miércoles, 4 de septiembre de 2019

LOS CARAS ROJAS





ENTRE COBARDES.

Todos los años venían.
Con sus caras pintadas de rojo.
Todos los años se llevaban a una joven.
Nadie rechistaba.
Sabían que era el precio que tenían que pagar por su tranquilidad.
Los más ancianos contaban hechos horribles, mutilaciones, torturas que los caras rojas infringían a los que se negaban a obedecer.
Llegaban en uno o dos camiones relucientes, bajaban todos al mismo tiempo, se dispersaban por la calle principal. Entraban casa por casa y sacaban a varias muchachas, algunas eran niñas.
Las preguntaban que si eran vírgenes. Muchas ni siquiera sabían lo que era eso y se lo tenían que explicar, algunas se ruborizaban al oír la explicación de los caras rojas. Luego elegían a una y desaparecían con ella igual que habían aparecido.
Cada año era igual, nadie se atrevía a oponerse, se habían acostumbrado a vivir mirando para otro lado. A ser cobardes. Cobardes vivos. Les habían dicho demasiadas veces que el cementerio está lleno de valientes.
Aunque en el fondo sabían que en su cementerio solo había cobardes.
En septiembre del año 41, como siempre, aparecieron los caras rojas en camiones resplandecientes. Eligieron a trece chicas, las hicieron las preguntas de rigor y escogieron a una de ellas. A las doce restantes las dijeron que se fueran a su casa. A la elegida, una niña de unos diez u once años, la ordenaron subir a uno de los camiones.
Ella simplemente dijo “no”.
Se dio la vuelta y se marchó a su casa.
Ese año los caras rojas se marcharon con las manos vacías.
Jamás volvieron.
Preguntados los ancianos, dijeron que bueno, que lo de las torturas se lo habían contado sus abuelos pero que ellos nunca lo habían visto.

En Arévalo, a tres de septiembre de 2019.
Luis José Martín García-Sancho


Imagen modificada de Internet.



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