domingo, 20 de mayo de 2018

UN CUENTO DIFERENTE.






UN CUENTO DIFERENTE ®


Luis José Martín García-Sancho.


- Día veintitrés.
Mete dos dedos por la tela metálica del gallinero.
- Por aquí es por donde se ha metido la bicha –piensa mientras mira a las cinco gallinas muertas-. Solo me ha dejado a la pinta con vida la cabrona, ¿cómo será capaz de meterse por aquí la puta comadreja si apenas me caben dos dedos juntos?
Se dispone a ir a por un alambre para tapar el agujero, pero luego piensa que no merece la pena, la pinta ya no pone huevos, solo vale para caldo y está hasta los cojones de caldo de gallina.
Mira hacia el corral mientras resopla. El vaho apenas asciende un poco y desaparece. El establo con sus pesebres, las pocilgas con sus cochiqueras de cría, el pajar con su bocín tapiado de adobes y con sus trojes, el zaguán con su puerta carretera, todo vacío, ni un tractor, ni un carro, ni una paja, ni un grano, ni un cerdo, ni un cordero, ni un conejo, ni un choto, nada, si no fuera por la gallina pinta y el montón de leña apilada en el cobertizo junto a la puerta de la cocina, aquel hogar parecería desierto, como casi todos los del pueblo. Aunque, al menos este aún sigue en píe.
- Pica, pica todo lo que quieras Pinta –dice mirando a la gallina-, ya te has quedado tan sola como yo.
Ahora mira hacia el cielo, tres milanos reales y un montón de grajos sobrevuelan el corral describiendo círculos.
- Parece que huelen la muerte –musita mientras abre la puerta del gallinero-.
Recoge las cinco gallinas muertas, tan solo una está parcialmente devorada. Las deja en medio del corral mientras los milanos hacen picados emitiendo un silbido lastimero y los grajos se posan en las tapias traseras con alborotados graznidos. Coge tres trozos de leña de encina y se mete en casa por la cocina.
La tele es como un runrún al que no hace caso, solo es ruido para sentirse acompañado. Desde que murió la Marcela este verano, la soledad es el plato principal de la casa. Abre la puerta de la cocina económica, deposita uno de los trozos de encina y lo empuja con el atizador mientras las brasas, aún vivas, empiezan a crepitar nuevamente. Abre un poco el tiro, apenas un centímetro, y se sienta a la camilla frente a la ventana, de espaldas al televisor. Levanta las faldillas para mirar el braseo eléctrico, bien, está en punto muerto. Dirige la vista nuevamente al corral, siete grajos están ya posados en el suelo junto a las gallinas muertas, otros dos se acercan a saltos. Uno comienza a picar en los ojos y en el pico de una de ellas, otro empieza a hacer lo mismo por la cloaca.
Uno de los milanos reales aparece en la escena y, haciendo un veloz picado, se abalanza sobre los córvidos con las garras por delante. La algarabía de graznidos y gritos llega a tapar el sonido de la tele. Los grajos no quieren dejar el banquete y las rapaces intentan llevárselo sin conseguirlo. Logra ver posados en el corral hasta cinco milanos con las alas entreabiertas y las plumas de la cabeza encrespadas amenazando a las negras cornejas y hundiendo sus picos y garras frenéticamente en los cadáveres.
Alcanza a ver la melena plateada de los milanos adultos y hasta sus ojos claros. Tres grajillas y cuatro urracas intentan llevarse parte del festín, pero solo llegan a coger algunos pedazos que se quedan sueltos durante las escaramuzas. Hasta un par de ratas se han acercado a ver si pueden pillar algo, enfrentándose incluso a un grajo que las planta cara.

"Los milanos hacen picados emitiendo un silbido lastimero.".
Milano real (David Pascual Carpizo)

Poco a poco las gallinas van desapareciendo, una hora más tarde solo quedan algunas patas y unas cuantas plumas que revolotean por el corral cuando sopla el viento. La Pinta picotea tranquila entre las manchas de sangre de las que fueron sus hermanas.
- ¿Qué se le pasará por la cabeza? –se pregunta el anciano-, ¿echará de menos a sus hermanas, o ni siquiera se acuerda ya de ellas?
En ese momento, sin saber por qué, recuerda a su hermano Antonio. Siendo niño le internaron en el Diocesano. Luego continuó sus estudios en Salamanca y al final acabó de abogado en un despacho importante de Madrid. Se puede decir que tuvo una carrera brillante. En cambio, él se quedó en el pueblo ayudando a su padre. En ese momento recuerda como un día se lo recriminó su hermano Antonio después de haber tomado unas cuantas copas de sol y sombra.
- Dentro de poco en los pueblos solo van a quedar los más tontos –le decía Antonio agarrándole por el cogote con una mueca de sonrisa-, los que no tienen nada mejor que hacer, los que no sirven para otra cosa.
Él no le respondió, sabía que si no estuviera borracho no le diría esas cosas, pero a su hermana Titas, que aún vivía con sus padres, no le gustaron nada esas palabras.
- Pero tú quién te crees que eres para hablar así a tu hermano, eres un estirado, un prepotente y un gilipollas por decir esas cosas –le recriminó Titas quitándole la copa de la mano-. Si algún día pasa una catástrofe y las ciudades se quedan incomunicadas, sin suministros, te vas a acordar de lo que acabas de decir. Tú, el listillo, no sabrás cómo conseguir tu propia comida y vendrás corriendo al pueblo suplicando a tu hermano que alimente a toda tu familia. Pero, ¿cómo se puede ser tan imbécil?, ¿te estás escuchando, Antonio, te estás escuchando? Quiero que ahora mismo le pidas perdón.
- Es verdad, tienes razón Titas. Perdona hermano –poniendo un gesto compungido-, los dos sois los más listos de todo el pueblo… y parte del extranjero.
Antonio arrebató la copa a su hermana y salió de la cocina, de esa misma cocina, riendo a carcajadas.
Con esos recuerdos anda cuando Carmina, la hija de Sonsoles, la Melliza, llama a su puerta. Ha quedado con ella para ir a hacer la compra a Arévalo. Hace ya un par de años que no se atreve a coger el coche, de hecho, hace unos meses que se lo ha vendido a Juan Carlos, el hermano de Carmina, se había cansado de verlo en el zaguán muerto de risa.  
Allí ya no queda ni una tienda ni un bar abiertos, desde que se jubiló Sonsoles la melliza y se murió el tuerto, no hubo nadie que se quisiera quedar ni con la tienda ni con el bar. Tampoco pasan ya ambulantes. Hace años venía todos los miércoles “Pepe pesca” como decía él mismo a gritos después de hacer sonar la bocina de su furgoneta frente a la iglesia: “Ya está aquí Pepe pesca, con el pescado más fresco del mercado”. Quizás no fuera muy original pero sus voces eran muy efectivas, tampoco nadie sabía por qué se hacía llamar así porque en realidad se llamaba Raúl Ramiro. Los jueves solía venir Gauden el frutero y una semana sí y otra no, Iluminado el mercero que no paraba de vender medias, cubres, hilos y lazos de puerta en puerta.
Carmina sabe que mañana vendrá su familia a pasar la noche con él y se ha ofrecido, como otras veces, a llevarle de compras a Arévalo.


- Día veinticuatro.
El coche avanza por la meseta castellana. La larga y recta carretera negra divide al llano en dos mitades. A lo lejos ya se divisan los blancos silos de la harinera como un buque encallado en la llanura. Al oeste, los pinares que acompañan al Adaja forman un corredor vivo, el único toque de color hasta que trigales y cebadales broten y conviertan al llano gris terroso en una interminable pradera donde el verde se convierta en dominante. Pero este año el cereal no está brotando, la maldita sequía hace que la temporada vaya muy retrasada, casi dos meses. Si hubiera llovido antes, el cereal ya habría nacido y estos hielos le hubieran venido muy bien para darle fuerza y resistencia, pero estas heladas prolongadas, sin que haya caído ni una gota, están secando aún más el suelo, quemándolo, endureciéndolo y, por tanto, haciendo más difícil que el cereal germine y asome a ras de suelo, reverdeciendo poco a poco los campos. Al este, pequeños pinares que son como islas arboladas, cada una con sus propios náufragos, choperas desnudas en el cauce seco y polvoriento de un arroyo, con más nombre que agua, y algunos pequeños pueblos, que hacen grandes y bulliciosos a los belenes, rompen la monotonía cromática y física del paisaje.
Un frío intenso se adivina en el cielo azul radiante, en la escarcha del sombrío, en el charco helado del camino, en el humo de la hoguera que se queda a ras de suelo. Es un frío mesetario, un frío estepario, ese frío seco castellano que se siente en la cara, agrieta las manos más curtidas y penetra hasta los huesos.
Un ratonero posado en un poste de teléfono parece contemplar, inmutable, el paso de los vehículos, un milano real describe círculos sobre la carretera en busca de algún animal atropellado y una bandada de más de cien grullas se posa en un rastrojo de maíz cercano a la autovía. Aunque pasan desapercibidas para las dos mujeres que viajan en los asientos delanteros, no así para el pequeño Jónatan que las mira desde su silla anclada al asiento trasero. Señala a las aves con el dedo diciendo “pipis” con la intención de llamar la atención de Noelia, su madre, que responde, sin apartar la mirada de la carretera, que ya casi están, que se aguante un poco y que cuando lleguen a la casa del bisa podrá hacer pis. Le mira por el retrovisor y le pregunta que si se puede aguantar un ratito, a lo que el niño asiente sin entender nada.

"Una bandada de más de cien grullas se posa en un rastrojo de maíz." (LJM)

Marce, la abuela de Jónatan, sentada en el asiento del copiloto, llama a su padre con el móvil a la altura de Orbita. Le dice que ya están cerca de Arévalo, y le pregunta que si quiere que compren algo antes de llegar al pueblo. A lo que el bisa de Jónatan contesta que no, que ya hizo la compra ayer con Carmina, la hija de la Melliza, que le acercó en coche a Arévalo y compró las gambas, los langostinos, el cordero, la verdura, la fruta, el turrón y hasta una escarola enorme y unas granadas para la ensalada. Marce le pregunta que si ha comprado Kiwis, que ya sabe que Ricardo es muy estreñido y más cuando sale de casa y que si se ha acordado de comprar el cochinillo. Contesta que sí, que ha comprado todo lo que llevaba apuntado en la lista que hicieron entre los dos por teléfono hace unos días, que el cochinillo no lo ha comprado porque se lo ha encargado a Pedro, el de la Petra, que tenía varios para vender y le había ofrecido uno, que se le traerá mañana abierto y limpio, y que a su biznieto le ha comprado una bolsa enorme de golosinas. A lo que Marce contesta un poco enfadada que no tenía que haberlo hecho, que ya sabe que a su madre no le gusta nada que le atiborren a golosinas porque pierde el apetito.
Después de colgar, Marce, la Abuela de Jónatan, se queda un rato pensando en su padre. Cada vez se hace más duro venir al pueblo a visitarle y más desde que su madre, la Marcela, muriera el pasado verano. Le gustaría tener más tiempo para él, poder atenderle, incluso, llevarle a su casa, que desde que se fue la niña tiene sitio de sobra y, también, pasar temporadas con él en el pueblo. Pero no tiene tiempo, aunque su hija ya es autosuficiente, su trabajo la absorbe, no puede llevarse a su padre a Madrid sin desatender su vida laboral, la jornada partida es una esclavitud, apenas la deja tiempo libre para ella y los suyos, se puede decir que vive para currar, pero no puede permitirse el lujo de dejarlo, necesita trabajar.
Además, a su marido, seguramente, no le parecería bien ni que dejara de trabajar con 54 años, ni tampoco que se trajera a su padre a vivir con ellos, no diría nada, seguro que no se opondría, pero no le haría ninguna gracia. Ni siquiera se lo ha preguntado, no hace falta, le conoce perfectamente.
Su padre lo sabe, pero no dice nada, no se queja, no protesta por lo solo que está, porque lo está, qué duda cabe, se ha quedado viudo, como quien dice ayer, después de toda una vida al lado de su madre, más de 60 años, casi nada. Ella lo sabe perfectamente. Pero tiene que hacer de tripas corazón. A ver, qué remedio, no hay otra.
Pero tampoco comparte lo que piensa su hermano Pepe, no, eso no, vamos hombre, que no se le ocurra, estaría bueno. Desde que le han nombrado director comercial parece que se le ha subido un poco a la cabeza, pero qué se piensa, si son tornillos, simples tuercas y tornillos lo que vende, que vaya mérito, que sí, que sí, que nos conocemos, hombre, que nos conocemos, que nos ha parido la misma madre. Vas a venir tú a decirme a mí lo que tenemos que hacer con mi padre, que no hombre, que no, que no es ningún perro. Vamos hombre, si vendes tornillos, tú que te crees.
Atraviesan Arévalo. Primero pasan por el puente de la estación que cruza el Adaja, luego una larga avenida que acaba en el puente de los Lobos sobre el Arevalillo, pronto, a la derecha, se empiezan a ver las siete torres y el castillo. Es un gran pueblo, la arquitectura mudéjar predomina en su casco antiguo, un claro ejemplo de ciudad medieval, de reconquista, de germen español, de orgullo castellano. Sí, qué duda cabe, es un gran pueblo, repleto de pasado, plagado de historia, de personajes decisivos, de arte, de patrimonio monumental y, también, uno de los pocos pueblos de Castilla con futuro, aunque este sea, ciertamente, incierto. El orgullo no alimenta.

"Uno de los pocos pueblos de Castilla con futuro, aunque este sea, ciertamente, incierto."                  Arévalo (LJM)


El coche continúa hacia el oeste para virar ligeramente al noroeste a la altura del prado Avelasco. Ahora la carretea serpentea y se ondula entre tierras, lomas, pinares y algún encinar. Los caminos a Jónatan le parecen un misterio, se ocultan entre los sembrados desapareciendo por aquí y apareciendo un poco más lejos, que parece que no van a ninguna parte, que solo juegan con el paisaje. Pregunta que si ese camino que desaparece más allá va al pueblo del bisa, pero nadie le responde.
Una alfalfa da un poco de verdor a las castigadas tierras que ascienden levemente hasta un cerrerte. Justo coronando la loma una bandada de trece avutardas se recorta contra el cielo, Jónatan las ha visto, señala nuevamente a las aves con el dedo diciendo, mira mamá hay más “pipis”. A lo que su madre responde mirándole por el retrovisor que se aguante un poco, que ya casi están, que nada más llegar a la casa del bisa podrá hacer pis.
En lo alto de un alargado cerro se recorta el pueblo del bisa. Una pequeña iglesia mudéjar orienta hacia el este un ábside semicircular, decorado con nueve arcos dobles de ladrillo que van desde un friso de esquinillas, situado por debajo del tejado, hasta el suelo. Un ejemplo de cómo materiales tan corrientes y humildes como la arcilla, la cal y la arena, combinados y ordenados convenientemente, elevan a la categoría de arte con mayúsculas un sencillo edificio convirtiéndolo en monumento. Arquitectura popular representante del arte mudéjar, hecha hace novecientos años para perdurar en el tiempo.
La carretera sube hasta el pueblo y allí acaba. Nada más entrar, a la derecha, las escuelas, abandonadas y en ruinas. Hace muchos años que no hay niños suficientes para que permanezcan abiertas. A la izquierda, miles de alpacas de paja apiladas se convierten, sin duda, en la construcción más alta de la localidad. Una constante en el medio rural que posee más cabezas de ganado que personas. Estos pequeños y desconocidos pueblos son la despensa que provee de alimento a las grandes ciudades, aunque entre los cientos de miles o millones de habitantes que poseen, no haya casi ninguno que lo sepa.
Ainoa, detiene el coche frente a la puerta principal y pita repetidamente. Pero no sale nadie.
- A ver Jónatan –dice la abuela Marce-, llama a la puerta que no encuentro las llaves, ¿dónde se habrá metido este hombre?
- ¡No llego al timbre! –grita el niño estirando el brazo todo lo que puede-, ¡bisa, bisa, ya estamos aquí, abre!
- Calla hijo –le regaña Ainoa-, estará en el corral y no te oye.
El niño comienza a aporrear la puerta y ésta se abre, no estaba cerrada.
- Mira abuela –grita Jónatan muy contento-, mira mamá, ya he abierto la puerta, la he abierto yo solo.
Entra corriendo y se encuentra al bisa dormido en la mesa camilla de la cocina.
- Hola hijo –sonríe el bisa-, ya estáis aquí, me había quedado traspuesto.
Le da dos besos y le revuelve el flequillo.
- Cuánto has crecido, dentro de poco estarás tan alto como yo.
- Ven bisa, ven – le agarra por la mano y le lleva hasta la puerta.
El anciano sale a recibir a su hija Marce y a su nieta Ainoa. Ellas han venido primero para ir preparando todo lo de la cena. Ricardo, el marido de Marce, se ha quedado esperando a Héctor, el marido de Ainoa que tenía que trabajar por la mañana para así venir los dos en el mismo coche. También vendrán a cenar Pepe y Juani, con sus dos hijos.
Mientras madre e hija colocan todo lo que han traído y preparan la sala para la cena, la habitación más grande de la casa que solo se usa en días muy especiales, el bisa y el nieto salen al corral a por leña para atizar la cocina económica donde van a preparar el cordero en una cazuela de barro. El bisa le cuenta los animales que había antes allí, el niño no sabe ni de que le habla, pero le mira con los ojos muy abiertos.
Ricardo y Héctor llegan después de comer, sobre las cinco o así. Pepe, en cambio, llega justo antes de la cena y solo, sus hijos, Aitor y Karlos, no han querido venir porque querían salir esta noche con sus amigos y Juani se ha quedado con ellos, porque ha dicho que cómo los iba a dejar solos, que de ninguna manera. Y Pepe ha dicho, pues yo me voy, y Juani, pues vete, nadie te obliga a quedarte. Y por eso Pepe ha llegado tan tarde y solo.


"En lo alto de un alargado cerro se recorta el pueblo del bisa. Una pequeña iglesia mudéjar orienta hacia el este un ábside semicircular". (Foto de Jaime Tello García).


Día veinticinco.
Ayer Ainoa y Marce encontraron en un cajón del aparador de la sala las luces de adorno y las pusieron en la escalera del sobrado. Después, en cada escalón colocaron los zapatos de cada miembro de la familia para que por la mañana a Jónatan le hiciera ilusión abrir los regalos situados en el peldaño de sus zapatos.
El niño los va abriendo uno a uno, muy contento, nervioso. Un abrigo de paño de vestir, un juego de los “Minions” con muñecos de un ojo, de dos ojos y un unicornio de crines rosas y, también, un pequeño cuento titulado “La granja de los animales”.
La abuela Marce se empeña en probarle el abrigo.
- A ver, Jónatan –le dice agarrándole de un brazo-, estate quieto un momento que quiero ver cómo te queda el abrigo por si el paje de los Reyes se ha confundido de talla y hay que cambiarlo.
Pero el niño no hace caso y le enseña el cuento al bisa muy contento.
- Mira, mira, bisa, los animales del corral. Mira, mira –insiste-, aquí está la Pinta.
El niño le enseña al bisa el libro abierto por la página de “la gallina Cloclo”. Le da la mano al anciano y tira de él hacia el corral.
- Vamos bisa –repite tirando de la mano del anciano-, vamos a ver a los animales del corral, los que me contabas ayer.
El anciano mira a Ainoa y a Marce alternativamente.
- Bueno -dice Ainoa-, ya que tienes puesto el abrigo, sal con el bisa, así lo estrenas que ha caído una buena pelona y hace mucho frío.
Le abrocha todos los botones, le mira fijamente, le mete las láminas del juego de los “Minions” en el bolsillo del abrigo y le dice al bisa que le acompañe al patio y le hable de los animales, aunque ya no los haya.
- Ten cuidado con el niño, padre –dice Marce mientras salen-, que no se manche el abrigo.
- Qué bien le está –continua Marce girándose hacia Héctor y Ainoa-, parece un chico mayor.
Ainoa asiente condescendiente, Héctor enarca una ceja.
En el cuento de Jónatan hay muchos animales. El bisa le va llevando por el corral donde antes se encontraban los de verdad. En la pocilga abre la página del cerdo Gruñón, el anciano enseña al niño las cochiqueras donde criaban las marranas. En el dibujo del cuento hay una cerda con tres cochinillos. El bisa le dice al niño que algunas veces las marranas parían ocho o diez cochinillos y que la mayoría acababan en los restaurantes de Arévalo.
- Mira, bisa –grita el niño-, esta es la Pinta.
- Claro, ¿ves?, como en el cuento, antes tenía muchas hermanas, pero anteayer la bicha las mató a todas menos a la pobre Pinta que era la única que ya no ponía huevos, ¿sabes?, ya está viejecita como yo.
- Recuerdo que cuando éramos niños –continua el bisa-, a mi hermano Antonio le gustaba cagar en el patio, en lugar de hacerlo en el servicio que estaba al lado de la cocina, donde ahora está el cobertizo con la leña. Pues bien, un día estaba agachado, apretando con el culo en pompa, cuando llegó por detrás una gallina como la Pinta y comenzó a picotearle la colita pensando que era un gusano –señalando sus partes y moviendo el dedo índice-. Chico qué voces daba, entró en la cocina tropezando, con los pantalones bajados y gritando “¡que me come la cola, que me come la cola!”, no veas como nos reímos todos viéndole aparecer así, y vaya buenos ratos que hemos pasado después recordándolo.
Jónatan mira al anciano con los ojos muy abiertos, sonriendo.
- Le quería comer el pito como si fuera un gusano –repite el niño riendo a carcajadas-. Vaya una gallina más cachonda.
Entonces oyen ladrar en la calle. El niño se acerca a la puerta carretera y le pide al anciano que la abra. Al final de la calle hay dos perros copulando y se oye ladrar a otros en alguno de los corrales cercanos.
- ¿Por qué se están peleando? –pregunta el niño.
- No, hijo, no están peleando, todo lo contrario, se quieren, están chingando para hacer perritos.
El niño mira al abuelo y a los perros alternativamente, al cabo de un rato se ríe.
- Claro bisa, así fabrican los perritos “bichando”.
- Tú sí que eres un buen bicho –le dice el anciano riendo a carcajadas mientras le revuelve el flequillo.

"El niño se acerca a la puerta carretera y pide al anciano que la abra". (LJM)

En el establo el bisa abre el cuento por la página del caballo Relinchón. Le cuenta que cuando era pequeño su padre tenía un caballo de paseo y dos mulas para la labranza. Pero que cuando pasaron los años ya no los necesitaban y que luego se hicieron viejos y se murieron y ya no volvieron a tener. Le cuenta que el caballo se llamaba Rayo, aunque era muy lento y muy tranquilo. Él lo montaba a pelo, sin silla. Jónatan no pierde detalle de lo que escucha y se imagina a su bisabuelo sentado en una silla, como las de la sala, encima del caballo y agarrándolo por las crines. El anciano intenta enseñarle las mulas y los burros, pero no vienen en el cuento, entonces le explica que al cruzar un burro con una yegua como el caballo “Relinchón” salía una mula.
- ¿Qué es cruzar? –pregunta el niño- ¿Cómo cuando se cruza la calle, que hay que mirar a los dos lados antes?
- No –ríe el anciano-, cruzar es chingar, como los perros de antes, ¿sabes?, para hacer mulitas.
- Ah, claro –asiente el niño que escucha muy atento al abuelo, mientras saca del bolsillo del abrigo las láminas que venían con el juego de los Minions-. Entonces, bisa, si “bichan” el unicornio y un caballo, ¿sale una mula con un cuerno amarillo en la frente?
- Algo así –ríe el bisa revolviéndole nuevamente el flequillo-. Qué listo y qué bicho eres.
Luego abre el cuento de la granja por la página de la vaca “Mumú” que dice así “La señora vaca Mumú se come la paja que le echa el granjero”, y le dice que también tenían vacas en el establo y que las había que ordeñar y echar paja limpia todos los días. Le agarra de la mano y le lleva al pajar señalando el bocín de la pared. Y le explica que por aquella ventana que ahora está tapada con adobes metían la paja desde el carro o desde el remolque y que cuando era niño le gustaba tirarse desde el bocín hasta el carro lleno de paja. Que antes no había columpios ni toboganes como ahora y esa era una buena diversión, mucho mejor que tirarse por un tobogán.
La siguiente página es la de “la ovejita Bebé”, el anciano cuenta al niño cómo se ordeñaban las ovejas para hacer queso. Le dice que antes había dos pastores que recogían, casa por casa, todas las ovejas del pueblo, que venían todos los días a por ellas y se las llevaban a comer hierba fresca al campo y por la tarde las volvían a traer.
Mientras tanto Ainoa y Héctor se han ido dando un paseo hasta la iglesia. Héctor no la ha visto nunca de cerca y le parece muy similar a otras de la zona, especialmente por la cabecera mudéjar. Y en la cocina hablan, más bien discuten, Pepe y Marce, mientras Ricardo solo escucha.
- Créeme Marce, es lo mejor –dice Pepe intentando calmar a Marce-, seguro que va a estar muy bien, es un buen sitio. Ven un día conmigo y así lo conoces.
- Qué egoísta eres, Pepe –contesta Marce airada-. Ya sabía que me lo ibas a proponer, seguro que ha sido idea de Juani, por eso no ha querido venir la muy cobarde, porque no se atreve a decirme a la cara lo que tengo que hacer con mi padre, sí mi padre, porque parece que no es nada tuyo.
Ricardo intenta tranquilizar a Marce haciendo un gesto con la mano. Pero Marce le corta al instante.
- Calla Ricardo, por favor, tengamos la fiesta en paz, esto no es asunto tuyo.
- Vamos a ver –interviene nuevamente Pepe con un tono algo más suave-, en primer lugar, Juani no sabe nada de lo que estamos hablando, y no lo sabe porque nos estamos separando. Sí, luego hablaremos de eso. En segundo lugar, ella sí quería venir, sabéis que adora a Ainoa y a Jónatan y Héctor también le cae muy bien, igual que a mí, eso no me lo negarás. En realidad, han sido mis hijos los que no han querido venir de ninguna manera al pueblo, porque dicen que aquí se aburren y que quieren salir con sus amigos, aunque yo creo que tienen algún rollito, como dicen ahora, pero, bueno, ese no es el asunto. En tercer lugar, desde que padre casi quema la casa cuando prendió las faldillas de la camilla, no he dejado de pensar que ya no debe vivir solo. Fíjate, si se hubiese quedado dormido en la mesa camilla, se habría quemado vivo, o si algún día se cae y no se puede levantar, no tiene a quien recurrir, Carmina es la que vive más cerca y por mucho que gritara, no le oiría. Por eso, lo he estado dando muchas vueltas y creo que, por mucho que nos duela, estaría mejor en una residencia. Insisto, antes de discutir ven a verla conmigo, no es como te piensas. Está muy bien, de verdad.
- Ya me imaginaba yo lo que tramabas –le contesta Marce algo menos enfadada-, cuando me llamaste el otro día y me dijiste que padre no puede vivir solo. Y si así fuera, ¿por qué no puede vivir en tu casa o en la mía? Si no quieres que esté solo por qué no te encargas tú de él. O mira, como eres un comercial tan importante, vente a vivir aquí con padre, así dejas vía libre a la Juani para que se separe a su antojo. O, por qué no puede venirse a Tres Cantos con nosotros, así estaría cerca de su bisnieto, que sabes que le adora.
- Marce, por favor, sé sensata – interviene Ricardo-, Yo no digo que no se venga con nosotros a Tres Cantos, pero eso qué cambiaría. Nosotros salimos a las ocho de la mañana de casa y muchos días no volvemos hasta las diez de la noche. Seguiría viviendo solo pero peor incluso, porque allí no conoce a casi nadie. Y Pepe, precisamente, con lo que tiene en casa, con trámites de separación y tal, no creo que sea el mejor momento como para hacerse cargo de él.
- Muy bien –dice Marce dando un manotazo en la camilla-, y por qué no dejo yo de trabajar y me vengo aquí a vivir con él.
- ¿Es eso lo que quieres? –pregunta Pepe-. Dejar tu trabajo, alejarte de tu marido, de tu hija, de tu nieto ¿Tú crees que eso sería lo mejor para todos? Créeme la residencia es la mejor solución.

"El bisa enseña a su bisnieto las trojes donde guardaban el grano o el pienso". (LJM)

El bisa le enseña ahora a su bisnieto las trojes donde guardaban el grano o el pienso, y le cuenta cómo preparaban la panija para los cerdos, o cómo daban bolas de sal a las ovejas para que las chuparan como un caramelo. Le cuenta que antes no se tiraba nada, las sobras de la cocina se arrojaban al patio, donde las gallinas daban buena cuenta de ellas, y los restos de la comida a los cerdos, que a esos les gustaba todo lo que les dieran. Luego con la mierda que sacaban de las cuadras y pocilgas abonaban las tierras para que las plantas de los sembrados crecieran sanas y fuertes.
- Entonces, bisa, ¿las plantas comen la caca de los animales?
- Sí, y no veas lo que las gustaba. Ahora las echan compuestos químicos que es casi lo mismo, pero mucho más caro y te lo venden en sacos de colores.
El niño pasa otra página donde está el conejo “Tintintón”. El bisa le lleva a un estrecho pasillo entre las pocilgas y el establo. Al fondo, en un rincón, hay un cajón de madera y tela metálica. Se lo enseña a Jónatan, y le dice que en conejeras como esa criaban muchos conejos, algunos para comer, otros para vender. Al moverla sale una rata por detrás. El niño aprieta con fuerza la mano del abuelo.
- No te asustes hijo. Mira, la rata –le dice tranquilo el abuelo-. Estas no vienen en tu libro, pero están en todos los corrales. Cuando yo me muera serán las dueñas y únicas habitantes de la casa. Ellas siempre han estado aquí y aquí seguirán cuando nos vayamos.
- Vamos a llevar un poco de leña para la cocina –añade el anciano frotándose las manos y resoplando-. Así estaremos calentitos, que hoy hace mucho frío.
- Sí, sí –contesta el niño muy contento, frotándose las manos igual que el bisa-. Yo te ayudo, ¿vale?
El abuelo le da al niño unos cándalos de pino y él coge dos o tres trozos de encina.
- Vaya voces, - dice el abuelo agitando la mano que lleva libre-. Parece que tu tío Pepe y tus abuelos están discutiendo.
Entran a casa por la cocina.
- ¡Hemos visto a dos perros “bichando” para fabricar perritos! –entra Jónatan muy contento queriendo contar a sus abuelos todo lo que ha visto con el bisa.
- Pero, hombre –grita Marce muy enfadada agitando los brazos-, mira como se ha puesto el niño el abrigo.
Jónatan enseña muy contento a sus abuelos los cándalos. Marce se los arrebata enérgicamente. Uno de ellos tenía resina y le ha manchado el abrigo por varios sitios. El niño cambia la expresión de la cara. No entiende nada, si se los ha dado el bisa para echarlos a la cocina y estar en casa calentitos, que hace mucho frío en la calle. El niño no entiende por qué se ha enfadado tanto la abuela Marce. Pero enseguida las regañinas van a parar al bisa. Que está tonto, que ya es mayorcito para saber que el abrigo lo acababa de estrenar, que ha costado una fortuna, que cómo se le ocurre dar al niño esa leña, que la resina no se quita, que vaya manchas tan grandes, ya ves, para tirar el abrigo a la basura porque esto ya no sale.
- No le grites al bisa –empieza a decir el niño algo asustado-. No hace falta tirar el abrigo a la basura se lo podemos echar a la Pinta al corral para que se lo coma.
En ese momento entran Ainoa y Héctor e intentan poner algo de paz en el asunto. El bisa dice que hay un poco de aguarrás en el cobertizo que seguro que sale la resina. La abuela Marce, que no, que no sale. Héctor que por probar no se pierde nada. Ainoa que puede intentar cambiarlo mañana, que tiene el tique regalo, que no se preocupen que la encargada es amiga suya y seguro que puede hacer algo. Ricardo que haya paz. Pepe que no ha pasado nada. Y Marce, pues claro, muy disgustada. El bisa que si lo intenta con el aguarrás. Héctor, que sí, que lo intente si quiere a ver qué pasa. Y Jónatan intentando contar a sus padres que ha visto a dos perros “bichando” para fabricar perritos. Y que cuando un caballo y un unicornio cruzan la calle, “bichan” y sale una mula con un cuerno amarillo en la frente. Y Ainoa piensa riendo por dentro que qué le habrá contado el abuelo.
Bisa y niño salen nuevamente al corral. En la casa se reanuda el murmullo. Ricardo vuelve a dar la razón a su cuñado Pepe, que el asilo tal vez sea lo mejor, mira lo del abrigo con la ilusión que te había hecho y el dineral que te ha costado. Ainoa pregunta que qué pasa, se lo explican, se pone a llorar. Marce que si veis lo que habéis conseguido, y en un día como hoy, que parece que no tenéis sensibilidad. Pepe que desde que se ha muerto la abuela no levanta cabeza, se le está yendo un poco la pelota, que es lo mejor para todos. Y Ainoa medio llorando, que sois peor que los animales, que cómo vais a meter al abuelo en una residencia por un puto abrigo de los cojones, de verdad, que parece que no tenéis sentimientos. Y Ricardo que no es eso hija. Y vuelven a explicárselo todo a Ainoa y a Héctor.
Cocina económica (Internet) 
"Vamos a llevar un poco de leña para la cocina –añade el anciano frotándose las manos y resoplando-. Así estaremos calentitos, que hoy hace mucho frío".

El anciano frota con paciencia, pero enérgicamente, las manchas de resina con aguarrás y un trapo.
- Mira parece que se quitan –le dice al niño-. Bueno mejor, así contentamos a tu abuela.
- La abuela es mala –responde Jónatan-, no se tenía que haber enfadado contigo, tú no me has manchado el abrigo. Además, si no se quita que se lo coma la Pinta.
- No hijo, tu abuela no es mala –riendo-, al contrario, es muy buena y te quiere mucho, por eso no le gusta que vayas manchado, ¿ves?, ya está, ya casi ni se notan las manchas.
- A nosotros –continua el anciano-, cuando nuestra madre nos vestía con la ropa de fiesta no nos dejaba salir al corral. De la casa a la iglesia y de la iglesia a la plaza a jugar con los amigos, pero, eso sí, con cuidado de no mancharse.
Dentro de poco ya no quedará nadie aquí, el pueblo y yo estamos en las últimas. Ya no hay niños ni jugando ni ensuciándose. Y sin niños como tú no hay futuro, ¿entiendes?
- No bisa –niega con la cabeza-, no te pongas triste, ¿ves?, yo soy un niño y estoy jugando contigo y con la Pinta.
- Ya, pero tú te vas esta tarde con tus padres. Lo que digo es que aquí casi no viven niños. Cuando yo era tan pequeño como tú había decenas de niños y niñas y, cuando no estábamos ayudando en casa o en el campo, estábamos jugando por las calles o en las eras, que no veas tú cómo nos lo pasábamos. No necesitábamos ni ordenadores ni videojuegos de esos, ni televisores, ni nada, tan solo con nuestras manos, nuestras piernas y nuestra imaginación nos bastaba.
Jónatan mira al bisa con los ojos muy abiertos, el anciano continúa.
- Yo he visto todas las casas ocupadas. He conocido a todos y cada uno de sus moradores por sus nombres y apodos, a todos sus hijos, a todos sus nietos. Pero la juventud empezó a marcharse. No sé qué es lo que hemos hecho mal para que los que se marchan no quieran volver. Y, así, poco a poco, la juventud ha ido desapareciendo, luego los padres detrás de ellos y, por último, los abuelos que nos vamos muriendo o nos llevan con ellos o a una residencia. Y hasta aquí hemos llegado, ya no queda casi nadie, dentro de poco éste será un pueblo fantasma porque ahora las casas están vacías o hundidas, ya no vive nadie. El pueblo se está muriendo y yo con él. No sé qué es lo que hemos hecho mal hijo, no lo sé, yo creo que este es un lugar agradable para vivir, para pasear, para jugar, para respirar. Los pocos que vienen a ver a sus padres dicen que aquí ya no se puede ni comprar, que hay que ir a Arévalo en coche, cuando ellos en sus ciudades tienen que coger el coche para todo y gastar cada vez que salen de casa. Dicen que aquí no hay escuela, y tienen razón, pero allí tienen que levantar a sus hijos dos horas antes para que lleguen puntuales al cole y les apuntan al comedor y a todo tipo de actividades por la tarde porque no pueden ir a recogerlos. Yo creo que aquí vivirían más tranquilos y los niños y niñas podrían estar, simplemente, en la calle pasando la tarde con sus amigos y amigas. Esto se pierde sin solución. La cultura rural que, inmutablemente, mamábamos de nuestras madres y padres, abuelas y abuelos, desaparecerá cuando los viejos faltemos pues ya se ha roto la cadena. Ahora nuestros hijos y nietos maman de un pezón llamado progreso que reniega de sus raíces. No lo sé hijo, no sé qué es lo que hemos hecho mal.
- Yo sí que voy a venir a jugar contigo y con la Pinta. No estés triste. Mira este eres tú.
Dice el niño enseñando al anciano la última página del libro donde aparece el granjero John en un campo de maíz.
- Mira hijo –responde el bisa-, quizás sea eso lo que hemos hecho mal, que no hayamos pasado por el aro de la modernidad, de la globalidad, del monopolio agrario, que no nos llamemos John sino Juan, que no tengamos granjas sino corrales, que no cultivemos maíz sino trigo y cebada, y, en especial, que no nos consideremos granjeros sino campesinos.
- ¡A comer! -grita Héctor desde la puerta de la cocina-.
El olor del cochinillo asado llega hasta allí.
- Vamos a comer, bicho –dice el bisa agachándose para guiñarle un ojo-. Uhm, qué bien huele.
- Vamos bisa.
Contesta el niño levantando la mano y revolviendo los cuatro pelos de la calva del anciano.

En Arévalo, a veinte de diciembre de 2017.
Luis José Martín García-Sancho.

Este relato lo presenté con el lema "Tierra de Arévalo" al Certamen Literario de Relato Breve “Emilio Romero”, organizado por el Ayuntamiento de Arévalo. 
No obtuvo ninguno de los premios.
Aprovecho la ocasión para felicitar a los dos galardonados: José Agustín Blanco Redondo, como ganador por su relato “Un lejano tremor de luces” y Carlos del Pozo Manzanares que ha obtenido el accésit con su relato “Volverás a Annecy”.

"Le agarra de la mano y le lleva al pajar señalando el bocín de la pared. Y le explica que por aquella ventana que ahora está tapada con adobes metían la paja desde el carro o desde el remolque y que cuando era niño le gustaba tirarse desde el bocín hasta el carro lleno de paja. Que antes no había columpios ni toboganes como ahora y esa era una buena diversión, mucho mejor que tirarse por un tobogán". (LJM)

"Le dice que antes había dos pastores que recogían, casa por casa, todas las ovejas del pueblo, que venían todos los días a por ellas y se las llevaban a comer hierba fresca al campo y por la tarde las volvían a traer."



Las fotos son propiedad de David Pascual Carpizo, Luis José Martín García-Sancho (LJM), Jaime Tello García e Internet. 


La foto de portada es de Internet.



1 comentario:

  1. Nostalgia? lástima por el bisa ? Ya les queda poco al bisa y al pueblo.
    Me recuerda un poco la narrativa de Delibes.

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