viernes, 17 de octubre de 2014

NICALERA


Ana en un pinar de la Tierra de Arévalo. Foto Luis J. Martín.
 
Acabo de venir de caminar. Por la mañana he estado haciendo una de las etapas de la "senda de Tumut", unos 18 kilómetros desde Tiñosillos hasta Arévalo por el río Adaja, en compañía de varios amigos y amigas.

        Cuando llego Ana ya ha comido.

- Si estás cansado -dice Ana-, ya iremos otro día.

- No, no. En cuanto coma y descanse un rato nos vamos- respondo entre cucharada y cucharada de lentejas-, no sea que empiece a helar.

- Además hay que aprovechar la luz, ya anochece antes -refuerza Ana.

        En el recorrido, multitud de coches están parados por los caminos y vemos a sus ocupantes caminando despacio, cabizbajos. A las cuatro y media llegamos al pinar habitual. Nuestras únicas herramientas: dos palos, una navaja y una cesta de mimbre. Empezamos a buscar separados varias decenas de metros, mirando al suelo, buscando entre las tamujas.

        No han pasado ni cinco minutos cuando Ana dice que no le gusta el pinar en el que hemos parado, algo seco y rebuscado. Montamos nuevamente y nos alejamos un par de kilómetros. Éste tiene mejor pinta. Antes de parar ya descubrimos los primeros nícalos. Ana comienza a buscar por los alrededores. Pronto escucho sus gritos, contenidos, de alegría. Se puede decir que grita en voz baja:

- Luis, mira aquí hay otro, mira aquí hay otros dos, no tres, cuatro, mira aquí hay más, ¡qué buen comienzo, hemos encontrado un corro!, una family como decían David y María cuando venían con nosotros.
 
Pinar de la Tierra de Arévalo. Foto Luis L Martín.

        Ana va destapando un poco los nícalos para tenerlos localizados. Yo los voy cortando: retiro con cuidado las tamujas, la arena o el musgo que los recubre, meto la navaja por debajo del sombrero y corto el pie. Por debajo se ve el polvo harinoso de las esporas y el hongo blanquecino de los micelios en forma de raicillas de donde saldrán los futuros nícalos. Limpio cuidadosamente el sombrero y los deposito en la cesta de mimbre con los librillos hacia abajo para que sigan soltando sus esporas. Después vuelvo a tapar para que el hongo siga fructificando. Mientras tanto, Ana continúa gritando en voz baja sus nuevos hallazgos.

        No ha sido mal comienzo, ya hemos llenado algo más del culo de la cesta. Caminamos nuevamente separados unas decenas de metros, sintiendo bajo los pies la cama esponjosa que forman las tamujas humedecidas. Una becada oculta tras una retama huye al ser descubierta con su vuelo sinuoso entre los pinos. Un cagarrutero y las huellas que cruzan el camino son claros indicios de la presencia del corzo.
Corzo en un pinar de Arévalo. Foto Luis J. Martín


        En algunas zonas el suelo del pinar está levantado, las tamujas volteadas, dejando al descubierto el hongo blanquecino que dará lugar a la seta, al níscalo o, mejor, nícalo, como decimos por aquí. Ana se pone negra, dice que la gente no sabe buscar, que arrasan el pinar sin importarles que en zonas tan hozadas no sigan saliendo nícalos porque el hongo se seca al dejarlo a la intemperie. Mientras, intenta colocar nuevamente las tamujas en su sitio.

        Al cabo de dos horas, la cesta está llena. No se ha dado mal la tarde, comentamos mientras regresamos al coche avanzando cerca del camino para aprovechar la luz del atardecer. Un búho real emite su reclamo lastimero desde el Adaja, otro le responde desde el pinar. El ladrido estridente del zorro parece protestar por el dialogo pausado de los búhos. Mientras recogemos la última family y comentamos cuanto hubieran disfrutado nuestros hijos si hubieran podido acompañarnos, se empieza a oír un sonido atrompetado, repetitivo pero muy musical. Escuchamos con atención, se acerca. Salimos deprisa a un cortafuegos cercano. Durante dos horas hemos estado mirando al suelo, ahora miramos al cielo.

- ¡Ahí! -grita Ana-, ¡ahí están!

        Una bandada de unas doscientas grullas se dirigen en perfecta formación hacia el suroeste emitiendo sus gritos de alegría al saber que su descansadero ya está muy cerca. Las aves, bajo la mágica luz del atardecer, ponen el remate musical a una grata tarde de otoño: 


 

grullas en vuelo. Foto EFE

        El pinar huele agradablemente a humedad. Los últimos níscalos son depositados en la cesta con ese tacto entre esponjoso y delicado. El cielo comienza a cubrirse con los matices rosados del ocaso. Se oyen los alegres gritos de las grullas volando hacia su dormidero. Y esta misma noche saborearemos la seta cuyo nombre específico es deliciosus.

        Olfato, tacto, vista, oído y gusto.

        Una tarde con los cinco sentidos, una tarde cinco estrellas, una tarde perfecta.

Ana y Luis después de una tarde de nícalos. Foto Luis J. Martín.


En Arévalo, a 3 de noviembre de 2013.
 
A mi querida Ana, treinta años disfrutando juntos en la naturaleza.
 
Por: Luis José Martín García-Sancho.
 
Relato publicado en el nº 54 de La Llanura de Arévalo de noviembre de 2013.

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