jueves, 27 de julio de 2017

ARÉVALO OLVIDA A MARUJA MALLO

MARUJA MALLO EN ARÉVALO.

Maruja Mallo (Foto: Internet)


Ana María Gómez González, conocida por su nombre artístico de Maruja Mallo, nació en Viveiro, Lugo, en 1902 y murió en Madrid en 1995, después de haber padecido un largo exilio. Pintora surrealista de la denominada “Escuela de Vallecas”, es la pintora más extraordinaria de la vanguardia española, comparable e, incluso, equiparable a artistas españoles de la época como Miró, Dalí o Picasso, pero también la más desconocida y olvidada, ¿tal vez por ser mujer?, injusto, ¿verdad?
Durante el curso de 1933 -1934, esta mujer, adelantada a su tiempo, pasó por Arévalo como profesora del Instituto de Enseñanza Media.
El arevalense Adolfo Yáñez hace una magistral descripción de la artista Maruja Mallo en su libro “Heterodoxos y olvidados”.
Fue esencialmente mujer y esencialmente artista. Y, como artista y como mujer, fue transgresora, de las que no aciertan a pasar inadvertidas por la existencia. Gozó violando cánones, riéndose de mitos, saltándose a la torera viejas costumbres y profanando dogmas sacrosantos. No titubeó ni un instante a la hora de infringir, con el mayor descaro, creencias, pautas y preceptos. Lo hizo siempre y por doquier. Lo hizo en España, su país de origen, o en América, continente que la acogió durante largas décadas de destierro. Lo hizo mientras vivió en Madrid o cuando residió en Arévalo, ciudad que tuvo el privilegio de conocer a este huracán desatado, representante insigne no sólo de un determinado movimiento pictórico, sino de una época de convulsión y rebeldías. Ni siquiera como pintora es fácil clasificarla, aunque los estudiosos la encasillan dentro del surrealismo figurativo”.
(…)
Rafael Alberti joven (foto Internet)

“Supo despertar entregas y amores. La amaron, en el más pleno sentido de la palabra, hombres como Rafael Alberti, poeta del mar, con el que mantuvo una tórrida relación pasional desde 1925 hasta 1930 –relación que sufrió breves interrupciones- o como Miguel Hernández, pastor de Orihuela al que Maruja reveló las dulzuras de la carne femenina cuando el tímido “perito en lunas” era todavía inexperto en temas amorosos. Ella terminó con las inhibiciones, tabúes y prejuicios religiosos de Miguel. De su persona y quehacer creativo se ocuparon con entusiasmo cuantos escritores o intelectuales tuvieron ocasión de conocerla en épocas en que España era un hervor magnífico de búsquedas y de tendencias, de vanguardias y de hallazgos, de ansias de cultura y voluntad de cambio. Fue venerada, entre otros, por los creadores de la generación del 27. Fue original y rebelde. Fue valiente y estuvo en las trincheras de un feminismo dispuesto a acabar con atávicas discriminaciones de la mujer. Fue aplaudida y agasajada. Fue temida también. Fue referencia y paradigma. Fue heterodoxa, distinta y desafiante. Fue lo que quiso ser. En definitiva, fue… Maruja Mallo”.

Con la caída de la monarquía de Alfonso XIII y la instauración democrática de la II República española se abrieron nuevos caminos para la libertad, para la ilusión, para el campo, para el trabajo, para la cultura.
Es en esa época cuando Maruja Mallo llega a Arévalo como profesora de dibujo en el Instituto situado en la calle de Santa María. Así describe Adolfo Yáñez su breve, pero intensa estancia en Arévalo.

Con la caída de la Monarquía, un hambre intensa de revolución invadió las fábricas, el campo, la calle, el arte y la docencia, Sí también la docencia y el arte, pues ambos se convirtieron en armas revolucionarias. Eran tiempos, como escribía Fernando Díaz Plaja, en los que la política teñía y matizaba cualquier manifestación espiritual, incluso literarias o artísticas. Una prueba de esto último la tenemos en esa joven pintora que, al finalizar el verano de 1933, después de una vida intensa en Madrid, llega hasta Arévalo para dar clases de dibujo en el Instituto Elemental de Enseñanza Media –plaza que había ganado por oposición- y para hacer avanzar allí ideas republicanas. Llega sin saber que su corta estancia en la pequeña localidad de Castilla iba a servir para que ella encontrara caminos nuevos en el quehacer artístico que había desarrollado hasta entonces y, por otro lado, para que su presencia impactara como una auténtica pedrada en las aguas tranquilas de una sociedad bonachona, pero excesivamente conformista, pueblerina y cloroformizada.
Antiguo aspecto de la calle arco de Ávila en el tramo en que debió de vivir Maruja Mallo.

Maruja Mallo se instaló en el hotel Jardín, situado en el número 7 de la calle Arco de Ávila. Pronto quedó impresionada por la afabilidad de la dueña. Contaría más tarde en sus memorias que esa señora le daba el apelativo de “majeta”, mientras preparaba los domingos para su joven pupila un desayuno excepcional a base de buñuelos. El instituto había sido inaugurado recientemente por el nuevo régimen en la calle de Santa María, cerca de la plaza del Real, y, porque la enseñanza constituía una obsesión para los gobernantes de entonces, el centro estaba dotado de buen mobiliario, de excelente material pedagógico, de museo, laboratorios, gabinete de física y salón de proyecciones.
Maruja solía recorrer en bici la distancia que mediaba entre el Hotel Jardín y el instituto, aunque a los pudorosos arevalenses de entonces les resultara chocante y un tanto escandaloso que una señorita se desplazase dando pedales y moviendo sus muslos sobre las dos ruedas. Pero a la joven profesora le importaban un rábano los dimes y diretes de la escandalizable gente con la que se topó. Iba muy por delante de los tiempos en los que le tocaba vivir y lo menos que le apetecía era detenerse ante habladurías aldeanas y casi medievales.
Maruja Mallo (Internet)

Cuando el invierno comenzó a hacer de las suyas, Maruja Mallo se percató de lo insoportable que podía ser el frío mesetario. Le castañeteaban los dientes al levantarse, por lo que, exorcizando enfriamientos y en lo que utilizaba la jofaina o la palangana para asearse, murmuraba en latín macarrónico: Arevallus, mazmorra Siberiae… Sin embargo, no era la climatología lo más negativo que tuvo que afrontar. Ella que se sentía obrera de la revolución y de cambios que consideraba imprescindibles, que utilizaba los pinceles y el dibujo como herramientas con las que construir otra sociedad más justa, que se sentía feliz en esos momentos de excitación y prisas, se percató pronto de que chocaba frontalmente con gentes que, en su inmensa mayoría, conformaban un pueblo muerto, petrificado, sin nervio ni ganas de vivir.
Por la fiesta de Todos los Santos, vio que las mujeres de Arévalo, vestidas de negro perpetuo, iban como un reguero de hormigas hasta el cementerio situado a las afueras de la ciudad. Y, en el cementerio, parecían encontrar su destino natural. Era gente de una tumbofilia declarada, manifestó después en sus memorias. Le repugnaba en grado sumo que la ciudad entera se hallase gobernada por la Iglesia, por la santa mafia, como Maruja denominaba al sector clerical. Y un día, ni corta ni perezosa, decidió hacer un gesto absurdo e inútil, pero que permitiera reventar a su modo el mundo necrófilo y beatón en el que se encontraba: ¡montada en bicicleta, se metió hasta el altar mayor de la iglesia de San Miguel en lo que allí se celebraba misa solemne! Los feligreses –había muchos padres de sus propios alumnos- la observaban escandalizados. Sin comprender la actitud provocadora de la muchacha y presos de un alucinamiento que a Maruja Mallo no le impedía mirar de frente y de forma alternativa a la concurrencia y al cura que oficiaba en el presbiterio. En esos breves instantes constató que, aunque los tenía al alcance de su mano, se hallaba a mil años luz de aquel sacerdote que mascullaba oraciones en un idioma de otras épocas y de aquellas gentes que decían amén a todo y para las que el tiempo nada contaba. Se vio ajena a sus mitos y ritos, a sus conductas y usanzas, a sus modos de entender la vida… Y volvió a desandar en bicicleta el pasillo central de la iglesia para retornar al Hotel Jardín”.


Maruja Mallo y Andy Warhol. (Internet)

Maruja Mallo, antes y después de llegar a Arévalo, gozó y gozaría de la amistad de la élite intelectual del momento: Rafael Alberti, Miguel Hernández, María Zambrano, Ortega y Gasset, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Melchor Fernández Almagro, Ramón Gómez de la Serna, Benjamín Palencia, Joan Miró, Pablo Picasso, Max Ernst, André Breton, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Andy Warhol... Y, además, había expuesto su obra en París con notable éxito, hasta el punto de que el gobierno francés adquiere una de sus obras para exponerla en el Museo Nacional de Arte Moderno.
Así explica Adolfo Yáñez su relación con Arévalo y su Tierra:

¿Qué hacía, pues, en un lugar como aquel? ¿Qué hacía en ese pueblo de múltiples desolaciones, de rudo clima y rudas mentes? ¿Merecía la pena estrellarse contra el paredón ancestral e infranqueable de las costumbres políticas, sociales y religiosas que allí imperaban?
(…)
Como ella escribiría más tarde se dejaba perder “por la sobria llanura de Castilla, sobre las eras y las huertas, cerca de los trillos y las norias, los graneros y las chozas que encierran las cosechas” (…) le interesaban “las bodegas, los establos, las paneras solidarias de la mies, las vides, los rebaños y los ganados”… le estremecen “las faenas de los campos, las noches y los días, la compenetración de arados y lunas, soles y hoces, graneros y estrellas”. A veces, coge su bicicleta y recorre los pueblos de alrededor de Arévalo. “Son pueblos que dialogan con los astros, que colaboran con las constelaciones, pueblos que en otros tiempos fueron dominadores del mar, tierra y aire, héroes en la naturaleza, edificadores de ciudades”. Encuentra que “en los campos de labor, las tierras aradas, sembradas, recolectadas, son manifestaciones que giran con el año como una esfera”. (…) Castilla se le ofrecía con otro pulso, con otro ritmo, con una sugerencia espiritual inédita que otros literatos y pintores no supieron descubrir.
Tras dejar el instituto de Arévalo, saldrá transformada como mujer y como pintora. Pronto alumbrará un lienzo desconcertante y famoso: “La sorpresa del trigo” que recorrerá España llamando la atención del público y de la crítica. (…) Ensoñaciones arevalenses puede tener también “El canto de las espigas”, pintado en 1939 y que hoy se expone en el Museo Reina Sofía de Madrid.
La sorpresa del trigo (1936). Oleo sobre lienzo de Maruja Mayo (Internet)

Como vemos una mujer que, teniendo una íntima relación con Arévalo y su Tierra, ha pasado y pasa desapercibida injustamente. Una artista de primera línea, de la vanguardia cultural de una España que renacía y que ha quedado sumida en el olvido.
No nos equivoquemos, Maruja Mallo tuvo y tiene un papel destacado en la historia del Arte, y ese arte tuvo parte de inspiración en Arévalo y su Tierra.
Pero, como de costumbre, Arévalo olvida a sus hijos a los que destacaron, a los que sobresalieron, a los que despuntaron del rancio rasero del inmovilismo reaccionario. Esta historia de gloria y olvido se repite una y otra vez.
Debe ser endémico.

Algunas obras de Maruja Mallo:


El canto de las espigas (Museo Reina Sofía)

Antro de Fósiles de la serie Cloacas y campanarios (Museo Reina Sofía)

La verbena (Museo Reina Sofía)

Cabezas y Atletas (Galería Mayoral)



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