que cuenta el Estado para el reparto equitativo de la riqueza, para ofrecer a cualquier ciudadano español una serie de servicios públicos, indispensables para mantener el Estado del Bienestar, que otros, los más ricos, pretenden cargarse, por la sencilla razón de que ellos ya tienen su bienestar asegurado.

En este sentido, Milei, actual presidente de Argentina, llegó a asegurar que “el mejor sistema de salud posible es un sistema de salud privado, donde cada argentino pague sus servicios”. Pues bien, Milei ha sido reconocido por el gobierno de Isabel Díaz Ayuso con la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid, una alta condecoración honorífica que se otorga a personas relevantes o ejemplares, como gesto de cortesía, reconocimiento y respeto de los ciudadanos madrileños a los representantes de otros países y a los máximos dignatarios de organismos internacionales y de la Unión Europea, con la intención de proyectar la relevancia de la Comunidad de Madrid en el exterior. Entonces, me pregunto en qué lugar queda el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso al conceder esta condecoración al presidente de un gobierno que quiere privatizar la sanidad y la educación y que afirma que “el estado es el enemigo. El estado es una organización criminal violenta que se financia con una fuente coactiva de ingresos, llamada impuestos. Sí, el Estado es el enemigo”. Imaginamos que esta condecoración quiere decir que el Gobierno de Madrid, con Isabel Díaz Ayuso a la cabeza, aprueba el desmantelamiento de la sanidad y la educación públicas, y que está dispuesta a bajar o perdonar los impuestos a los más ricos a aquellos que más tienen, una minoría muy pequeña y muy selecta de madrileños, sin temblarla el pulso, si para ello tiene que perjudicar a la clase trabajadora, es decir a la inmensa mayoría de la población madrileña, esos que la han votado mayoritariamente. En fin, la democracia tiene a veces estas contradicciones.

En este sentido, el dueto Trump – Musk es otro buen ejemplo de las pretensiones de la extrema derecha más radical, lo que se ha dado en llamar con múltiples eufemismos como, neoliberalismo, capitalismo neoliberal, liberalismo libertario, neoliberalismo económico… cuando, simple y llanamente, es el capitalismo salvaje de toda la vida, que protege o alivia a las grandes fortunas del reparto equitativo de la riqueza y de la solidaridad social, minimizando al máximo sus impuestos. Desde que el multimillonario Musk ha entrado en el juego de poder del gobierno norteamericano, ha empezado a cargarse desde dentro lo poco de estado de bienestar conseguido por mandatarios anteriores más progresistas. Despidiendo a miles de funcionarios públicos y recortando en todo lo que no genere un claro beneficio económico, que no social. Lo que podría hacer desaparecer a varias líneas o proyectos de investigación sobre determinadas enfermedades, en lo que EE.UU. es un referente internacional, así como ayudas a países pobres, porque para ellos la solidaridad no tiene sentido si no se obtiene algo a cambio. Es decir, tratando al Estado como si de una empresa privada se tratara. Lo curioso es que estos recortes revierten o favorecen a los de siempre: a empresas privadas multimillonarias, entre las que se encuentran las de armamento, porque, para algunos empresarios norteamericanos, el negocio de la guerra es muy rentable, aunque acarree el holocausto del pueblo palestino, por ejemplo.

Como hemos visto en párrafos anteriores el capitalismo salvaje se impone igualmente en gobiernos de derechas que de izquierdas. Pero en el medio rural también actúa, amparado o amplificado, en este caso, por la lacra secular del caciquismo. Independientemente de que los gobiernos sean progresistas o reaccionarios, de izquierdas o de derechas, en nuestros campos se imponen políticas de implantación de todo tipo de macroplantas, sean ganaderas, industriales o energéticas, en evidente y desigual competencia con explotaciones más pequeñas o familiares. Un claro ejemplo de ello son las macrogranjas porcinas, cuyo principal comprador es China, gigante asiático que acapara una buena parte del producto, influyendo o condicionando los precios del llamado “libre mercado”; libertad mercantil muy alejada de la realidad y que, además convierten la España rural en una auténtica cloaca. Este problema se agrava peligrosamente porque, últimamente, están apareciendo por todas partes macroplantas productoras de gas metano, llamado de forma engañosa “biometano” o “biogás” (ya que el prefijo “bio” significa biológico y respetuoso con el medio ambiente), son otro modelo, en este caso industrial asociado al medio rural, muy peligroso y nada respetuoso con el medio ambiente, impulsado desde el “neoliberalismo”, es decir, desde el capitalismo salvaje de toda la vida, amparado por gobiernos regionales o ayuntamientos de cualquier color político.

Estas macroplantas productoras de gas a partir de residuos orgánicos muy peligrosos, convierten al deshabitado y olvidado medio rural en un gigantesco vertedero, en una cloaca inmunda, solo beneficiosa para los empresarios productores de gas, grandes fortunas que pretenden enriquecerse aún más, a costa del bienestar y la calidad de vida de nuestros pueblos, que se vacían más de lo que ya lo están, ¿quién va a querer a vivir aquí cuando huela a muerto?

Pues bien, lo dicho, soy rojo, le pese a quien le pese, y a pesar de ser empresario, ya jubilado. Lo que me ha llevado a votar en muchas ocasiones en contra de mis propios intereses, porque entiendo que, aunque a mí me vaya un poco peor, la opción a la que voto favorece a la inmensa mayoría de los ciudadanos, a la clase trabajadora. Esto quizás sea difícil de entender para algunos. Pero lo que para mí es completamente incomprensible es que una gran mayoría de ciudadanos trabajadores voten en contra de sus propios intereses, es decir voten a aquella opción política que no quiere subir el salario mínimo interprofesional, voten a quien quiere privatizar o eliminar lo público y gratuito, a aquellos que favorecen a una minoría muy minoritaria pero inmensamente rica, perdonándoles impuestos o deudas con la Hacienda Pública, que es la encargada de repartir la riqueza de forma equitativa.

Aunque los respeto, jamás entenderé a los trabajadores que votan mayoritariamente a un gobierno o una opción política que condecora a los que van en contra del estado democrático y presumen de recortes que harán la vida más difícil a la clase trabajadora, a los de siempre, para favorecer también a los de siempre, a las grandes fortunas y sus inmensos beneficios económicos. Jamás entenderé al capitalismo salvaje o “liberalismo libertario” ni a quien lo ejerce contra los débiles. Pero entiendo menos aún a los que los votan a sabiendas de que les van a joder.

Pero parece que ser rojo hoy no se lleva, que estamos retrocediendo en derechos y libertades, mientras avanzan los conservadores, los reaccionarios, los neoliberales. Parece que lo que hoy se lleva es la mentira, el todo vale, el negacionismo absurdo y suicida, contrario a la ciencia y al progreso. Parece que lo que hoy se impone es ser facha, no sólo serlo, sino también demostrarlo. Lo que se lleva ahora es contaminar, destruir, matar, extinguir seres que no nos han hecho nada y que son tan hijos de natura como nosotros.

Sí, parece que esto es lo que hoy se lleva, pero siempre he estado alejado de modas pasajeras. Por eso seguiré votando a candidaturas progresistas, de izquierdas, porque creo en la justicia social, en los impuestos, en el estado del bienestar, en el bien común que, por definición, es lo más parecido que encuentro al comunismo.

Y aunque crea en la inexistencia de dios, eso no significa que no crea en nada. Al contrario, creo en natura como la madre que nos da la vida y a quien debemos respeto, para que siga dando vida, no sólo a nosotros, sino a todos los seres vivos del planeta, porque nosotros sin natura no somos nada, morimos, pero natura sin nosotros seguirá siendo la misma madre de todos sus hijos.

Creo en la libertad y en la democracia, y tanto una como otra se consiguen sin ser siervo de nadie, sino parte de un mecanismo en el que todos somos iguales e imprescindibles.

Por todo lo dicho anteriormente, sé que no caigo bien ni a los fachas ni a los progres. Pero, le pese a quien le pese, soy rojo.

En Arévalo, treinta y uno de marzo de 2025.

Luis José Martín García-Sancho.

Clara Campoamor y libertad.

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